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miércoles, 13 de marzo de 2019

Guapa

Qué guapa te ves desde que comenzaste a mandar a la mierda a gente que se lo merece, desde que decidiste hacer lo que más te gusta y desde que te perdonaste y aprendiste tu valor y a volar.

Pero también te ves guapa desde que dejaste de esperar algo que, en el fondo, sabías que no iba a pasar y desde que dejaste de hacer cosas por compromiso y comenzaste a decir lo que estaba en tu corazón.

Desde que no dejas que nadie te haga caer (y, si lo hacen, te levantas rápidamente) ni apague tu brillo. Desde que te rodeas de gente que aporta mucho a tu vida y dejaste ir a quienes no aportaban nada.

Qué guapa te ves desde que te pones retos y tú misma ves cómo logras pasar cada obstáculo que se interpone en tu camino.

Desde que luchas por cumplir tus sueños y desde que decidiste darle una nueva oportunidad al amor. Desde que dejaste atrás tus miedos y te arriesgas cada vez que quieres hacerlo.

Qué guapa te ves desde que dejaste de pensar tanto en los demás y te diste cuenta de que primero estás tú.

Pero, sobre todo, qué guapa te ves desde que empezaste a seguir tus propios consejos y desde que te ves al espejo y te ves como nunca antes lo hiciste: guapa, muy guapa.



miércoles, 6 de febrero de 2019

Cosas inolvidables

Hace unas semanas, navegando por Tumblr, encontré una imagen de autor desconocido que resume algunas cosas imposibles de olvidar, como la sonrisa luego de recordar.

Autor desconocido. Ayúdame a encontrarlo.
Sentí cada una de las cosas que él/ella menciona, pero también quise tomarme la libertad de agregar más cosas, así que ahí van:

El alivio luego de superar.
La sonrisa de tus abuelos.
El abrazo de mamá.
Las enseñanzas de papá.
Las risas con los amigos.
Las cagadas de joven.
La primera vez que dices "te quiero".
El primer orgasmo.
La primera vez que te rompieron el corazón.
La vez que tú rompiste un corazón.
La primera vez que tuviste una decepción.
La primera vez que decepcionaste a alguien.
La primera vez que viajaste en avión.
Tu primer amor.
Tu primer trabajo.
La primera mascota que tuviste.
El día en que se fue tu mascota.
El día en que te graduaste.
El día en que superaste tus miedos.

Tú. Yo. Nosotros. Ahora.

miércoles, 28 de febrero de 2018

El placer de decir "no"

Hasta hace no mucho, yo era de las personas a las que les costaba mucho decir que no.

Hacía cosas por compromiso, pensaba más en los demás, accedía a hacer cosas que no quería. Pero ya no más.

No sé qué pasó entre finales del 2017 e inicios del 2018 porque decir que no ya no me es complicado.

NO.
No quiero aceptarte en Facebook porque no somos amigos.
No me provoca ver a la gente de la chamba saliendo del trabajo.
No quiero donar (no ahora).
No quiero responder tu encuesta.
No quiero ir a ese sitio solo por cumplir.
No quiero jalarte hasta tu casa.
No quiero seguir trabajando para alguien más.
No quiero que me insistas para que me tome una chela.
No quiero prestarte plata porque sé que luego tendré que insistirte para que me la devuelvas.
No quiero sacar una nueva tarjeta ni afiliarme a tu seguro.
No quiero escucharte por dos horas.
No tengo ganas de ir.

No quiero. No.

jueves, 14 de septiembre de 2017

Gente que sí

Este año, durante los primeros meses, me rodeé de gente negativa que no le aportaba nada a mi vida. Así que, para el próximo año, pienso evitarlas y rodearme de gente que sí.

Que sí se levanta luego de caer.
Que sí sabe decir que no.
Que sí se atreve.
Que sí siente y que no tiene miedo de sentir.
Que sí se arriesga, a pesar del riesgo posterior de arrepentirse.
Que sí escucha su corazón.
Que sí hace lo que de verdad quiere.
Que sí se anima a volar.

Gente que dice que sí a pesar de que se caga de miedo.
Que sí manda a la mierda a gente que se lo merece.
Que sí hace la diferencia.
Que sí sabe disfrutar de la vida.
Que sí dice "SÍ" a nuevos retos.

Ojalá nos crucemos con gente que sí, siempre sí.

Post inspirado en esta imagen que apareció en mi TL de Twitter

miércoles, 6 de abril de 2016

Algún día, quizás

Sonreír con tan solo escuchar su nombre.
No querer enamorarme y caer rendida a sus pies.
Contar los días o las horas para verlo.
Tener más de 22 años pero sentirme como una quinceañera enamorada.
No dormir ni un carajo por no poder dejar de pensar en él.
Tener cero ganas o interés por casarme hasta que lo conocí.
Agradecer por cada día que pasé con él.
Llorar con él.
Enorgullecerme de él.
Extrañarlo aun cuando apenas dos horas antes nos habíamos visto.
Saber que estaba cagada (en el buen sentido) cuando cada despedida se hacía más difícil.
Sentir que su pecho era mi casa.
Envidiarlo por tener pies más bonitos que los míos.
Mirarlo como si fuera arte.
Irme a dormir con una sonrisa en el rostro.
Poder besar la piel más rica del mundo.
Reírme de huevada y media con él.
Quererlo hasta enloquecer.

Cosas que no pensaba que podía sentir y (algunas) cosas que espero volver a sentir. Algún día. Quizás.


miércoles, 16 de marzo de 2016

Guía para el viajero desubicado

Aprovechando que hace mucho no escribo y que el año pasado viajé tres veces al interior del país (quizás para muchos tres es poco, pero para mí fue la primera vez que viajé “tantas” veces en un año), hoy aterrizo en el blog inaugurando el 2016 (de manera atrasada, como todo en mi vida. Qué emo, carajo) en la blogósfera, con la guía para todos los viajeros desubicados.

Algunos de los puntos son obvios; otros, no tanto. De todas formas, si viajas y contratas un tour no estaría de más tener en cuenta los siguientes consejos para no ser el/la más odiad@ del bus y no te terminen vetando del lugar.
  •  Haz un presupuesto antes de viajar y procura irte siempre al máximo: es mejor ponerte S/700 como tope y gastar S/400 que trazarte S/500 y gastarte S/800. También carga harto efectivo para evitar que la plata se te vaya rápido sacando de cajeros (por qué estos cobran por retirar dinero en provincias, jamás lo sabré)
  •  Si eliges contratar un tour (que, para mí, es un dolor menos de cabeza), que eso sea lo primero que hagas apenas bajes del bus o avión. Lo mejor es gastar de golpe la plata que sabes que definitivamente usarás, descansar un rato y no tener nada planeado…al menos el primer día
  •  Si el guía te dice que te recogerá a las 9 am, espéralo list@ desde las 8:45 am. No importa que el peruano sea un impuntual del demonio, no importa si te interrumpen el mañanero: increíblemente, hay guías que sí son puntuales y (no tan increíble) gente furiosa que estará dispuesta a regalarte su peor cara de culo apenas subas al bus
  •  En pleno tour, si hacen una parada y te indican regresar al transporte a los 15 minutos, hazle un favor a todos y pon una puta alarma en tu celular. Esta impuntualidad es más jodida que la anterior porque tú serás el/la responsable de que el tour demore (media) hora más y la gente llegue más tarde a sus hoteles y se atrasen sus planes (y no creo que estés preparad@ emocionalmente para ser puteado por varias personas a la vez)
  •  Aunque te lo digan mil veces, las mil veces haz caso y revisa tus cosas antes de viajar (como experiencia personal, cuando estaba en el taxi camino al aeropuerto me di cuenta de que me había olvidado la mayor parte de mi dinero y terminé sobreviviendo a base de mayonesa y galletas Doré en Cusco mientras mis hermanas se mofaban de mí
  • Lee, previamente al viaje, sobre tu destino: sus costumbres, tradiciones, comida, sitios turísticos y las frases típicas que siempre te sacarán de apuro. Aunque solo vayas a estar pocos ahí, pon de tu parte y evita sentirte como un pez fuera del agua
  • Piérdete intencionalmente, pero teniendo a la mano las herramientas necesarias para regresar a tu hotel san@ y salv@. A veces los lugares menos conocidos son los más bonitos y se vuelven tuyos por descubrirlos (obviamente no eres Cristóbal Colón ni has descubierto nada; simplemente serás uno de los pocos que no sigue a la corriente)
  • Vence la timidez y habla con la gente del lugar: ellos conocen mejor que nadie las tradiciones de su pueblo, lo que es bueno/recomendable y lo que no. Pregunta precios, lugares donde ellos comen, que recomiendan visitar
  •  Y nunca, por favor, nunca dejes de viajar, porque –como dijo San Agustín– “El mundo es como un libro abierto: quien no viaja, solo ha leído la primera página”
Convento Santa Catalina - Arequipa
                                                         
Laguna de Llanganuco - Huaraz

Camino a Laguna Azul - Tarapoto

jueves, 9 de julio de 2015

No me enseñaron

Siempre he pensado que, más que los profesores, los verdaderos maestros son los papás. Nos dan las herramientas básicas para nosotros trabajarlas y formar las personas que en el futuro seremos. Sobrevivir.

Ok, basta de cursilería. 

Hoy, después de mucho tiempo sin tocar el blog, quiero aprovechar para contar lo que no me enseñaron.

No me enseñaron a hablar italiano, pero sí a decir "por favor", "gracias", "perdón" y "te quiero".

No me enseñaron a cocinar, pero sí a usar las ollas para subirme a ellas y llegar más alto.

No me enseñaron a dibujar, pero sí a plasmar las cosas por escrito.

No me enseñaron a creer que caer estaba mal, sino que lo malo está en no levantarse.

No me enseñaron a no hacer travesuras, sino a hacer travesuras inteligentes.

No me enseñaron origami, pero sí a doblar una hoja bond como envase triangular para la canchita.

No me enseñaron a ver la temperatura en el termómetro, pero sí varios remedios caseros para bajar la jodida fiebre.

No me enseñaron a tocar ningún instrumento, pero me contagiaron el gusto por la música clásica hasta hacer que se me erice la piel cada vez que la escucho.

No me enseñaron a tejer, pero sí a separar la ropa por colores o por estación.

No me enseñaron a ver televisión; me enseñaron a disfrutar de mi niñez armando rompecabezas y volando cometas caseras.

No me enseñaron a hablar siempre, pero me enseñaron a notar esos detalles que muy pocos notan.

Me enseñaron a crecer.

Gracias por enseñarme que las cosas chiquitas son, en realidad, las cosas grandes.


jueves, 5 de febrero de 2015

Luchadores

Despierta.

Levántate.

Lávate la cara.

Desayuna. Hoy necesitas más fuerzas que ayer.

Báñate.

Medita bajo el agua.

Sécate.

Lávate los dientes.

(Sobre) Vive.

Ríe, habla, observa.

Come hasta que ya no te suene la tripa.

Lávate de nuevo.

Quítate lo malo del día.

Cámbiate.

Toma un vaso de agua. O dos.

Cierra las cortinas y la puerta, si así lo prefieres.

Apaga el celular.

Échate y cierra los ojos.

Nota el silencio. Disfrútalo.

Nota tu corazón. Escúchalo. 

Aún late. Aún lucha.

Lo lograste, a pesar de todo.

Lograste sobrevivir otro día.

Puedes hacerlo un día más.



Vamos; lo estás haciendo bien.


Dedicado a todos los luchadores

*inspirado en un texto de Charlotte Eriksson

jueves, 14 de agosto de 2014

Estoy aquí

Me he dado cuenta de que, conforme pasan los años, esa alegría que sentías de niño todos los días se va escapando poco a poco, pues mientras tu vida empieza, la de otros llega a su fin.

Los cumpleaños, matrimonios, baby showers y bautizos se convierten en velorios o entierros. Y es en esas ocasiones en las que dejar atrás todo y estar con la persona que te necesita es tu única función.

Es, en ese momento, cuando nada más importa, pues lo único que quieres es consolar a esa persona y decirle que todo va a estar bien, aunque suene a cliché.

Te das cuenta de que toda respuesta negativa no es suficiente y es excusa, que todo lo que estás haciendo ahora puedes hacerlo después, que nada es tan importante y que el "yo comprendo" de la otra persona es, en realidad, "entiendo que tienes cosas que hacer, pero -por favor- ven".

Cuando dejas todo, por fin llega el momento en que puedes decir "estoy aquí".

Carta que, luego de enviársela a la Mamina, dejé atrás los exámenes finales y la visité

jueves, 19 de junio de 2014

Los años maravillosos

Nos crecen las tetas.
Se nos para más.
Engordamos.
Somos más amargados.
Nos estresamos más.
Aumentan las responsabilidades.
Somos más independientes.
Nos rompen el corazón.
Nos jorobamos más.
La cagamos más.
Somos más serios.
Nos invade la flojera.
Nos enamoramos.
Nos enfermamos.
Nos emborrachamos.
Perdemos la conciencia.
Perdemos amistades.
Nos llenamos de matrimonios y bautizos.
Conocemos la cruda realidad.
Dormimos menos.
Se nos acaba la plata rápido. O sentimos que nunca la tenemos.
Nos drogamos.
Nos descuidamos.
Cambiamos de estilo.
Nos pintamos el pelo.
Nos salen arrugas.
Luchamos.
Nos sacrificamos.
Usamos máscaras.
Reímos hasta llorar.
Lloramos hasta reír.
Disimulamos.
Pretendemos.
Morimos.
Revivimos.

Pero también bailamos sobre la lluvia.
Nos creemos cantantes en la ducha y al volante.
Dejamos lo que estamos haciendo para reventar burbujas de plástico.
Contestamos el teléfono de juguete cuando un critter nos llama.
Disfrutamos viendo los dibujos de nuestra época.
Nos ponemos a bailar sin darnos cuenta.
Logramos cosas con nuestro esfuerzo.
Disfrutamos del sexo.
Hacemos lo que queremos.
Viajamos por nuestra cuenta.
Seguimos cometiendo errores.
Nos cuidamos.
Nos descuidamos.

Pero qué bueno que aún seguimos siendo los mismos.
Mamina y Paparmando
Armandi
Armandi y Bruno
Cheli
Los seis hermanos
Magali
Mamina
Mamá
Paulo

miércoles, 19 de marzo de 2014

Historias de combi

Antes de comenzar en el nuevo trabajo, tomé la decisión de ir en combi a la oficina, para así ahorrar plata y gasolina (siempre he sido bastante un poco roña; qué puedo decir).

No obstante, no puedo decir que me arrepienta de esta decisión, porque realmente es una aventura viajar en combi en Lima.

Todos los días pasa algo: el chibolo se sienta en el asiento reservado y no se levanta cuando sube un anciano o mujer embarazada, por lo que lo comienzan a fastidiar. La señorita con perfecta salud le exige al señor que le ceda el asiento solo porque es mujer; el señor, amablemente, se niega (pobre, está cansado) y la señora de al lado lo comienza a tildar de machista. La señora que está parada se queja con el conductor y cobrador por lo pésimo que el primero maneja y el bullying hacia ellos se extiende por todos los pasajeros.

Pero, aparte de estas y otras anécdotas, existen las que cada uno forma, como, por ejemplo, elegir quién será tu compañero de viaje.

El escenario es el siguiente: alzas el brazo para parar la combi, te fijas desde afuera si hay asientos libres (si puedes darte el lujo, porque sino subes sin importarte lo llena que esté), confirmas que sí, te subes y descubres que hay tres sitios libres en tres asientos de a dos. Sabes que solo cuentas con algunos preciosos segundos para tomar la decisión antes de que el carro se llene por completo, así que te dispones a escanear rápida y prejuiciosamente a tus tres posibles compañeros de viaje y descartas a los que, crees, no te dejarán sentarte cómodamente, te molestarán con ruidos fastidiosos o perturbarán tu paz con cualquier otra acción.

Una vez tomada la decisión, te acercas a tu próximo sitio, pides al otro viajero que te deje pasar (si fuera el caso) y acomodas tu cuerpo en el asiento, pensando que tomaste la decisión correcta y que por fin podrás descansar del largo día que has tenido, pues este viajero parece tranquilo, silencioso y llevable.


Pero te equivocaste: es pedorro.

miércoles, 19 de febrero de 2014

Poema de miércoles

Conozco esa sensación de cuando te comienza a gustar una nueva persona: la cara se te pone idiota, el cuerpo se convierte en torpe y esa persona se vuelve hermosa (a tus ojos, porque para los demás es un bodrio).

Conoces lo que pasa cuando te ilusionas, te emocionas y te enamoras porque al fin estás con la persona que siempre quisiste: tu príncipe churro y bien dotado o tu princesa churra y, además, inteligente. Por fin piensas que tu vida no es una desgracia y que el mundo es de color rosa.

Conoce cómo se siente cuando la relación termina cuando menos te lo esperas y tú quedas hech@ mierda, pero con las ganas y la ilusión de que pronto solucionarán las cosas y de que todo volverá a ser como antes (ay, si serás ilus@) porque, a pesar de conocer el dicho “donde hubo fuego, cenizas quedan” y también el de “regresar con tu ex es como bañarte y ponerte la misma ropa”, eliges el primero porque eres así: te gusta sufrir y sentir que si una persona fue tuya en el pasado, seguirá siéndolo por largo rato.

Conocemos qué viene después de enterarte de que esa persona solo te estaba ilusionando y de que ahora está en algo con otra o con otro. Conocemos los insultos que soltamos a esos malnacidos ingratos, pero sabemos que eso no nos hará sentir ni una pizca mejor.

Conocen esa emoción de sentir que, después de estar varios meses mal (¿o fueron años?), por fin has vuelto a la normalidad con ganas de estar solter@ y de hacer lo que quieras, pero te recomiendo que de una vez vayas yendo a recoger una aguja para pincharte el globo, porque pronto empezará todo de nuevo.

Conozco, conoces, conocemos ese vacío que, por más que lo intentemos, no se llena con comida. O tal vez con dos pizzas.



* post inspirado en la historia de Gio

miércoles, 4 de diciembre de 2013

Loco amor

Gaby y Vicente se conocieron hace no sé cuántos años, estuvieron juntos por tampoco-sé-cuántos años y fueron mis vecinos por no-sé-la-cantidad-de años.

Lo que sí sé es que estaban enamorados.

Y lo digo en pasado porque, lamentablemente, Gaby falleció hace tres años.

Aun cuando estaba viva no los veía mucho, pero los escuchaba seguido (al fin y al cabo, los padres de Gaby le habían regalado un timbre de voz tan desesperante que uno hasta podía escuchar cuando bostezaba o estornudaba).

Escuchaba que en las mañanas ambos gritaban “¡ya va a empezar la misa!” Acto seguido, abandonaban la casa tomados de la mano. En las tardes, a la hora del lonche, sacaban el juego de tazas para tomar el lonche en la terraza. Gaby sentada y Vicente regaba las plantas mientras ambos charlaban de sus días y de la vida. En las noches, nunca entenderé cómo, salían de su casa en San Borja y se iban caminando hasta el parque El Olivar en San Isidro. Y, antes de dormir, escuchaban Ritmo Romántica en la sala.

En el velorio, Vicente no se despegó nunca de Gaby. Al día siguiente, y los días que siguieron, tampoco. Al contrario, siguió la rutina de siempre: en las mañanas gritaba “¡ya va a empezar la misa!”, en las tardes regaba las plantas hablando en voz alta sobre su día, en las noches se dirigía a pie hasta El Olivar y, antes de dormir, escuchaba Ritmo Romántica.

Lo mismo hasta hoy.


Supongo que es cierto que el amor te vuelve literalmente loco. 

martes, 6 de agosto de 2013

Modas

El escenario era este: sábado en la noche, empijamada y metida en la cama. Acababa de terminar de ver American Psycho cuando entré a Youtube para buscar una canción del soundtrack. Y entre hueveada y hueveada, no sé cómo, pero terminé viendo videos de Axé Bahía y Exporto Brasil.

Me gustaría decir que solo vi un video de cada grupo y que luego me fui a dormir, pero mi mamá me enseñó que es malo mentir.

No solo terminé viendo los videos de todas las canciones que conocía de ellos, sino que terminé bailando sus más pegajosas y ridículas coreografías por casi tres horas. Terminado este trance, me tomé un momento para pensar en las modas que seguimos en algún momento y que ahora nos da vergüenza recordar (a menos que alguien lo haga primero).

Los integrantes de Axé Bahía cantaban hasta el perno y los de Exporto Brasil eran más descoordinados que abuela y nieta caminando, pero algo había en ellos que hacía que perdieras el roche de bailar como retrasado y mostraras tus habilidades en la pista de baile pero, ojo, siempre y cuando alguien más lo hiciera (porque tú no tenías ni tienes la iniciativa de comenzar a bailar sus canciones, pero si alguien más lo hace, ya qué chucha).

Nos amarrábamos la casaca a la cintura para evitar la molestia de llevarla en brazos, pero sin saber que se veía como si lleváramos un pañal manchado.

Las mujeres nos dejábamos mechones para que nos cubra la cara o nos poníamos ganchos de flores en el pelo porque creíamos que esto nos hacía ver más bonitas y lindas.

Hacíamos la señal de la paz en las fotos porque se veía chévere y porque queríamos que la gente pensara que deseábamos la paz mundial.

Veíamos las estupideces de reality shows de VH1 para rajar con los demás, pero veíamos estos programas en secreto porque de verdad nos gustaban (me pasó con Flavor Flave y I love New York, ídola).
Lo más valiente y peligroso que hacíamos era tocar los timbres de las casas de desconocidos e irnos corriendo. Y nos sentíamos todos unos delincuentes al hacerlo.

Usábamos overoles y nos convertíamos en la versión granjera de Chucky.

Con 5 soles nos sentíamos millonarios y dejábamos lo que estábamos haciendo para reventar las burbujas de plástico cuando llegaban a casa.

Esperábamos ansiosos la revista de Cable Mágico con su programación para ver qué día y a qué hora daban nuestro programa o película favoritos.


Y así seguirán pasando nuevas modas y nos seguiremos avergonzando de estas, de las personas que algún día nos gustaron o besamos, de la música que alguna vez escuchamos, de los programas que alguna vez vimos. Y de nuestra vida misma.

martes, 21 de mayo de 2013

La eterna dieta

No sé cuántas veces habré dicho en toda mi vida “el lunes empiezo dieta”, pero sí sé cuántas veces habré cumplido esto: no más de cinco.

¿Por qué a las mujeres se nos hará tan difícil seguir la dieta? ¿Por qué nos es tan complicado alejarnos de las cosas que nos encanta (pero que nos hacen daño) por aquellas cosas que sabemos son mejores para nosotras (mismo caso con algunos ex flacos)? Y, sobre todo (aunque esta es una pregunta aparte), ¡¿por qué coño para los hombres es tan fácil bajar de peso?!

Obviando el hecho de que somos masoquistas, que amamos caer en la tentación y que la comida es tan deliciosa que, como buenas humanas, nos encanta comer hasta sentirnos plenamente satisfechas, tenemos la motivación y las ganas de hacerlo (que queremos vernos mejor o bien en bikini, que por fin será nuestra primera vez con Panchito y no queremos vernos como Michelín, que queremos estar más ricas que nuestras amigas, que queremos ser activas cuando seamos abuelas, que somos muy jóvenes para cansarnos subiendo las escaleras o caminando tres cuadras, etc.), pero todo se desmorona por las cosas más pequeñas y adoptamos posturas como estas:
 
1)  “Este lunes empiezo dieta sí o sí”.
2) “Estoy a dieta, pero un chocolate no me hará daño”.
3) “A mí me encantan las repeticiones… Mejor 2 chocolates”.
4) “Mejor 6…” Y los escenarios terminan siendo algo como estos:
                                                                                                    


5) “Ya basta. Estoy a die---¡¡¡COMPRARON TORTA!!!”
6) “Ya fue. Mañana empiezo la dieta”.
7) Come(te)s el punto 2. Luego el 3. Luego todos los que siguen hasta llegar nuevamente al punto 1 porque, si el lunes empiezas dieta, ahora podrás tragar el resto de la semana sin que te remuerda la conciencia. Vivaza eres.

Entonces, viene la pregunta del millón: ¿por qué necesariamente tenemos que empezar la dieta un lunes? ¿Por qué no un martes, un jueves (porque en ambos días hay 2x1 en pizza) o un fin de semana? Quizás sea ese el motivo por el cual los lunes de dietas no funcionan. ¿Qué pasaría si nos llenáramos de valor (sí, porque eso es lo que se necesita: VALOR) y empezáramos la dieta un viernes o un sábado? Si lo decides y lo cumples, felicidades. Mis compatriotas y yo te regalaremos un chocolate. O dos.

Ahora, si me disculpan, iré a Bembos por un combo agrandado pero con gaseosa Zero, porque estoy a dieta.

jueves, 16 de mayo de 2013

Etapas de duelo


Según Elizabeth Kübler Ross (a quien conozco gracias a Grey’s Anatomy), existen 5 etapas de duelo:

1) Negación. La muerte ajena te toca, te choca, te mata (de alguna forma). Quizás lo esperabas o quizás no, pero mayormente caemos en el “¿por qué él/ella y no yo? No puede haberse ido. Ahora no…” Como si haciendo estas preguntas para encontrar las respuestas  fueras a superarlo más rápido. Y tienes la muerte frente a tus ojos, pero te rehúsas a verla. No, no y no.

2) Ira. Las preguntas o comentarios que vienen después van subiendo de tono y las lágrimas de dolor se convierten en lágrimas de cólera. “¡¿Por qué tuvo que pasarle esto?! ¡¿Por qué tuvo que irse así?! Aún nos falta pasar tantas cosas junt@s. Aún él/ella tiene tantos sueños que cumplir”. Acto seguido, piensas en por qué no pasaste más tiempo con esa persona, por qué la trataste de esa manera aquel día, etc.

3) Negociación. Si crees en un ser superior, hablas con él; si no, igual hablas y negocias con él, con ella, con alguien. “Por favor, no te l@ lleves aún. Me portaré bien, haré las cosas correctamente, arreglaré lo que necesito arreglar, dejaré de hacer lo que tanto le molesta a los demás. Tan solo déjame un tiempo más con él/ella”.

4) Depresión. Entiendes que esa persona se fue y no volverá. Comprendes que nunca más la podrás abrazar, besar, decir “te quiero”, contemplar, admirar. La extrañarás, pero de distinta manera y con más frecuencia. No quieres hacer nada ni ver a nadie; solo quieres llorar. Las grandes cosas te recuerdan a esa persona; las pequeñas, también. Pero después de unos días, semanas, meses, sientes que vas a mejorar. Tranquil@: pronto todo acabará.

5) Aceptación. Ha sido un largo proceso, pero ya ha llegado a su final. Poco a poco dejas de llorar y comienzas a reír de nuevo. Ves las fotos de aquella persona y una sonrisa se dibuja en tu rostro. Hablas de ella para extrañarla menos. La recuerdas con alegría.

Y cuando crees que lo has superado, todo vuelve a comenzar.

jueves, 2 de mayo de 2013

Enamorirse


Enamórate del flaco que quiera verte aun así estés en el segundo día de Andrés y que entienda cuándo debe dejarte sola por su propio bien.

Enamórate de la persona que te “deje” ver novelas/tus programas pinky o partidos de fútbol.

Enamórate de quien quiera verte incluso si eres un moco andante.

Enamórate de quien te impulse a hacer cosas nuevas, que te abrace sin que tengas que decirle que tienes frío, que te haga mear de risa y escribir seguido “jhaukghkqjgqeuj”.

Enamórate de quien te putea cuando necesitas que te puteen y de quien te apoya sin estar de acuerdo contigo.

Enamórate de quien te impulse a ser mejor persona contigo y con los demás.

Enamórate de la persona que te diga “te invito a comer” y de quien no te importe el olor a sobaco (pero el aliento no; tampoco seas asqueroso).

Enamórate de quien te haga llorar de la risa y felicidad y te dé los mejores orgasmos de tu vida.

Enamórate de quien tenga la piel como bebé y el poto durito como mejor no digo qué.

Enamórate de quien esté acostumbrado a bajar la tapa del wáter y no se tome fotos en el baño ni le tome fotos a su comida.

Enamórate de la persona que no use Crocs, odie las mismas cosas que tú y viceversa.


Manda todo al carajo y enamórate. Sólo enamórate.

martes, 23 de abril de 2013

Indirectas reloaded


Los tiempos cambian y, con ellos, las indirectas, sobre todo en la era de la tecnología.

Aquí algunos ejemplos:

  • Estar con el celular mientras hablas con alguien en persona = “Soy un(a) irrespetuos@ de porquería” y/o “no me importa un carajo lo que me estás hablando”
  • Check en chat de Facebook sin respuesta = “Te leí, pero más me interesa la mosca que pasa por mi cabeza”
  • “Leí tu post/tweet del 03/02/12 y me encantó” = “Te stalkeo porque te amo”
  • En Twitter = “Detesto a la chica de mi trabajo que se sienta a mi lado y se ríe como caballo”
  • “¡Hola! J” = “Te amo. Cásate conmigo. Tengamos miles de hijos y vivamos en una galaxia donde no llegue la música de los Wachiturros ni Justin Bieber”
  • “¡Hola, Pancracia! ¡A los años!” = “Te saludaré, te haré recordar que te conozco y luego te pediré un favor”
  • “Hola” = “No quisiera hablarte ni responderte, pero, como estoy aburrid@, lo haré”
  • “Hola…” = “¿Tú otra vez? ¿Ahora qué quieres?”
  • Jajajaja = “Me hiciste el día”
  • Jajaja = “Te ligó una. ¡Buena!”
  • Jaja = “Vamos; sigue. Sé que puedes hacerlo mejor”.
  • Ja = “Por favor, mátate”.
  • El nombre de tu wifi = “Deja de robarte mi red”, “¡paga tu internet”, “tu flaca está aquí mientras tú me robas el wifi”
  • Audífonos puestos = “Estoy en mi burbuja; no me jodas por nada del mundo. Si me los quito, más vale que lo que me vayas a decir sea bueno”.
Ciertamente, decir las cosas en la cara siempre será lo "más adecuado", pero hasta que no nos libremos del síndrome del Chico del Pórtico, no veo por qué estos medios no pueden ser usados. 

viernes, 1 de marzo de 2013

Imagino

De vez en cuando, sobre todo en las madrugadas pelotudas, me imagino cómo seré en el futuro, especialmente cuando sea una pasa andante.

Me imagino viendo fotos de los conciertos y fiestas a las que fui.
Me imagino escuchando o tarareando las canciones que estaban de moda en mi época.
Me imagino inmortalizando a las personas que marcaron mi vida y que ahora ya no están.
Me imagino no entendiendo a los jóvenes y su nueva jerga.
Me imagino haciendo memoria al proceso de búsqueda de mi identidad personal.
Me imagino el miedo que tuve cuando estaba a punto de acabar el colegio.
Me imagino con mis amigas del colegio yendo a tomar té con galletas.
Me imagino sintiendo mis manos llenas de arrugas.
Me imagino tocando mi cara de pasa y recordando las burlas por el acné.
Me imagino descifrando qué carrera iba a estudiar.
Me imagino recordando las parejas que tuve y las veces en que sentí el corazón roto.
Me imagino desconociendo las nuevas tecnologías.
Me imagino yendo al Bingo y ganar sonsera y media.
Me imagino cagándola una y otra vez.
Me imagino las peleas que tuve con mis papás por mi supuesta rebeldía.
Me imagino las amanecidas que tuve, los jalados que recibí, las puteadas mentales que lancé a los profesores y a la universidad.
Me imagino la época en la que no necesitaba ayuda para moverme.
Me imagino viendo mi piel y recordarla bronceada por las veces en que fui a la playa a pesar de detestarla.
Me imagino el día en que descubrí la masturbación, la menstruación, las drogas, el sexo (y el Rock&Roll).
Me imagino viendo mi diploma de graduada y recordando lo mucho que me costó conseguirlo.
Me imagino peinando mi pelo antes castaño oscuro y ahora canoso.
Me imagino recordando mis cicatrices por las estupideces que cometí.
Me imagino cuando recién estaba descubriendo el mundo.

Me imagino viendo al flaco (posiblemente gordo en un futuro) y decirle “¿viste que la adolescencia es una de las mejores épocas de nuestras vidas?”

martes, 19 de febrero de 2013

Costumbres


Ya sea consciente o inconscientemente, hay ciertas cosas que hacemos porque forman parte de una especie de rutina.

Como poner el despertador a una hora determinada, apagarlo cuando suena, despertarte media hora después y putearte porque llegarás tarde. O echarle el ojo a la “fruta prohibida”: a tu amor platónico, al ex de tu amiga, a la hermana o mamá de tu pata, a tu profesora. O drogarte con la gasolina cuando estás en el grifo, con el Liquid Paper cuando la cagaste en el papel y con el pasillo de barniz y cera de Metro.

No olvidar mirarte en el espejo o pensar que tienes un moco pegado en la cara cuando notas que alguien no deja de mirarte, escuchar canciones corta-venas cuando más deprimido(a) estás, quitarte los pellejos del labio y, acto seguido, tomar jugo de naranja, empujar cuando dice “jale”, preguntar “¿qué?” cuando has escuchado perfectamente bien, llegar a la cocina y olvidar lo que ibas a hacer (pero lo solucionas porque comes lo primero que encuentras), decir mil y una vez “el lunes empiezo dieta”, “este ciclo voy a estudiar a conciencia” y el infaltable “hoy sí duermo temprano”.

Cantar o ver porno como si nadie estuviera en casa (y alguien está en el cuarto del costado), que tu estómago ruja del hambre desde las 11 de la mañana, regresar con quien te hace mierda, preguntarte qué será con tu vida cuando terminas de leer un libro, cabecear en clase porque ayer te quedaste despierto(a) hasta tarde viendo películas estudiando, sacar pica cuando lograste lo que querías y picarte cuando no lo hiciste, entrar y salir caletaza del telo por pensar que, mágicamente, pasará un conocido por ahí justo en ese momento, decir que nada pasa cuando pasa todo, ponerte exquisito(a) cuando alguien quiere entrar en tu vida y luego quejarte de que estás más solo(a) que la primera rebanada del pan de molde, que sueltes un eructo o te tires un pedo cuando todos los demás están en silencio, presionar infinitas veces el botón del ascensor como si este fuera a llegar más rápido, querer algo o a alguien cuando ya no lo puedes tener, poner los ojitos del Gato con Botas para conseguir de los demás lo que quieres, valorar lo que tuviste cuando ya se ha ido de tu lado, acomodarte el calzón o los huevos en la calle, decir que llegas en 5 minutos cuando ni siquiera te has bañado o bailar como si nadie te estuviera mirando.

Que se pierda la virginidad, las llaves o el celular, pero que nunca, nunca se pierdan estas hermosas costumbres.