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lunes, 1 de marzo de 2010

El último día de Catalina


(Ejercicio de lenguaje figurado para el curso de Taller de Técnicas de Expresión Escrita de la UPC)

Son las 3 de la mañana y Cayetano por fin decide acostarse tras un agonizante día. Apenas se recuesta en la cama, suave como un algodón de azúcar, los recuerdos de la jornada irrumpen en su mente y lo mantienen en vigilia, cual hombre lobo en noche de luna llena. Lentamente, Cayetano es víctima de la desesperación.

Primer recuerdo: Cuatro de la tarde en punto, Cayetano se dirige a la oxidada casa de Catalina con el propósito de pedirle de vuelta su saco marrón, su cámara de fotos y su libertad. Duda unos segundos antes de sacar una mano del bolsillo, pero decide tocar el timbre.

Segundo recuerdo: Catalina abre la fría puerta y se encuentra con los ojos de Cayetano. Ella viste un vestido de muñeca con unos zapatos de cartón; él, unas zapatillas del año de la pera, un pantalón desteñido de tanto lavar y un polo de color gris áspero. Se dirigen hacia el cuarto de Catalina. Mientras Cayetano es cegado por las paredes de color rojo eléctrico, Catalina se dispone a hacer emerger dos copas de vidrio, abre su vino favorito, Casillero del Diablo, y le da la copa menos llena a Cayetano. Dicha copa contiene una sustancia desconocida que lo hace dormir profundamente, cual Bella Durmiente.

Tercer recuerdo: el cerebro de Catalina se ilumina. Se ausenta por unos breves segundos y regresa al cuarto con la cámara fotográfica de Cayetano. Acto seguido, procede a despojar de sus ropas a Cayetano; luego, procede a desvestirse ella también. Se echa en la cama, muy junta a su amado, quien había sido víctima de su acoso en los últimos tres meses. Lo abraza, lo besa, lo toca y le toma fotos. ¿Y Cayetano? Pues, sigue en un profundo sueño.

Cuarto recuerdo: A las nueve de la noche, Cayetano abre los ojos. Gracias a un rayo de luz y al perfume silencioso del cuerpo que yace a su lado, puede distinguirlo: es Catalina. El miedo acaricia su cuerpo. Se levanta de la cama sintiendo un punzante dolor que le ataca el cerebro, pero no le importa. Sólo piensa en una cosa: alejarse de aquella loca desquiciada. Con el menor ruido posible, Cayetano recoge sus ropas del suelo, se viste, coge su saco marrón, guarda la cámara de fotos en el saco, se aleja de aquella loca desquiciada y, finalmente, abandona aquella casa.

Quinto recuerdo: 10:30 pm, Cayetano entra al baño del departamento que comparte con Celeste, con el propósito de darse un largo baño y, luego, dormir hasta el día después de mañana. Mientras disfruta el agua tibia deslizándose por su cuerpo, Celeste, su eterna amada, se dirige al cuarto de ambos. Observa el saco marrón de Cayetano tendido encima de la cama y se percata de un bulto, pequeño como una tarjeta de crédito, que resalta del bolsillo izquierdo: es la cámara fotográfica de Cayetano. Celeste revisa las fotos que contiene, y se lleva una amarga sorpresa al ver a su amado en la cama con Catalina, la loca desquiciada. No puede creerlo. Las lágrimas comienzan a dibujarse en su rostro. Desconsolada y vencida por la ira, deja soltar un grito, el más fuerte que jamás haya emitido, vomitándole sus verdades a Cayetano, quien, confundido, sale apresuradamente de la ducha y corre al cuarto en busca de Celeste. Pero ya es muy tarde: Celeste ha abandonado la casa.

Sexto recuerdo: Sin vergüenza, Cayetano sale a la calle en busca de Celeste, a quien encuentra a dos cuadras del departamento. Él le pide que le explique lo que está pasando; ella, muda por la cólera, se limita a arrojarle la cámara como si fuera una bola de fuego. Entre sorprendido y conmocionado, Cayetano suelta su verdad: no tiene el más mínimo recuerdo de los acontecimientos sucedidos hace un par de horas. Pero Celeste no es ninguna estúpida, de modo que cierra las puertas de sus oídos para no dejar pasar las palabras de Cayetano, inicia nuevamente su marcha y, apresuradamente, cruza la pista. Cayetano la sigue sin dudarlo, pero un carro le impide cruzar la pista. Cuando vuelve a ver, se da cuenta de que Celeste se ha esfumado.

Séptimo recuerdo: sudando y llorando de ira, Cayetano se da cuenta de que tiene dos opciones: perseguir a Celeste hasta el fin del mundo para explicarle lo sucedido o regresar a la casa de Catalina, a terminar lo que ella empezó. La decisión es fácil. Catalina abre la puerta de su casa con una gran sonrisa, pensando en que, por fin, su amado ha venido a buscarla. Lamentablemente, la realidad es otra: ese día, Catalina Aguirre sonríe por última vez.

Cayetana Santos


(Ejercicio de narración para el curso de Taller de Técnicas de Expresión Escrita de la UPC)

Desde mi llegada a Formosa, era la primera vez que el barrio recibía a alguien nuevo. Y ese alguien no era cualquier persona. Nunca olvidaré la primera impresión que tuve de ella: una mujer poco atractiva, con un aire sombrío y cara de escasas palabras. Su nombre era Cayetana Santos. Estaba casada con Gregorio Escobedo y ambos tenían dos hijos en común: Adriano, de nueve años, y Abigail, de seis meses.

Déjenme contarles su historia.

Cayetana llegó a nuestro barrio el 22 de octubre de 1983, vestida con un vestido negro que le llegaba hasta los talones y unos zapatos negros también. Además, su pelo negro, más negro que el azabache, y su piel blanca, tan blanca como el algodón, hacían más cercano su parecido a Morticia Adams. Callada y reservada, la vida de Cayetana en el barrio de Formosa fue bastante silenciosa hasta aquel amargo día.

Ocho días después de su llegada, los gritos de Cayetana comenzaron a perforar nuestros oídos, seguidos de los gritos de Abigail y de Gregorio. Me aproximé a la ventana que daba vista a la casa de Cayetana y abrí las cortinas empolvadas. Pude ver con claridad las siluetas de Cayetana, Gregorio y los niños. Con la esperanza de que se percataran de mi abultada presencia y bajaran la voz, me quedé parado ahí por cinco minutos, pero cómo me hubiera gustado que fueran cero. Aquella escena que vino a continuación marcó la vida de muchos habitantes del barrio de Formosa, incluida la mía.

- ¡¡¡Dime de una buena vez con quién te estás acostando!!! –gritó Gregorio.
- ¡¿Pero qué cosas dices, Gregorio?! ¡No me estoy acostando con nadie! ¡Y hazme el favor de callarte la boca, que estás asustando a los niños! –respondió Cayetana, quien protegía a la pequeña Abigail, bañada en un mar lágrimas, recostada en su coche. Mientras tanto, Adriano se escondía detrás del mueble oxidado ubicado en la sala de estar, asustado de su propio padre.
- ¡¡¡Me importan un carajo los niños!!! –el tono de voz de Gregorio se elevaba conforme expulsaba las palabras– ¡Dime su nombre, Cayetana! ¡Dime el nombre del bastardo o te darás cuenta de lo que soy capaz!

Lo que pasó a continuación pasó en un abrir y cerrar de ojos: Gregorio sacó una navaja del bolsillo de su pantalón gris áspero, golpeó a Cayetana en la cabeza hasta dejarla inconsciente, apuñaló a Abigail en el pecho y, acto seguido, abandonó la casa, el barrio y nuestras vidas.

Salí disparado de mi humilde hogar y me dirigí hacia la casa de Cayetana, quien seguía todavía tirada en el piso, como si fuera una alfombra más en la sala de estar. Me acerqué a la bebé y vi la peor imagen que un padre –y cualquier persona– puede observar: Abigail yacía sin vida en su coche, bañada en tinta roja. La cubrí con su manta y miré a mi alrededor: Adriano seguía escondido detrás del mueble oxidado; Cayetana, tirada en el piso. Me dirigí a la cocina y regresé con un vaso de agua para despertar a Cayetana. En pocos segundos, ya había recobrado la conciencia. Cayetana se levantó y vio la manta blanca (ahora roja) de Abigail. “¡Hijo de puta! ¡Ha matado a mi bebé!”, gritó Cayetana. Traté de tranquilizarla, pero estaba fuera de control. Entonces, tan silencioso como una pluma, Adriano se acercó a su mamá, la abrazó y le comentó algo en el oído. Cayetana se recompuso velozmente. Con un intento de sonrisa pintarrajeado en el rostro, exclamó en voz alta: “Gracias por tu ayuda, Agustín. Ya puedes retirarte. Me gustaría estar un momento a solas con mis niños”. Para evitar que mi boca cayera al agrio piso (me sorprendió la velocidad con la que pareció recomponerse), me retiré, no sin antes acordar con Cayetana una llamada para asegurarme de su estado de salud.

No volví a ver ni a Cayetana ni a Adriano (tampoco recibí una llamada) hasta el 28 del siguiente mes, en la bodega de la esquina. Estaba acompañada por Adriano y un coche de bebé. Estupefacto y muerto de la curiosidad, me acerqué a mi vecina, cuya reacción fue la menos esperada.

- ¿Cómo te va, Cayetana? –pregunté.
- ¡¡¡Aléjate, Gregorio!!! ¡Aléjate de mi bebé! ¡Huye lejos, Adriano! ¡Yo protegeré a tu hermana! –Cayetana se abalanzó contra el coche, cual leona protegiendo a su cachorro, al mismo tiempo que Adriano se alejaba de la escena.
- ¡¿Te has vuelto loca?! ¡Yo no soy Gregorio! ¡Soy Agustín! ¿Acabas de decir que tu hija está en el coche? –con un rápido movimiento, logré destapar al cuerpo cubierto por la manta: era el cadáver polvoriento de Abigail, muerta hacía más de un mes.
- ¡Sí, mi Abigail! ¡No te le acerques, Gregorio! ¡No volverás a lastimar a mi pequeña!

Atónito, observé cómo aquella mujer trataba al cadáver de su hija como si aún estuviera viva. Corrí hacia el teléfono más cercano y marqué el único número que vino a mi mente en ese momento. Los policías no tardaron en llegar.

Es difícil explicarles con detalle lo que la policía hizo o dijo a Cayetana Santos debido a mi estado de absoluta conmoción. Solo sé que a mí me acompañaron a mi hogar y me dieron un calmante, a Adriano nadie lo volvió a ver jamás y a Cayetana, pues, la hospedaron en un manicomio. Dicen que es toda una celebridad por allá y entretenidísima para conversar. Yo paso.

A la mierda


(Ejercicio recomendable para todos. Coescrito con Daniel Braga)

A la mierda con las personas que me cambian el nombre y pronuncian y escriben mal mi apellido.

A la mierda con las grasas y los carbohidratos. Por su culpa, no me entra la ropa de vez en cuando.

A la mierda con la menstruación que me infla como globo.

A la mierda con Gringolandia y su falsa idea de ser los mejores del mundo.

A la mierda con las religiones que buscan aprisionarnos en un dogma. ¡Somos libres, carajo!

A la mierda con los limeños que caminan más lento que mi abuela.

A la mierda con esta sociedad y sus putos estereotipos que cada día juzgan a más personas.

A la mierda con la apatía juvenil que cada día se proclama en los obeliscos de la sociedad, volviendo a la gente más ignorante y reemplazando la belleza de una cultura por la hueca y vacía vanagloria materialista.

A la mierda con la carrera de Administración y Marketing por haber cagado mi ponderado.

A la mierda con E.D.B., mi profesor de Temas de Historia del Perú del ciclo pasado, que me jaló con 07. A la mierda con el director del curso, por no botar a la mierda de este profesor. Pensándolo bien, a la mierda con todos los profesores que enseñan esta mierda de curso.

A la mierda con la UPC por sus siglas estúpidas y su ratonera de campus. A la mierda con la plata que nos quitan. A la mierda con su Wifi e Intranet de mierda y los cursos mediocres que nos obligan a llevar sólo para completar los 10 ciclos. A la mierda con los malditos controles de lectura y el 13 como nota aprobatoria.

A la mierda con los alumnos que no saben de puntuación y ortografía y se quejan cuando se les baja puntos por esto. A la mierda con los que EzKrIbEn AzÍ.

A la mierda con los profesores que escriben peor que los alumnos. A la mierda con sus PPT’s mal hechos.

A la mierda con la invasión de combis en Lima. A la mierda con la música alienada de sus conductores. A la mierda con el huevón o la huevona que no se levanta para cederle el asiento al viejo o a la vieja que sube. A la mierda con los desequilibrados que no abren la ventana cuando se respira sudor. A la mierda con los que se suben y cuentan las mismas putas historias. A la mierda con su tono de sufrido arrepentido. A la mierda conmigo por viajar en combi.

A la mierda con los taxistas que tocan su bendito claxon cada cinco segundos y los que no respetan las putas reglas de tránsito.

A la mierda con los que orinan en la calle, escupen a mi costado y cruzan la pista cuando el semáforo está en verde.

A la mierda con los que critican tu arte.

A la mierda con los patas que se dejan el pantalón a la altura del culo.

A la mierda con las flacas que usan plataformas y se dejan un mechón de pelo grasiento en medio de la cara. A la mierda con el sonido de sus putos tacos.

A la mierda con las fanáticas de RBD y los Jonas Brothers.

A la mierda con la televisión peruana.

A la mierda con MTV y su porquería musical desde la mitad de los 90.

A la mierda con Movistar y Nextel y su constante spam en mi celular.

A la mierda con los bots y trolls de Twitter.

A la mierda con los alienados y alienadas y sus «ya fue, ya», «como que», «o sea» y «alucina» cada cinco segundos.

A la mierda con los huachafos que usan lentes de sol cuando está nublado o es de noche.

A la mierda con mi ex por destrozarme el corazón.

A la mierda con aquel que pierde su tiempo leyendo estas quejas, pero gracias de todas maneras.

Y a la mierda conmigo, porque no sé qué más escribir. A la mierda con este texto. A la mierda con la mierda de mí.

Para Ximena


(Tarea de Ximena para el curso Aprendiendo en grupo de la UPC)

Me llamo Alessandra Cavagnaro y soy la mejor amiga de Ximena Chávez. La conozco desde que estábamos en Kindergarten, pero nos hicimos amigas recién en 5° grado. Sería bonito decir que fuimos amigas desde que nos conocimos, pero no todo fue “color de rosa”. Desde Kindergarten hasta 5° grado, cada una tuvo un grupo diferente de amigas. Por un lado, mi grupo lo formaba Valeria C., Mary Gaby C., Ximena A., Ana Paola C.S. y yo. Por otro lado, Arianna E., Daniela P. y Diandra L. formaban el grupo de Ximena.

Nunca supe por qué, pero mi grupo solía burlarse de Ximena llamándola “barro”. Decían que por cada vez que alguna de nosotras tenía algún contacto físico con ella, se iba acabando el número de vidas de cada una (teníamos 7 vidas en total). Una completa estupidez. Yo nunca había conversado con Ximena, pero solo por el tonto hecho de seguir a las demás, hacía lo que ellas hacían pensando que era divertido e ignorando los sentimientos de Ximena.

No recuerdo qué y cómo pasó, pero todo cambió al año siguiente, es decir, en 5° grado. Ximena y yo nos separamos de nuestros respectivos grupos y terminamos formando nuestro propio grupo: Ximena A., Ximena Chavez y yo. Fue en ese momento en donde recién empecé a conocer a la verdadera Ximena y, en poco tiempo, me di cuenta de que es una en un millón. Las tres la pasábamos increíble. Éramos muy unidas y yo, mientras más conocía a Ximena, más me lamentaba de mi comportamiento con ella en el pasado.

Desde Kindergarten, habíamos estado juntas en el mismo salón, pero, al pasar a 2° de secundaria, todo volvió a cambiar: Ximena A. se juntó con otras chicas y a Ximena la pusieron en un salón diferente al mío. Cuando me enteré, tuve miedo al pensar en la posibilidad de que ya no fuéramos tan amigas como antes, de que ya no compartiéramos las mismas cosas o que las cosas cambiaran. Pero ahora veo lo tonta que fui con solo pensar en eso: estar en diferentes salones no solo no afectó mi amistad con Ximena, sino que la fortaleció.

Como es lógico, ambas hicimos nuevas amistades y formamos, una vez más, nuestro grupo: Thalía, Mayra, Stephanie, Ana Lucía, Marifé, Pierina, Ximena y yo. Esta vez, el grupo quedó. Los últimos años del colegio han sido los mejores que he tenido, ya que conocí a personas irremplazables. Cada una de ellas con diferentes características, cualidades y virtudes.

Si me pidieran describir oralmente a Ximena o mi amistad con ella, no sé cuánto tiempo me tomaría. Pero, por alguna extraña razón, cuando Ximena me pidió escribir estas palabras, no supe por dónde empezar. Es como si las palabras quedaran cortas al tratar de describir nuestra amistad.

Desde el colegio, he podido conocer a toda clase de amigas. Conocí a las mejores amigas que alguien podría tener; amigas que, por motivos personales, quisiera olvidar; amigas que se fueron lejos; amigas con las que perdí contacto; y, las más importantes, amigas que se quedaron y dejaron una huella en el corazón. Ese es el caso de Ximena.

Una amiga como ella no es fácil de encontrar y, la verdad, es que me siento muy orgullosa y agradecida de poder considerarme su mejor amiga. Ximena es la persona que más me conoce y a la que más le tengo confianza. Sabe sobre mis defectos y virtudes, sabe cómo soy en mis estados de ánimo. Me quiere tal y como soy. No me juzga. Me escucha, soporta y entiende. Me consuela y me tranquiliza. Siempre está dispuesta a ayudarme y aconsejarme, aun así no se lo pide.

Son tantas cosas que hemos pasado juntas y que nos faltan por pasar. Tantas anécdotas, risas, lágrimas. Tantas veces en que me ha demostrado su apoyo, a pesar de no estar de acuerdo conmigo. Tantas ocasiones en que me ha dado su hombro para llorar. Tantos momentos en que la he necesitado y ella ha estado siempre ahí, como sé que siempre lo estará y yo también lo estaré, en las buenas y en las malas. Te quiero harto.