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lunes, 1 de marzo de 2010

Los Matadores


No soy fanática al 100% de The Killers, así que si esperas una crónica que hable exclusivamente sobre el concierto, te recomiendo que dejes de leer ahora mismo.

Después de la increíble presentación de Oasis en marzo de este año (2009), me quedé hambrienta por más: más conciertos, más noches locas, más desinhibición de los peruanos. Pero nadie interesante (para mí, al menos) venía, hasta que, un día de octubre, si no me equivoco, Conciertos Perú volvía a anunciar algo descomunal: The Killers en Lima. “Human, Spaceman, Read my mind¿Por qué no?”, pensé. Para mi buena suerte, y gracias a una amiga –he preferido no decir su nombre para evitar que alguien más la ataque, como yo lo hice–, se me presentó la oportunidad de ir al concierto de “Los Matadores” gratis. El plan era sencillo: esperar a que la jefa de mi amiga le mandara un mail diciendo que se necesitaban acomodadores para el evento y listo.

Este dichoso mail no llegó sino hasta el mediodía del miércoles (un día antes del concierto), cuando todas mis esperanzas de ir estaban más que aplastadas. Orinando de la emoción, marco el número de Bruno para darle la noticia y pedirle su DNI (requisito para entrar a la lista de acomodadores). Primera marcada: celular sin contestar. Segunda marcada: celular sin contestar. Tercera marcada: celular apagado. Carajo. Antes de entrar en pánico, trato de comunicarme con Manuel. “Estoy a punto de comprar mi entrada con Santiago, sorry”, me dice. Que se jodan los dos. Si tengo que ir sola al concierto, entonces iré sola. Decido volver a marcar el número de Bruno. Vuelve a no contestar, pero recibo un mensaje suyo en su lugar. Ya está todo: en 15 minutos nos encontraremos para ir al estadio lo más temprano posible (así nos ubican en las mejores zonas).

Llegamos al Monumental a la 1:40 de la tarde. Yo, con un humor de perros; él, resentido. Mientras esperamos a reunirnos con las organizadoras, me percato de la infinidad de fanaticada que hay haciendo cola, cuando todavía falta una eternidad para que comience el concierto, y me pregunto si, algún día, existirá un artista o alguna banda que me apasione de esa manera. Minutos después, llegan las organizadoras y se disponen a colocarnos nuestros brazaletes que dicen «Bebidas y alimentos – The Killers». Ya adentro del estadio, nos asignan las tareas que deben hacerse a cada uno. A Bruno y a mí nos toca lo más sencillo: vender el merchandising oficial de la banda (con “oficial” entiéndase a pósters manchados y polos de los que se pueden encontrar, sin ningún problema, en Gamarra). Después de varias horas de agonizante calor y caminatas de aquí para allá, a las 5 de la tarde aparecen los integrantes de The Killers para ensayar unas cuantas canciones. Dejo lo que estoy haciendo y los observo detenidamente por un momento: no soy su fan; sin embargo, me siento privilegiada por estar tan cerca a ellos. Una hora más tarde, las puertas del Estadio Monumental se abren, originando la escena más divertida del día: una decena de fanáticos corriendo a toda velocidad para ubicarse en la primera fila, y cada uno de ellos con un particular estilo de corrida. Uno corre como si tuviera hormigas metidas en el pantalón, otro corre como si el piso le achicharrara los pies y otro corre como si estuviera en la maratón de su vida. Me hacen acordar al guepardo cuando persigue a su presa, la gacela. Y lo entiendo: esa noche, los papeles se invierten: el público es el asesino y The Killers, la presa.

A las 6:30 p.m., la banda se esfuma del escenario, haciendo que regrese el jodido aburrimiento. El tiempo pasa tan lento que siento como si hubiera estado todo el día encerrada en el estadio. A las 8:20 p.m., el Monumental comienza a llenarse ligeramente y los primeros compradores comienzan a asomarse a nuestro stand. Poco después, me encuentro con el siempre carismático Manuel, personaje vaya a donde vaya. Le hago saber que estoy con cámara en mano y, como me lo esperaba, aparece su sonrisa de ángel (o, al menos, un intento de). “Mira, si te pones acá, hay mucha luz y se me ve bien. Hola”, me dice con voz “seductora”. Ay, amiguito, ¿cuándo cambiarás? (acabo de leer esa última oración y, pensándolo bien, no me hagas caso).

A las 9 de la noche, la banda nacional Autobús, de la cual nunca antes había escuchado hablar, se apodera del escenario por poco menos de una hora. Faltando pocos minutos para las diez, todos los componentes de la noche toman sus respectivos lugares: los bomberos y VIPs se colocan en las esquinas de cada zona, adoptando su conocida posición de guardaespaldas; el personal (vendedores, acomodadores, cuidadores) se queda en su sitio, asegurándose de no perderse ni un minuto de lo que vendrá a continuación; los fanáticos se juntan exageradamente unos a otros, formando una gran masa de grasa y de sudor. A las diez en punto, el último componente de la noche se adueña del escenario desde el momento en que las yemas de sus manos rozan sus respectivos instrumentos hasta el momento en que se despegan de estos.

Y así sucedió otra mágica noche en este país. The Killers ofreció lo mejor de su repertorio, empezando con Human, pasando por Mr. Brightside, All these thing’s that I’ve done, entre otras, y terminando con When you were Young, y con el vocalista, Brandon Flowers, soltando frases en castellano en alguna que otra ocasión, siendo la más importante «¿tu corazón sigue latiendo?». Sí, Brandon, esa noche, todos los corazones latían, pero por ti. Finalmente, después de estar doce horas en el estadio, caminar todo el día y vender productos a individuos con comportamiento animal, llego a mi casa tarareando la afirmación más famosa de la noche: “I got soul, but I’m not a soldier”.

Orgasmo musical


Solo había ido a dos conciertos antes en mi vida. El primero fue al de Chayanne, al que, aunque en ese momento estaba “de moda” y ese día me divertí, ahora me avergüenzo por simplemente recordarlo. El segundo concierto fue el de Alanis Morissette, de quien me había enamorado por temas como Thank You y U Oughta Know. Además, la noticia de que vendría una artista como ella a un país donde para la mayoría de extranjeros no pasa de incas y de Machu Picchu era casi irreal, de modo que, para comprobarlo, rogué a mi papá para que me llevara al concierto de la canadiense con pelo largo y boca de caballo (así la conocía de chibola). Decepción fue la mía cuando la tuve frente a mí con un pelo que le llegaba a la altura de los hombros. A pesar de ello, el concierto fue genial, y no me importó el hecho de que, esa noche, Alanis fue la creadora (que yo sepa) de una frase que ya ha sido usada por otros artistas extranjeros: “Thank you, Brasil/Chile/cualquier otro país menos Perú”.

La irreal noticia de que vendría un importante artista al Perú se repitió en febrero del 2009, cuando Conciertos Perú anunciaba la llegada del grupo británico Oasis en marzo a la capital. Sentí un cosquilleo que me invadió todo el cuerpo y, automáticamente, me dije a mí misma: “A ese concierto voy como sea”.

Pasaron un par de días y me di cuenta de que muy pocas canciones conocía de Oasis (no pasaba de Wonderwall y Don’t Look Back in Anger), pero estaba tan encaprichada que eso era irrelevante. No podía creer que un grupo de tan alto calibre vendría a este mediocre país en poco tiempo. Por otro lado, era lógico que Oasis nunca más regresaría al Perú, así que mis caprichos, mis ganas y mis ruegos hacia mi padre crecieron. El resultado fue el que quería y más: no solo iría al concierto de Oasis, sino que iría a la zona más cercana al escenario.

Después de estudiar todos los álbumes y el posible setlist, estaba más que preparada para saltar y gritar a todo pulmón las canciones de los hermanos Gallagher. Volví a recordar mi niñez, como cuando cuentas ansiosamente los días que faltan para tu cumpleaños o para Navidad. Ahora, a mis 18 años, me encontraba contando las horas para tener en frente de mí a Liam y a Noel.

30/04/2009. Tres horas, dos horas, una hora. Casi sin darme cuenta de la noción del tiempo, me encontraba en la décima fila de la zona Wonderwall, esperando a que llegara el momento mágico. A las 07:50 p.m., para empilar a la gente, los organizadores (supongo que fueron ellos, pero, en realidad, no me importa), lanzaron la jodidamente alucinante Bittersweet Symphony de The Verve. “No hay duda de que esta noche será inolvidable”, me dije a mí misma. Terminada la canción, a las 8 en punto de la noche, una voz masculina anunciaba a la banda nacional Turbopótamos como telonera. Me doy cuenta de que me había olvidado de ese “pequeño” detalle. Mi enojo regresaba. ¿Cómo coño iba a tener teloneros Oasis? Tenía mis insultos preparados en la punta de la lengua, pero me los atraganté al darme cuenta de que su música y presentación no estaban nada mal. Después de deleitarnos durante una hora exacta, el vocalista de Turbopótamos pronunciaba las palabras que todos esperábamos escuchar: “¿Están listos para la mejor banda de rock de los ‘90s?”. Por segundos que parecieron eternos, el silencio impregnó al Estadio Nacional. Luego, el público estallaba de la emoción en el preciso momento en que las figuras de Liam y Noel Gallagher aparecían por detrás de las cortinas y tomaban sus respectivos lugares en el escenario. Ya ubicados, Rock ‘N’ Roll Star comenzaba a sonar y a meterse en los poros de la audiencia. En mi opinión, no podrían haber dado un mejor inicio a la noche.

El concierto continuaba y, así, se escucharon temas como Lyla, The Masterplan, Songbird, entre otras. El calor del público y el olor a marihuana eran insoportables, pero nada, absolutamente nada, importaba: no iba a dejar que nada ni nadie me malograra la mejor noche de mi vida. Siguieron más canciones, hasta llegar a mi primer momento mágico de la noche: Liam abandonaba el escenario para dejar solo a Noel, quien cantaría una de mis canciones favoritas: The Importance of Being Idle. Empilada, soltando mis gallos y agitando los brazos como loca, cantaba esta canción a todo pulmón, convencida de que no sería la única. Pero, ¡oh, sorpresa!: fui la única. Esto tampoco me importaba. Si todos tienen una noche para actuar fuera de sí, entonces esta era mi noche. Más y más canciones se escucharon, hasta que llegaba el momento de un pequeño descanso.

El público, hambriento de Oasis y casi sin poder contenerse, reclamaba la espectacular Live Forever. Esta canción nunca llegó, pero Liam tenía la respuesta precisa y llena de soberbia para consolar nuestras penas: “You too”. Segundo momento mágico de la noche.

Más saltos, más soltadas de gallos y más actuación de locos se producían cuando Liam regresaba al escenario, se acercaba al micrófono y anunciaba Wonderwall, seguida de la espasmódica Supersonic. El concierto estaba llegando a su fin, pero estaba convencida de que lo mejor estaba a punto de llegar. Y así sucedió, el tercer y último momento mágico de la noche: Liam volvía a abandonar el escenario y Noel salía junto a su guitarra para rendir al público a sus pies. Se venía el momento más increíble de la noche, estaba segura. Noel, con una sonrisa dibujada en el rostro, pronunciaba las siguientes palabras: “Are you in the mood for singing?”, seguidas de uno de sus acordes más conocidos. La letra de Don’t Look Back in Anger hacía empilar a las más de 40 mil personas que habían en el estadio. Por mi parte, estaba tan entusiasmada que podría haberme orinado de la emoción y agarrado al gigante de dos metros que tenía delante de mí. Nunca he tenido un orgasmo, pero estoy segura de que la sensación que me invadió en ese momento no estuvo tan alejada.

Terminado el éxtasis, Oasis tocaba Falling Down, Champagne Supernova y, la última canción de la noche: I Am The Walrus, el famosísimo cover de The Beatles. Perfecto final para una perfecta noche.

De esta manera, y después de dos horas que parecieron dos segundos, Oasis terminaba su concierto y, con él, la mejor noche de mi vida.