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jueves, 8 de junio de 2023

Thiago

Hace exactamente un año que Thiago llegó a nuestras vidas y las hizo un poco más bonitas.

Recuerdo cuando mi hermana nos contó que estaba embarazada. Mis papás, mis hermanas y yo estábamos en la mesa del comedor, terminando de almorzar, cuando Andrea soltó su floro barato diciendo que el día en que ella y Arianna se habían ido al Jockey Plaza le habían comprado un detalle a mi mamá.

Le acercó una caja y, automáticamente, yo (y, voy a asumir, mis papás también) pensé que habían encontrado la joya perfecta para ella, una que vieron y no pudieron resistirse para que la tenga en su colección. Pero enorme fue la sorpresa cuando mi mamá abrió la caja y vimos que lo que había dentro no era ningún collar, pulsera o aretes: eran varias fotos de ecografías acompañadas del mensaje más bonito: "Tengo (...) muchas ganas de conocerlos. Nos vemos en junio 💖".

La emoción que sentimos cada miembro de la familia fue inmensa, y lo más lindo fue cuando caímos en cuenta de que la Mamina iba a ser bisabuela y luego bisabuela por partida doble al enterarnos, dos meses después, de que mi prima también estaba embarazada.


Las semanas pasaban, la panza de Andrea crecía y mis ganas de conocer a mi sobrino ya se hacían insoportables. Faltando poco para llegar a la semana 40, mi paciencia no podía más. ¡¿CÓMO QUE SIGUES EMBARAZADA?! ¿TE ESTÁ PATEANDO? A VEEER. THIAGO, ¿A QUÉ HORA NACES? THIAGO, ¿YA VIENES?

Pero llegó el 8 de junio y fue como si el mundo se hubiera detenido, pero para bien.




Los pájaros cantaron sus más lindas melodías, las personas sonrieron porque sí, los ángeles aplaudieron, la luna bailó con las estrellas, el sol brilló más fuerte, los campos se llenaron de flores.

El día que tú naciste, Thiago, fue el día en que el universo decidió que el mundo no podía seguir existiendo sin ti. 

martes, 22 de marzo de 2022

Crónica de la amiga elegida

Desde hace años suelo ser la amiga elegida en mis salidas sociales. Pero no es porque sea piña y siempre me chanten este rol: es que, como hasta ahora no le agarro el gusto al alcohol (salvo pocas excepciones), siento que no me queda de otra y que es mi deber cuidar de mis amigas.

Hace unas semanas fui a un matrimonio, después de mil años, con mis amigas de toda la vida (cambio los nombres para que no me maten): Sabrina, Marina, Paulina y su chico Dante, Luana y su esposo Juan, la novia Melissa y yo (Cavag).

La invitación era a las 12 pm en Pachacámac. Y algo que he aprendido de los pocos matrimonios a los que he ido es que, mientras más temprano empiezan, más posibilidades hay de que la gente comience a ponerse más contenta y cariñosa de lo normal en el transcurso de la tarde para comenzar a morir en la noche.

Mientras que mi sitio en la mesa estaba casi siempre lleno de comida, especialmente los de Luana, su esposo y Marina estaban llenos de chilcanos, cervezas, tintos de verano, vinos, pisco sours y gins. Como todas habíamos venido en dos carros y la novia había contratado choferes de reemplazo, nadie dudó en pedirlos para nuestro regreso. ¿Significado? "VAMOS A TOMAR HASTA MORIR PORQUE NO TENEMOS QUE MANEJAR, WUJUUU".


La tarde/noche siguió y más o menos este era el escenario para las 8 pm: Melissa desapareciendo sospechosamente con su esposo cada cierto tiempo, Sabrina bailando y tomando al mismo tiempo, Dante aliviado porque a Paulina no le tocó el bouquet, Juan como cliente VIP del bar, Luana teniendo que teletransportarse para bailar y pedir tragos al mismo tiempo y Marina seduciendo a los chicos del bar para que le den shots de pisco cada vez que se acercaba para repartirlos entre todos los invitados (cabe mencionar que nadie podía negarse porque sino Marina sacaba sus argumentos como abogada).

A las 9 pm yo ya estaba lista para irme porque #anciana (además, porque a esa hora apagaban todo). Sabrina se fue con Paulina y Dante y a mí me tocaba irme en el otro carro con Marina, Luana, Juan y Edgar, el chofer.

Primer acto: Juan se sienta en una de las sillas, agacha la cabeza y entra en un profundo ronque.
Segundo acto: me acerco a la mesa de recuerdos para llevarme plantitas porque, si voy a tener que soportar lo que viene, al menos quiero tener plantitas como consuelo.
Tercer acto: Marina se convierte en maga porque sigue sacando shots de pisco de no sé dónde, hasta que le digo que es hora de irnos.

- "Marina, ya nos vamos a casa".
*Marina se saca la mierda*
- "Marina, mejor quítate los zapatos. Tenemos que caminar hasta el carro para irnos"
- "Cavaaag, tengo hambre. ¿No quieres pizza? Vamos por pizza"
- "Primero a descansar y luego vamos por pizza, ¿ya?"

Nos metemos al carro: Edgar al volante, Juan como copiloto y atrás Marina, yo y Luana, y lo primero que le digo a mis amigas es "por favor, si quieren vomitar lo hacen por el lado de sus puertas porque si me vomitan encima las mato". "No, Cavag, yo nuuunca vomito", dijo Marina. "Tranqui, yo no tengo ganas de vomitar", dijo Luana. "Edgar, si necesitas algo me avisas porque estos tres papanatas están en otra", dije yo.

Avanzamos durante 10 minutos hasta que Juan pide parar el carro porque se siente mal. Juan y Luana abren la puerta, agachan la cabeza y se quedan en silencio. Marina me comenta que quiere vomitar y trato de abrir su puerta. NO ABRE. "Marina, déjame sacar el seguro de tu puerta para poder abrirla". Marina se mueve un poco y veo que el seguro no está puesto, pero la puerta sigue sin abrir. Edgar nota mi desesperación, sale del carro e intenta abrir la puerta también. LA MALDITA PUERTA NO ABRE y yo comienzo a desesperarme porque no quiero que me vomiten encima. Marina está a punto de vomitar y, entre Edgar y yo, solo atinamos a abrir la ventana en su totalidad para que mi amiga estire el pescuezo y vomite. A los pocos minutos, Marina mete su cabeza al carro, pero no contamos con que los restos de vómito se quedarían en la ventana. Juan y Luana regresan también sus cabezas al carro, sin haber podido vomitar.

Seguimos avanzando y no pasan ni cinco minutos hasta que Marina pide parar el carro otra vez. Edgar me advierte que no podemos estar deteniéndonos a cada rato porque es una zona peligrosa y yo le indico que mi amiga no se siente bien y que tengo que cuidarla (aunque sé que tiene razón) y le pido parar en un grifo o en una bodega para comprar papel higiénico. Mientras tanto, Luana se recuesta en mi hombro susurrándome que no se siente bien y Juan está en otra galaxia en el asiento de adelante.

El plan era ir hasta la casa de Luana y Juan y pedir un taxi que nos deje a Marina y a mí en nuestras casas, pero no pasa mucho tiempo para darme cuenta de que lo mejor será que se quede a dormir conmigo, así que le escribo a mi hermana para contarle la situación y Marina y Luana aprovechan para decirle lo mucho que la aman:




Edgar sigue avanzando y Marina sigue vomitando; unas veces afuera del carro y otras veces dentro de la bolsa que le he dado, y los restos de vómito siguen quedándose en el borde de la ventana. Pasan más minutos y me percato que va a ser peligroso pedir un taxi que me lleve a mi casa, así que llamo a mi papá y le pido que nos recoja de la casa de Luana y, de paso, me ayude con el bodoque que es ahora Marina.

Cuando veo que solo faltan 25 minutos para llegar a nuestro destino, siento unas gotitas a mi derecha: es Luana que, sin decirle nada a nadie, acaba de bajar la ventana y dejar sus restos de vómito en la ventana. Por supuesto, Marina aprovecha para vomitar también.

Y justo cuando pensaba que los últimos 15 minutos iban a ser tranquilos, de la nada Juan abre la puerta, comienza a vomitar y Marina y Luana se convierten en sus coristas de vómito. Es como si hubiera una orquesta de menjunjes extraños a mi alrededor y yo soy la última integrante.

Después de una carrera interminable, llegamos a nuestro destino casi al mismo tiempo que mi papá. Luana ya está semi consciente de lo que está pasando y me ayuda con Marina, quien está cual bebé acurrada en su cuna porque no se quiere mover. Finalmente, entre mi papá, Luana y yo sacamos a Marina del primer carro para meterla en el segundo.

Ya en el carro de mi papá, Marina comienza a despertar y a darnos diferentes reacciones, desde disculparse por lo sucedido esa noche hasta ofrecernos la cena y el desayuno a mi papá, especialmente. "¿Qué se te antoja, tío? Tú dime y yo te invito. ¿Quieres KFC? ¿Quieres Sanguchón Campesino? Tú solo dime y lo pido solo para ustedes".

Y, aunque la oferta sonaba muy tentadora, yo ya estaba mucho más tranquila porque todas mis amigas estaban sanas y salvas en sus casas. ¿Y mis plantitas? No sobrevivieron, pero...hey, las risas no faltaron.

Luana limpiando su carro a la mañana siguiente

domingo, 13 de diciembre de 2020

Mi chico guapo

Conocí a un chico en la segunda mitad del 2018 y desde el primer momento tuvimos química, sobre todo física.

El primer día que lo vi almorzamos. Él soltó un comentario desubicado y yo estuve a punto de pararme y dejarlo plantado, pero no lo hice. Sabía que valía la pena. Es decir, que él valía la pena.

Los meses pasaban y nos hacíamos más cercanos. Éramos dos amigos que se contaban cosas, tenían sexo de vez en cuando, bromeábamos entre nosotros y nunca faltaba un "te quiero" en nuestras conversaciones.

Un día de febrero me armé de valor y le dije que estaba sintiendo cosas por él. Aunque no recibí el comentario de vuelta, él lo tomó bien. Nada se arruinó.

Luego de eso, él salió con un par de chicas, pero no prosperaron. Yo fui ganando terreno. Nos hicimos más cercanos.

Un día él me dijo "te quiero más que antes, mucho más". Y yo me elevé por los aires.

Sin darme cuenta, comencé a llamarlo "mi chico guapo" y yo sabía que estaba cagada porque no había podido soltarlo a tiempo, pero no me importaba. Yo estaba feliz con mi chico de buen corazón, trabajador, a veces vulnerable, otras veces tierno y dulce, con una mente súper sexy, apasionado, inteligente, con buen sentido del humor.

No podría hablar por él; solo sé que yo estaba en las nubes por tener a mi chico guapo a mi lado.

Pero mi chico guapo no llegó a ser mi chico porque nunca pudo verme como yo lo hacía.

martes, 14 de abril de 2020

Bucle eterno

Todavía recuerdo que, el viernes antes de que todo comenzara, nos reunimos en casa de la Mamina como solemos hacerlo todos los viernes. En las noticias ya se hablaba de un virus que estaba afectando a muchas personas en Europa y que poco a poco estaba llegando a Perú, por lo que mis tíos anunciaron que ese día deberíamos saludarnos con los codos y no darle besos ni abrazos a la Mamina. 

Mi primera reacción fue "no sean tontos. Es solo un virus ridículo y no me va a impedir darle un beso a mi abuela". Pero de ridículo no tenía nada ese virus. 

Admito que nunca he sido de ver muchas noticias, por lo que los cambios y las restricciones que vinieron casi las sentí de la noche a la mañana.

En pocos días se cayeron los planes que tenía y me sentí lejos de todo y de todos, pero lo que más me chocó fue darme cuenta de que no iba poder ver a mi familia ni trabajar hasta nuevo aviso Lo primero me dio tristeza; lo segundo, cólera y tristeza.

Me costó tanto encontrar algo que de verdad me apasionara en el ámbito laboral que me puse engreída y me molesté con todos, sin que nadie tuviera la culpa. Pero respiré profundo, dejé eso de lado y vi lo que sucedía a mi alrededor.

Y me vi rodeada de testimonios de otros emprendedores (y luego de empresas grandes) anunciando el cierre de sus operaciones hasta nuevo aviso, del presidente apareciendo todos los días en televisión pidiendo a todos quedarnos en casa, de videos y fotos de gente tan egoísta haciendo absolutamente todo lo que el Estado pide -hasta ahora- no hacer (usar el carro, salir acompañado o salir para cojudeces como correr una vuelta a la manzana), de peticiones (y casi ruegos, totalmente comprensibles) de personal de salud para que la gente entienda, de una maldita vez, que tiene que quedarse en sus casas.

Ya son dos veces en que se ha aplazado la cuarentena y no sé si habrá una tercera. El encierro ya no me choca como antes, pero aún tengo días en que siento que me apago y no sé cómo prenderme de nuevo. Extraño trabajar, abrazar a la familia y reunirme con los amigos. Me frustra no tener la libertad de salir porque aún hay gente que todavía no la capta y me frustra estar en un bucle eterno donde todos los días parecen domingos.

Me frustra que a veces no tenga ánimos de hacer nada, pero poco a poco, gracias al consejo de alguien muy cercano y especial para mí, me permito estar así. Porque se vale no tener la sonrisa Colgate todo el tiempo y querer chorrear todo el día. Se vale porque sé que esto no será eterno y porque siento que le falta poco para acabar.

También siento que, como suelo pecar de ingenua, de lo malo debo rescatar lo bueno y darme cuenta de qué es lo que estoy aprendiendo en esta cuarentena: qué es lo importante y lo (im)prescindible y cómo yo, un ser humano común y corriente, puedo ayudar a cambiar un poco el mundo.

Porque tengo clarísimo que las cosas no volverán a ser como antes, pero sí sé que serán mejores (o eso quiero creer).

martes, 20 de agosto de 2019

Más misia, pero más feliz

Alguna vez escribí sobre la experiencia de dejar mi último trabajo de oficina para iniciar algo propio y hoy me provocó hacerlo de nuevo. 

Creo que nunca tuve un "mal trabajo" porque todos quedaban cerca a mi casa (o podía llegar relativamente rápido), hice buenos amigos en cada uno, el ambiente era lo suficientemente cómodo, el sueldo no era malo (nunca he sido de despilfarrar dinero, así que estaba conforme con la cantidad que recibía) y en la mayoría me daban beneficios.

Pero hubo un trabajo que sentí que me succionaba la energía y el buen humor cada vez que iba. La primera vez que trabajé ahí fue porque necesitaba créditos para terminar la carrera y porque anteriormente había trabajado para el primo del que ahora sería mi nuevo jefe.

Recuerdo que el primer día le pregunté al cofundador de la agencia cuándo firmaría contrato y su respuesta fue "no te preocupes por eso; igual acá no damos por el momento". Me pareció raro y sentí que esa era la primera señal de advertencia (como no existía un contrato, tampoco habría beneficios), pero me convencí de que sí o sí necesitaba las horas y que solo tendría que aguantar seis meses para obtenerlas.

Pasaron los seis meses y conseguí las horas suficientes para alcanzar todos los créditos necesarios. Y, como a los jefes les gustaba mi forma de trabajar, coordinamos para quedarme trabajando de manera independiente mientras yo trabajaba en una nueva empresa que terminó por aburrirme a los seis meses (oh, sorpresa).

A las pocas semanas, uno de los jefes de la agencia me contactó y me preguntó en qué andaba. "En nada, buscando qué hay por ahí". "Si te interesa, nos gustaría que regresaras con nosotros. Esta vez serías la supervisora de los Community Managers y verías más lo que es comunicación interna y redacción, que es lo que te interesa, si mal no recuerdo". 

Qué bien me lo está vendiendo porque esa oferta suena bastante tentadora, pero esta vez tienes que ser precavida y directa, Alessandra.

"Todo suena bien, pero mi requisito sería que esta vez sí me den contrato". "Claro, no hay problema". Ilusa, acepté. Así que regresé por unos días a la oficina en Aramburú para luego mudarnos a la nueva oficina en Barranco. "Nuevo espacio, nueva gente, nuevos retos", pensé.

Pasaron unas semanas y recuerdo haber preguntado por el contrato una, dos, tres veces. Recuerdo que el dueño de la agencia hasta me habló de la CTS y yo, nuevamente ilusa, le creí. 

Cuando estaban por cumplirse los tres meses de haber regresado a esa agencia, la sensación de sentirme miserable iba aumentando cada día. Sí, ganaba mejor que antes. Sí, conocí a nuevas y buenas personas. Sí, el edificio era mejor. Pero lo que me prometieron no se cumplió. No me enfoqué en comunicación interna. No vi nada de redacción. Y, por supuesto, no hubo contrato.

En ese entonces iba a clases de zumba, que era una de las pocas cosas que me hacía olvidar un día de mierda en la chamba. Amaba las clases porque me divertía y me desestresaba, y odiaba cuando faltaba a una (lo que normalmente ocurría porque al jefe se le antojaba darnos chamba a última hora con carácter de urgencia).

Un día no pude más con el estrés. Salía del trabajo a las 7:00 p.m. para llegar con tranquilidad a las clases a las 8:00 p.m. Pero ese jueves salí de la oficina a las 7:30 p.m., molesta porque sabía que no iba a llegar. Recuerdo manejar con cólera, aguantando las lágrimas. Porque, aunque pueda parecer exagerado y tonto, esta vez sabía que tenía un trabajo que detestaba y me odiaba por haber confiado tanto.

Llegué a mi casa aún afectada y me dirigí a la cocina, creo que para cocinarme algo rápido. Como soy de las personas que se nota de lejos en la cara que algo les pasa y que se aguantan las cosas para no irse al baño a llorar a desahogarse, cuando mi papá se acercó a preguntarme qué me pasaba no pude más y las lágrimas comenzaron a brotar.

Estoy molesta porque odio mi trabajo, pa. Me llena de estrés, no me hace feliz, mis jefes no me dan lo que me prometieron. Pero no puedo dejarlo así nomás porque tengo que pagar mis cosas.

"En primer lugar, respira, hija. Ya estás en casa. En segundo lugar, estrésate por todo, menos por la plata. El dinero puede venir de otras formas y de las personas que te rodean, pero tu salud mental está primero y de ella solo te puedes encargar tú. Recuérdalo siempre".

Me fui a dormir con esa idea. Al día siguiente, sin importarme que no tenía un plan B, renuncié. Y me prometí a mí misma no quedarme nunca más en un trabajo solo por la plata. Al poco tiempo llegó una nueva chamba, mi última en oficina. Buen sueldo, nuevo espacio, nuevo ambiente, nuevos retos, nuevas oportunidades, nuevas funciones (y, por supuesto, con contrato y todos los beneficios).

Pero me visitó un deja vú, solo que esta vez se demoró un poco más en llegar: cumplido el año, ya sentía la misma rutina de siempre, el trabajo monótono, el fastidio de trabajar para alguien más, el vacío laboral/emocional.

Recordé las palabras de mi papá. "A la mierda todo. Es hora de dar un paso al costado y de tener algo propio. Voy a estar más misia, pero estoy segura de que seré más feliz". 

Ha pasado más de un año y medio desde ese día y esa predicción se ha cumplido: podré estar más misia, pero estoy mucho, pero mucho más feliz.


lunes, 19 de agosto de 2019

La vida que pasa

El otro día (pudo haber sido ayer o hace dos meses) caminaba con una amiga mientras nos congelábamos hasta los huesos y conversábamos sobre diversas cosas de la vida.

La larga caminata vino después de haber recorrido varias ferias en Barranco y de sentir que mis rodillas crujían luego de subir unos escalones altos. "La vejez me está llegando", recuerdo que le dije. Luego, en pleno malecón, recuerdo haber conversado con Clau sobre cómo ahora somos más conscientes (al menos nosotras) con las cosas que decimos, cómo las decimos y a quién se las decimos, y cómo solemos agregar cosas a nuestra lista de pendientes como si el dinero nos cayera del cielo. "¿En qué momento crecimos y nuestra vida se convirtió en pagar deudas?", dijo Clau.

Pero no solo eso. Tengo 29 años y no recuerdo el momento en que mi vida se convirtió en guardar recibos y estados de cuenta por si más adelante los necesito o por si quiero tener un historial crediticio. No sé cómo (ni por qué) me acostumbré a guardar mis sentimientos y no soltarlos cuando en ocasiones solo quiero decir "¿te puedes callar?", "no quiero estar aquí", "a la mierda esto". No sé en qué momento me llené de matrimonios, baby showers, velorios y en algún lugar del camino entendí que los cambios y soltar son buenos. Que si alguien ya no forma parte de mi vida está bien. Que deje de hablar seguido con alguien, porque nuestros ritmos de vida son distintos, está bien. Que si decido quedarme en casa en vez de salir con amistades está bien.

¿Cuándo mi piel dejó de estar como potito de bebé (aunque mis manos lo siguen estando, según mi Mamina) y aparecieron las ojeras y las líneas de expresión que no se me van con nada (en realidad, sí se me podrían ir, solo que estoy tan acostumbrada a no usar cremas que sigo sin animarme a adquirir una)?

¿Cuándo me metí el chip de que la imagen lo es todo y que tener contactos te abre muchas puertas, en lugar de las capacidades de una persona? ¿Por qué mandar a la mierda se volvió tan difícil cuando antes no solía serlo?

Qué difícil –pero necesario– se convirtió recibir críticas y tomarlas como constructivas, responsabilizarme de mis propias acciones porque papito ya no vendrá a salvarme siempre (pero me dio las herramientas para hacerlo por mí misma), saber cuándo quitarme esa venda de los ojos porque ahora sé que nadie me la quitará por mí,  

No me falta mucho para cumplir 30 y ese día, especialmente, mientras regresaba a casa, pensé mentalmente en las cosas nuevas que tengo en mi vida, las nuevas costumbres y manías, y que no me había percatado.

Como cuando se te queda un pedazo de perejil en el diente todo el día o como cuando lo que siempre quisiste estuvo frente a ti todo el tiempo y nunca lo supiste.

A veces se nos pasa la vida y nosotros ni cuenta.



martes, 29 de enero de 2019

Un poco tontos

Alguna vez he mencionado que me cuesta decir que no. No encuentro las palabras, no logro inventar una excusa convincente, pienso que voy a hacer sentir mal a la otra persona y, por ende, termino diciendo que sí.

A veces, luego de comprometerme, odio momentáneamente a la otra persona y aprendo la lección; otras veces, igual los odio momentáneamente, pero también digo "ok, no estuvo tan malo. Quizás lo volvería a hacer".

La primera vez que sentí eso fue hace dos años, cuando organicé la despedida de soltera de mi mejor amiga en Cusco. Teníamos pocos días y bajo presupuesto para los tours tradicionales, pero la solución llegó rápido: un paseo a caballo (su animal favorito) por el sitio arqueológico del Templo de la Luna.

Ya que la última vez que me había subido a un caballo (que, en realidad, fue un pony) había sido hace más de 15 años, me invadió el pánico. Tenía cero ganas de subirme, pero sabía que si no lo hacía luego me arrepentiría. "Por favor, que al menos me toque el más tranquilo". Subí con ayuda, me acomodé y al segundo me paralicé. 

¿Cómo funciona esto? ¿Cómo me agarro? ¿Cómo lo guío? ¿Por qué hizo ese sonido? ¿Por qué me subí a esta cosa? ¿Por qué está corriendo? ¿CÓMO LO DETENGO? ¡AYUDAAA!

Al poco tiempo, Ximena se dio cuenta de mi sufrimiento: "Cavag, ¿estás bien?". "Chavez, te quiero, pero cámbiame de caballo ahora porque siento que me muero". El guía también se había dado cuenta, se acercó y, muy campantemente, nos confesó que a mí me había tocado lo que parecía un potro salvaje (un caballo joven al que habían mordido hace poco y por eso andaba inquieto). "Cavag, no te preocupes. Toma mi caballo que es bien tranquilito".

Cambiamos de caballo y volví un poco a la vida, aunque mi cuerpo seguía paralizado. La concha me dolía, un pie me ardía y mis dedos parecían congelados por tanta tensión, pero un rato después comencé a disfrutarlo. Terminó el paseo, abracé a Ximena y le dije "Si alguna vez tenía que volver a subir a un caballo tenía que ser por ti, de todas maneras".

Haciendo tiempo para no subir al caballo.
Desesperada por bajar (extremo izquierdo).
La segunda vez fue el año pasado, cuando mi hermana mayor decidió que sus fotos prematri serían en las Lomas de Lúcumo. "¿Quieren ir?", nos preguntó a la menor y a mí. "Veamos", dije. "En las clases de Educación Física del colegio nunca aprendí a controlar mi respiración y en la subida a Pastoruri (tengo la costumbre de hacer malas comparaciones) sentí que dejaría mi cuerpo a mitad de camino, pero no creo que la subida a esas lomas sea tan malo. Ya, vamos".

A las 11 de la mañana del día siguiente ya estábamos listos para subir a las lomas. "Todo sea porque es ella, porque no volveré a subir a estas cosas y porque las fotos valdrán la pena".

Ah, mira. Esto no está tan mal. Tengo mi termo de agua, zapatillas para escalar y mi hermana y cuñado atrás. Ok, ya me estoy cansando un poquito. No puedo respirar. Cálmate, Alessandra. ¡¿POR QUÉ TODOS SUBEN TAN RÁPIDO?! Cada uno sube a su tiempo; tranquila. PERO ESA SEÑORA ES MUCHO MAYOR QUE YO Y SUBE SIN PROBLEMAS. Pero tú no eres esa señora. Te demorarás un montón, pero lo lograrás. "Ale, ¿cómo vas?" NO ME HABLES, MIERDA. "Bien, pero no puedo hablar porque sino me canso más". Necesito un descanso. Necesito otro. DEJAN DE AVANZAR SIN MÍ, MALDITA SEA. ¡ANDREAAAA!

Después de lo que se sintió una eternidad, con hartas paradas y la botella de agua a punto de terminar, llegamos a la cima y valió la pena, como sabía que lo haría. "Ya subí a un caballo y ya llegué a la cima de unas lomas. ¿Qué me tocará hacer el próximo año?".

Sin oxígeno, pero contenta.
La tercera vez fue hace unas semanas, luego de una parrillada a la que me invitó un pata. "Ale, he tomado mucho. Tú me vas a llevar luego a mi casa manejando mi caña, ¿ya?". "Pero no tengo conmigo mi brevete". "No te preocupes; no va a pasar nada. Toma mis llaves".

Las horas fueron pasando, él siguió tomando y yo me fui desesperando porque en el fondo sabía que, cuando llegara el momento, no iba a poder decir que no. Pero entré en negación y le di las llaves al dueño de la casa: "Por favor, guárdalas tú y, cuando te las pida, dile que no las encuentras para que se vaya en taxi a su casa" (qué ilusa). "Ok, Ale, no te preocupes; no se las daré", me dijo y confié.

Fernando, el dueño de la casa; Alejandro, mi compañero abstemio y Renzo, el terco.

Más horas fueron pasando y ya era momento de la despedida. "¿Tienes mis llaves? ¿Me llevas a mi casa, ¿no?", preguntó. "Las tiene Fer. ¿Por qué no te vas a tu casa en taxi y dejas acá tu camioneta? Tú no puedes manejar así y yo no tengo mis documentos acá". "Ya, no te preocupes: yo manejo, entonces". Mi cara de culo apareció. "¿Qué parte de 'no puedes manejar' no entendiste?". "Sí la hago, Ale. Manejo desde hace muchos años y siempre soy muy cuidadoso", dijo terco como una mula. Le comenté que no tenía sus llaves y fue a preguntarle a Fernando, quien finalmente sucumbió ante la presión.

Carajo, ¿y ahora qué hago? Él no va a querer dejar su camioneta acá y no puedo dejar que maneje solo hasta su casa porque me importa demasiado. Pero nunca he manejado una camioneta y creo que la suya es automática. ¿Y si nos paran en el camino? ¿Y si me suspenden el brevete? ¿Y si choco? CARAJO, ¡¿QUÉ HAGO?!

Después de debatirlo por varios minutos, decidí que lo mejor era acompañarlo hasta su casa como copiloto, porque al menos él sí tenía brevete. Entramos al carro y, cuando me di cuenta de que ni siquiera podía encenderlo y que esa no sería una bonita forma de morir, me armé de valor y le dije con miedo: "Sal de acá; yo manejo". 

Me senté en el asiento del conductor y sentí cómo rápidamente mi cuerpo se iba tensando, como me pasó con el caballo. Me hizo una breve explicación de cómo manejarlo y, cuando me percaté de que el carro era mecánico, pensé "esto no puede ser tan malo".

A ver, mierdecita. Espero que nunca te olvides de esto que voy a hacer por ti. Botón de encendido, luces, cinturón. ¡NO TE DUERMAS! Embrague, primera, avanza. ¡Lo hice! Tiempo estimado según Waze: 25 minutos. Bacán, 25 minutos de siesta para él y 25 minutos de tensión para mí. Debo quererlo demasiado. Ok, ya avanzaste unas cuadras. Puedes hacerlo. Carajo, se apagó el carro. No importa. Hazlo de nuevo. ¡Lo estás haciendo bien! Un patrullero detenido y sí o sí tengo que pasar por su costado. ¡NOOO! Vamos, Ale; peores cosas has hecho (?). Respira, respira. ¡Lo hiciste!

De pronto todo fue más fácil. Llegamos a su casa antes de la hora estimada, la camioneta intacta, él vivo y yo sin ningún castigo. De regreso a mi casa, sentí cómo mi cuerpo volvía a la vida, al mismo tiempo en que él me mandaba un mensaje con un gran "GRACIAS".

Pensé en las cosas que, a pesar del miedo, he hecho por otra persona y en cómo nos transformamos cuando solemos querer mucho a alguien: miedosos, un poco confiados, algo invencibles, pero, sobre todo, un poco (bastante) tontos.


miércoles, 16 de enero de 2019

Las típicas hermanas

Nunca fuimos las típicas hermanas confidentes ni las que compartían todo, salvo algunos juguetes y la ropa (y el cuarto hasta los veintitantos, cómo olvidarlo). No fuimos mejores amigas ni tampoco las que paran todo el día juntas.

Pero, creo, teníamos y tenemos algunas cosas que, aunque son comunes en muchas hermanas, también nos hacen especiales:
  • Terminar la frase de la otra o decir las cosas al mismo tiempo
  • Conocer los gustos de la otra casi sin dudarlo
  • Compartir la ropa (aunque ahora vivamos lejos)
  • Hacer bromas internas sobre nuestros papás
  • Respetar la opinión de la otra aunque no necesariamente estemos de acuerdo
  • Lucir atuendos horribles cuando éramos niñas
Pero, sobre todo, emocionarnos por las cosas que le pasa a la otra.

Yo cuando se graduó del colegio; ella cuando terminé la universidad después de mucho esfuerzo. Yo cuando abrió su negocio; ella, cuando yo abrí el mío unos años después. 

Yo cuando usé 1 de mis 12 uvas como cábala pidiendo que Miguel y ella den el gran paso. Yo cuando se comprometieron al día siguiente. Yo el día de su matri civil cuando quise decirles algo y las palabras no me salían. Yo el día de su matri religioso cuando la vi entrar a la iglesia del brazo de mi papá.

Yo ahora, sin motivo aparente, pero emocionada por todo lo bueno que se te viene, hermanita del alma.

Oda a la Mamina

Algunos la conocen y otros quieren conocerla apenas la ven. Ella es del tipo de persona que ilumina cualquier ambiente y que no puedes dejar de querer.

Estas son algunas cosas que quiero que sepan de ella:
  • Conoció al amor de su vida cuando tenía 14 años, pero recién tuvo permiso de estar con él a los 16. Tuvieron 6 hijos y estuvieron casados por 62 años
  • Todas las noches, después de comer, se acerca a su jardín para mirar al cielo y agradecer por quién sabe qué (aunque sospecho que aprovecho también para hablar con mi abuelo)
  • Es supersticiosa como muchas otras abuelas: toca madera cuando siente que debe hacerlo, pide un deseo al soplar una pestaña y nunca deja que seamos 13 en la mesa
  • Desde que tengo memoria, me dice "Tanita" y no sé por qué, pero tampoco quiero saber. También, todos los años por mi cumpleaños, me llama y me canta esta canción: "Mi Tanita, mi Tanita, mi Tanita de mi amor. Yo te quiero tanto, tanto, con todo mi corazón"
  • Si le regalas algo, con agradecerte una vez no es suficiente. Lo hace apenas le das el regalo, a la hora de despedirse y te llama más tarde o al día siguiente a seguir agradeciéndote
  • Por muchos años vivió al costado de su hermana "Marujita", a quien consideraba su alma gemela. También, cuando ambas eran jóvenes, brevemente abrieron un nido y dicen las buenas lenguas que los entonces niños aún se acuerdan de ellas.
No sé cuánto tiempo voy a tenerla porque, aunque se me llenan los ojos de lágrimas con solo pensarlo, sé que de cuerpo no va a ser eterna. Por eso la vivo cada vez que puedo y la gozo cada vez que ella me deja.

Ella es Mamina. Ella es vida. Mi vida.

El día de su matrimonio

Con "Marujita"

Mandando besos a su fanaticada

Feliz en su jardín

Ella.


martes, 19 de junio de 2018

Cometas en el cielo

Alguna vez leí (o alguien me dijo) que todos los escritores deberían tener una musa. No soy escritora ni -creo que- tengo una musa, pero si hay alguien de quien podría escribir siempre es mi papá, una de las pocas personas que me hacen mirarlo y pensar "qué paja tenerlo en mi vida".

Dos de las cosas que más sé de su infancia son estas: que mi abuela lo metió a clases de acordeón, a las cuales acudía a pie con el instrumento en la mano, y que mi abuelo le enseñó a volar cometa y luego, con el tiempo, a fabricarlas.

Aunque no tengo recuerdos de que mi papá nos haya llevado al parque a mis hermanas o a mí a volar cometa, sé que es algo que él añora hasta ahora (tengo el presentimiento de que está esperando hacerlo con sus nietos).

Y lo sé porque, desde hace buen tiempo, mi padre guarda en la maletera de su carro una cometa que adquirió hace unos años y una lonchera mía de colegio en la que guarda los materiales necesarios: guante para no rasparse la mano, pabilo para volarla al infinito y otras cosas que ahora no recuerdo.

Suele sacarla los domingos luego de almorzar, cuando estamos en el carro pensando adónde ir a pasear, y él, sin que nadie se dé cuenta, maneja hasta el parque más cercano y con voz emocionada dice "¡Ya sé! ¡Voy a volar cometa!".

Acto seguido se estaciona, pregunta quién quiere acompañarlo y se pone en acción. Normalmente lo acompaño yo. La preparación es muy corta, porque a los pocos minutos la cometa ya está camino al cielo. A veces nos quedamos en silencio viendo cómo se aleja; otras veces, me cuenta sobre el Nono al que nunca conocí, las clases para armar cometas y a quién le enseñó a armarlas, los modelos de cometa que tenía y las veces en que alguna se fue lejos y no regresó más (o las que se le quedaron atoradas en algún árbol y nunca pudo recuperar).

La gente camina a nuestro lado y algunos pasan de largo, mientras que otros (papás con hijos) se detienen y exclaman "¡Mira lo que hay en el cielo, hijo!" o (mi favorita) "Hoy en día ya no se ve volar cometas. Lo felicito".

Y yo lo miro de lo más emocionada, esperando que llegue el día en que alguna de mis hermanas o yo tenga un hijo al que enseñe a volar cometa y, por qué no, a tocar el acordeón.

martes, 10 de abril de 2018

Encuentra tu Hogwarts

Nunca me importó estar en una empresa (grande o pequeña) y trabajar para alguien más. No me importaba levantarme temprano, modificar mi clóset para estar acorde al dresscode, renegar por el tráfico (mentira; esto siempre me molestó y me seguirá molestando) o adecuarme a las "reglas de convivencia" de cada empresa. No me importaba con tal de que me apasionara mi trabajo.

Pero nunca lo encontré. Lo disfrutaba los primeros meses hasta que luego, poco a poco, comenzaba a ver los puntos débiles de cada trabajo. Que aquí no daban grati, que acá no daban seguro. Que allá no me caía mi jefe, que ahí no me caía nadie.

Me di cuenta de que no iba a ser completamente feliz en ningún trabajo y que ya no quería trabajar para nadie más. Si iba a renegar, renegaría con algo mío.

Así que decidí arriesgarme y dejar uno de los trabajos más cómodos en los que he estado y, junto con mi amiga -ahora socia-, abrir un negocio de algo que nos gusta, nos motiva y, lo más importante, nos apasiona.

La felicidad de tener listas las nuevas tarjetas de presentación
El proceso no fue fácil, pero sabía que valía la pena intentarlo. Pensamos en el nombre, en las características de los productos, en las plataformas, en nuestros futuros clientes y en nuestros proveedores.

Nunca olvidaré el día en que conocí ese mercado. La emoción ya comenzaba a invadirme hasta antes de bajar de la combi y sentir esa mezcla de olores que al inicio me daba náuseas y al que ahora le he agarrado cariño.

Mercado de flores en Acho
Apenas entré y vi a mi alrededor sentí algo en mi interior. Una sensación que me decía que este era mi nuevo hogar y que, a pesar del miedo, estaba tomando la decisión que debía tomar. Sonreí.

Recuerdo que me sentí como Harry Potter en su primer día de Hogwarts descubriendo un mundo nuevo. Y así me sigo sintiendo todos los días hasta ahora: emocionada, inspirada, motivada, encontrando y descubriendo la magia.

Por eso, de ahora en adelante, mi nuevo lema será "Encuentra tu Hogwarts y deja que te invada".

miércoles, 7 de febrero de 2018

Para los novios

Soy de las personas que se emocionan por las cosas simples de la vida.

Me emocionan los atardeceres, las audiciones de la franquicia Got Talent (las de Calum Scott y Mandy Harvey siempre me hacen llorar), visitar a la Mamina, ver una pareja de ancianos tomados de la mano o bailando, ver fotos de mi familia en blanco y negro, el sonido de la lluvia, tener un bebé en brazos y la buena música.

Pero también me gusta emocionarme por los demás.

Me emocioné cuando mi papá obtuvo la colegiatura el año pasado hasta el punto de pararme para aplaudirle cuando todos estaban sentados y gritarle "¡buena, pa!", cuando mi hermana menor consiguió trabajo en un sitio que le gustaba y cuando vi a mi mejor amiga desde quinto de primaria caminar por el pasillo de una iglesia vestida de blanco.

Y ahora no puedo evitar emocionarme por mi hermana y su flaco.

Era el 31 de diciembre del 2017 y estaba a punto de hacer la cábala de las 12 uvas porque alguien, casualmente, había llevado unas. A partir del sexto deseo ya no sabía qué pedir para mí, así que pedí por Andrea y Miguel. "Que mi hermana y Miguel se animen a dar el siguiente paso", recuerdo que dije.

Varias horas después me encontraba en Jauja cuando me entró una videollamada de mi otra hermana y me palteé porque he llegado al punto en que las llamadas las relaciono con desgracias.

"Oye, ¿qué haces? ¿Te fuiste a un retiro de Ayahuasca?", bromeó Arianna. "Andrea tiene algo que enseñarte".

Lo que vi después me conmovió hasta el alma: en el dedo anular izquierdo de Andrea, resaltaba un anillo de compromiso. "¡Esta naca se casa!", dijo Arianna.

Sonreí, la felicité, la abracé virtualmente, llamé a Miguel, lo felicité también, colgué y lloré. Lloré con una sonrisa de oreja a oreja, sintiendo harta emoción y felicidad por alguien más con cada partícula de mi cuerpo. Y me di cuenta de lo mucho que la quiero.

Lo mismo siento ahora y lo seguiré sintiendo hasta que llegue ese día. Y luego infinitos días más.

Preparándola para las fotos.
"Que su vida en común sea aún más hermosa que el sueño que los ha traído hasta aquí".

jueves, 14 de septiembre de 2017

Gente que sí

Este año, durante los primeros meses, me rodeé de gente negativa que no le aportaba nada a mi vida. Así que, para el próximo año, pienso evitarlas y rodearme de gente que sí.

Que sí se levanta luego de caer.
Que sí sabe decir que no.
Que sí se atreve.
Que sí siente y que no tiene miedo de sentir.
Que sí se arriesga, a pesar del riesgo posterior de arrepentirse.
Que sí escucha su corazón.
Que sí hace lo que de verdad quiere.
Que sí se anima a volar.

Gente que dice que sí a pesar de que se caga de miedo.
Que sí manda a la mierda a gente que se lo merece.
Que sí hace la diferencia.
Que sí sabe disfrutar de la vida.
Que sí dice "SÍ" a nuevos retos.

Ojalá nos crucemos con gente que sí, siempre sí.

Post inspirado en esta imagen que apareció en mi TL de Twitter

miércoles, 6 de septiembre de 2017

Bob, el constructor: humano e italiano

Hoy no es un día especial. No es su cumpleaños. No es el Día del Padre ni tampoco el Día del Ingeniero. No es su aniversario. Pero desperté y quise honrar al hombre que tanto me ha enseñado.

Me enseñó sobre modales, historia, seguridad, salud y desde niña siempre he pensado que es la versión humano-italiana de Bob, el constructor: siempre usando sus recursos para solucionar problemas casero o arreglando algo siempre que tiene tiempo.

Y aquí unos ejemplos para que conozcan mejor a mi viejo:
  • En el garaje de la casa, hizo que haya dos líneas rojas para que siempre estacionemos rectos y colgó una pelota de básket para que sepamos a qué distancia dejar el carro
  • Cuando éramos niñas, colgó unos fierros debajo de la escalera de caracol para que nunca (o casi nunca) entremos a ese espacio y nos golpeemos la cabeza
  • En los domingos de películas, me enseñó a hacer un cono para la canchita con una hoja de papel bond y, así, ser los únicos sin ensuciar
  • Le construyó un sube-y-baja y una escalera a Sonic, mi bello erizo
  • Cuando mi hermana mayor y yo éramos pequeñas, le pegaba masking tape a nuestras medias para que no nos resbalemos
  • Como no dejaba de morder a mi hermana mayor, arrugó una hoja bond y me la pegó en el poto simulando una cola de cerdo. Una foto y mucha vergüenza más tarde, dejé de hacerlo
  • Cuando choqué mi Morris y se despintó un poco un espejo lateral (blanco) y el parachoques (rojo), los pintó con liquid paper y esmalte del mismo color  
Por esto y más, mi papá siempre ha sido de esas personas que las miras y dices "qué paja tenerl@ en mi vida".

Ojalá todos tengamos una persona así (o más).

miércoles, 25 de enero de 2017

Adiós, cuatro ojos

Desde los 15 años, aproximadamente, mi cacharro estuvo adornado por lentes de montura casi siempre del mismo modelo: negros, delgados y cuadrados.

Nunca me molestaron (más bien me gustaba mi look cuatro ojos), pero durante el 2016 la idea de despedirme de ellos se hacía cada vez más presente.

Fue a finales del año pasado que decidí ir al oculista y pedirle lentes de contacto, pero su respuesta fue directa y contundente: “¿Por qué quieres complicarte la vida, niña? Mejor opérate la vista”. “¿Por qué no?”, pensé. Así que, llevada como siempre por el impulso, dos días después fui a hacerme el examen de córnea para saber si era candidata para la operación y, efectivamente, lo era.

Mi última foto con lentes
                                             
Se lo comenté a mis padres, a mis amigas y demás familia. Mi madre se puso nerviosa con varios días de anticipación; mi padre, por su parte, me recomendó esperar al segundo lunes de enero porque “¿qué pasa si para el lunes 02 el doctor sigue ebrio?”.

Así que hice los arreglos en la chamba y, sin darme cuenta, el día tan esperado había llegado. Llegué a las 9:50 al consultorio y a las 10:20, aproximadamente, ya estaba sobre la mesa de operación sintiendo una mezcla de emoción y arrepentimiento (y deseando internamente que el doctor me metiera sus aparatos de una buena vez –casi lo que una piensa cuando está por tener su primera vez–).

Empezó con el ojo derecho. Lo primero que sentí (y que, creo, vi) fue una inyección incrustándose en mi ojo, seguida de un aparato que me raspó como una capa de mi órgano y luego el láser quemándome mi querido ojo. A los 15 minutos, según mis cálculos, todo había acabado. Me bañaron los ojos con agua, me pusieron lentes de contacto, me pegaron parches y me enviaron a casa con reposo absoluto.

Recién salida de la operación

Las primeras horas (los dos primeros días, en realidad) fueron los más pesados. Sentía que los lentes de contacto se me iban hasta el cerebro, mis ojos se sentían drogados por la sobredosis de gotas, me embarraba toda la cara a la hora de comer, necesitaba ayuda hasta para ir al baño y tuve tiempo de sobra para pensar en todos mis pecados.

Pero hoy, casi un mes después de la operación, puedo decir que valió totalmente la pena (aunque mis ojos me jugaron una mala pasada en más de una ocasión).

Hasta siempre, compañeras; las extrañaré (y por si acaso las guardaré por si sufro de crisis de identidad).


*Por si alguien se lo preguntaba, lo que sigue a continuación es un aproximado de la secuencia de emociones que sentí en mis días post operada.

1. Cuando me pusieron las primeras gotas.


2. Cuando estuve a oscuras y en silencio las primeras horas:

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3. Cuando quería leer algo con los parches puestos:

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4. Cuando me cansé de que me pusieran gotas:

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5. Cuando ya no sabía qué hacer con mi vida:

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6. Cuando me tenían que poner los parches de nuevo:











                                                                                                                                                                  7. Cuando salí de mi casa por primera vez para ir donde la Mamina:


lunes, 1 de agosto de 2016

Día perfecto

Fue un día perfecto.

No encontré tráfico camino al trabajo.
No tuve que pelearme buscando un sitio para Morris.
Desperté sin sueño.
Soñé algo bonito.
Mis ojeras se apiadaron de mí.
Salió el sol después de semanas.
La gente estuvo menos idiota que de costumbre.
Renegué menos y sonreí más.
Almorcé con mis amigos de la chamba.
Me topé con músicos ambulantes.
Dejé que me mintieran en la cara por última vez.
Pude sacarme una espinilla de hace una semana.
Celebré pasadas las 7 pm.
Pasaron mi canción favorita en la radio.
Prometí seguir viendo a los que valen la pena.
Me despedí del portero, una de las personas más amables que he conocido.
Abracé a la chica del personal de servicio. Ella me dijo que me extrañaría y yo le dije que sea muy feliz.
Me di cuenta de que las amistades y los negocios no deberían juntarse, al menos en ese sitio.
Recibí mi vestido de dama de honor color coral claro y no me vi como Patricio, la estrella.
El calendario marcó una semana para mi viaje a Disney con mis hermanas.

Realmente mi último día de chamba fue un día perfecto. Y es que qué bien se siente cuando te desprendes de lo que te hace tan miserable. Salud.


miércoles, 5 de agosto de 2015

Carta para mi hij@ adolescente

Luego de hacer la carta parael/la hij@ qu alguna vez tendré y para el/la niet@ que tendré algún día, hoy toca enseñarles la carta para mi hij@ adolescente.

Aquí va.

“Querid@ hijit@:

Hoy dejas de ser mi adorad@ critter para entrar a la primera etapa terrorífica de tu vida (y probablemente de la mía siendo madre): la adolescencia.

Y para que puedas sobrevivir a ella, tu madre que te quiere mucho te ha resumido algunos tips, hechos y consejos para que puedas sobrevivir a esta etapa de la mejor manera.

  • Te romperán el corazón una y otra vez y te dolerá hasta sentirte morir. Lo importante es que sepas que las cosas pasan por algo y que, si no resultan como esperas, es porque vendrán cosas mejores. Pero si la sensación de tristeza no se va, me das la dirección del maldit@ que te hizo esto y estoy segura de que tu padre y yo haremos que a él/ella le duela también.
  • Vivirás el nacimiento y fallecimiento de un sinfín de modas. ¿Mi consejo? No las sigas. Las modas te quitan parte de tu esencia y de tu personalidad. Si algo te gusta, cómpralo y úsalo porque es de tu agrado y no por seguir a los demás (además, yo no pienso ceder a todos tus malditos caprichos)
  • Posiblemente jalarás muchos exámenes (espero que cursos no) y sentirás que nunca acabarás el colegio, pero debes pensar positivamente, organizarte y priorizar las cosas (entiende que tampoco te vamos a pagar los estudios por siempre)
  • Tu círculo social crecerá, pero, nuevamente, recuerda siempre ser tú misma. Ten y sigue tus propios valores/principios y no te dejes influir por nadie. Sigue tu voz interior (perdón por la huachafería, pero hoy es un día emocional para mí)
  • Explora, investiga, arriésgate. Poco a poco, y con tiempo y paciencia, descubrirás cuál es tu talento. Cuando lo hagas, no dejes de hacerlo. Recuerda: elige siempre lo que te haga feliz
  • Sé feliz. Sé que estás en una etapa dramática, pero, carajo, sé feliz. Y disfruta todo lo que puedas (sin olvidar las posibles consecuencias)
  • Retomando el tema del amor, posiblemente antes de los 18 conozcas a tu primer amor (o a la persona que sientas que es la primera). Elígelo bien –aunque es difícil elegir en el amor–. Seguro tu papá te dirá que lo analices antes; yo, en cambio, te diré que, si te sientes bien, hazlo (sé que algún día alcanzarás un balance en este punto)
  • Cada día te afrontarás a nuevos retos y tendrás que tomar decisiones por ti mism@. Yo no te diré qué hacer, pero te daré las herramientas necesarias para que tú decidas lo que creas que es mejor para ti (y lo evaluaré, claro, porque tampoco dejaré que cometas tantas burradas)
  • Y hablando de tomar decisiones sabiamente, cuidado con lo que publicas en redes sociales, muchachit@. Si vas a rajar del colegio, no publiques el nombre; si vas a enviarle una foto subida de tono a tu pareja, guárdala para ti o enséñaselo en persona (estamos en confianza, descuida)
  • En ocasiones pensarás que nadie te entiende y querrás encerrarte en tu cuarto por horas. Tómate un tiempo para ti, pero tampoco te pases de pendej@ haciendo acto de presencia solo para comer, cagar y dormir. Somos tu familia por algo; confía en que entre todos encontraremos una solución para ayudarte (además, recuerda que todos fuimos jóvenes alguna vez)
  • Finalmente, lo más importante: aprende a pedir perdón. Si lo logras, podrás ganar en cualquier discusión (y hacerlo no te hace menos tampoco)
Y si la adolescencia te parece difícil por lo que te he comentado, solo te digo una cosa: DESPIERTA. Pronto llega la adultez.

Te quiere,

Mamá”.