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jueves, 27 de marzo de 2014

Púas en el cielo

Este mes ibas a cumplir un año más de vida.

No sé cómo pasó; no sé por qué sucedió. Pero ese día Sonic partió.

Es extraño, triste y desesperante, porque a veces lo extraño tanto que me pongo a llorar. A veces puedo jurar que lo escucho raspando el piso de su casa -ya desarmada- o desperezándose después de despertar. A veces, de noche, miro el reloj y pienso que ya es la hora de comer. O calculo si ya ha despertado mi eterna bola de púas para ponerme a jugar con él.

Luego me cacheteo y vuelvo a la asquerosa y penosa realidad: Sonic se fue y no volverá. No volveré a a bañarlo en el lavamanos ni a sacarlo a pasear. No volveré a despertarlo y hacerlo renegar. No volveré a sobar su pancita más suave que el algodón de azúcar. No volveré a volverme loca de lo bonito que era. No volveré a tenerlo encima de mi panza mientras leo un libro. No volveré a tenerlo.

Pero, aunque suene cursi, desde que se fue espero y seguiré esperando el día en que volvamos a jugar.


















Así es exactamente como me imagino a Sonic ahora

lunes, 22 de agosto de 2011

El regalo de Sonic


Algunos ya lo saben y otros, quizás, todavía no. En tal caso, lo repito y lo comento: tengo un erizo de mascota (pero prefiero el término “hijo”) llamado Sonic.

Sin embargo, cada día que pasa me convenzo a mí misma que Sonic es de todo un poco.

Olfatea como roedor, camina como ratón y corre como rata (aunque con más elegancia, claro). También le gusta jugar con cascabeles, que le rasquen detrás de las orejas y tratar de atrapar toda cosa que pongo sobre su cabeza y tiene bigotitos como un gato (ya sé que hay otros animales que tienen bigotes, pero, para seguir con el orden “usual”, me referiré a esta última característica como si fuera exclusiva de un gato, ¿ya?). A su vez, le gusta lamer las manos de su mamá y abuelo (los únicos miembros de la familia Desubicada que le hacen caso, pobrecito) y, como hacen los perros, llevarle cosas a su amo.

Hace un par de días, me encontraba en la mini terraza que hay en mi casa con mi rata punk para que esta explorara y se vaya haciendo familiar con otros ambientes. Mientras yo me quedaba sentada y aplastaba a las hormigas con mi potasio, Sonic corría de un lado para el otro y, de vez en cuando, se acercaba a mí y dejaba algo en mi mano, luego de lamerme. Después de tres cuartos de hora, cuando decidí que ya hacía mucho frío para que mi trinchudo esté al aire libre, lo llamé por su nombre y esperé a que viniera. Cuando lo hizo, lo tomé por su pancita hasta postrarlo en la palma de mi mano, lo acaricié y lo dejé en su casita. Luego de hacerlo, sentí algo en mi mano, pero tuve miedo de mirar. Cerré los ojos y deseé, por todos los santos, que aquello que sentía fuera una pequeña piedra, un adorno de la terraza o su nuevo juguete.

Pero abrí los ojos y vi que no era ni la piedra ni el adorno ni el juguete. Era caca.

domingo, 10 de julio de 2011

Sonic


Había una vez, una desubicada, llamada Alessandra, a la que le provocó tener un erizo de mascota tan sólo viendo fotos de estos animalitos en su Tumblr.

No quería un perro para cargar o un gato para fotografiar, no: quería un erizo para acariciar. Y se encaprichó tanto que, instantáneamente, se puso a ver todas las fotos existentes de erizos en Internet y a buscar posibles nombres para su nuevo hijo. Y se obsesionó tanto con su futuro trinchudo, que se fue a la búsqueda de uno, yendo desde el mercado central hasta el centro comercial, pero todo fue en vano: parecía como si Lima, la gris ni siquiera estaba enterada de la existencia de ellos.

Así que Alessandra tuvo una idea: buscaría en todas las páginas conocidas de compra y venta por Internet hasta conseguir algún aviso de un buen samaritano que satisficiera su deseo de tener un erizo por fin. Y así fue cómo encontró a Sonic: en un aviso de Mercado Libre.

Llevada por el impulso (y enamorada por la foto de aquel erizo), dio click a la opción de “comprar”, apuntó el nombre y número de la vendedora y, acto seguido, corrió al teléfono más cercano.

Ariana le explicó que su pareja de erizos había tenido crías, pero que ya no era capaz de cuidar a más erizos, por lo que ahora les estaba buscando un nuevo hogar. Luego de algunas palabras, ya todo estaba planeado: el trinchudo llegaría a la casa de Alessandra un domingo 29 de mayo, el mismo día que su cumpleaños.

Dos días después, Sonic llegó a casa metido en una caja de papas fritas (tipo las que vienen en Pardo’s Chicken), tan asustado que se erizaba o trataba de morder apenas le acercaba el dedo su nueva mamá.

Ahora, casi dos meses después, Sonic sólo trata de morder a aquel ente cuyas manos huelan a comida (o sea, a quien no se haya lavado las manos, ¡cochin@s!) y se eriza cuando está molesto, asustado o nervioso. Duerme casi todo el día, come comida para gato y Gerber de manzana, le gusta olfatear todo y meterse en cualquier lugar donde vea que hay un hueco oscuro, tiene la panza tan suave como el algodón y las patitas bastante dóciles, su flaca es una muñeca de porcelana que hay en la cocina, a la que siempre le huele el pelo y se mete a dormir debajo de su vestido, si eres mujer y estás con un polo semi-escotado, Sonic trepará hasta tu pecho y tratará de meterse en tu escote (así que cuida a tus lolas siempre), se hace bolita a la hora de dormir, lo baño una vez al mes con shampoo para bebé y un cepillo de dientes, le gusta correr, no quepa en su rueda y siempre, siempre hace caca en los lugares más preciados de la casa.

Ese es mi Sonic, señoras y señores.