jueves, 17 de marzo de 2011

Doble show


Realmente no sé qué es lo que hago con mis pantalones (sobre todo jeans y leggins) que, a los pocos meses de comprados, comienzan a deteriorarse por la entrepierna. Sin embargo, me niego a tirarlos a la basura y a gastar más de 60 soles por un buen jean, así que los sigo usando hasta que comiencen a atentar contra mi imagen (o sea, cuando enseñen mis celulíticas piernas o cuando muestren mis bombachas).

Ayer fue la excepción. Tenía el velorio del abuelo de una muy buena amiga del colegio, así que metí la guata, amoldé mis rollos de la cadera y luché para que me entrara un jean que no me ponía desde hacía un par de años. Después de derramar algunas lágrimas de sudor, me paré frente al espejo y me di cuenta de que, a pesar de que el pantalón me apretaba la vejiga (lo cual me iba a traer problemas más adelante, estaba segura), mi poto se veía bonito (tenía que decirlo), así que respiré profundo, ignoré mis escasas ganas de ir al baño, encendí el carro y fui en dirección a la casa de mi mejor amiga Ximena.

Sabía que el trayecto desde la casa de Ximena (San Borja) hasta la Medalla Milagrosa (San Isidro) era relativamente largo –sobre todo porque eran aproximadamente las 6:30 de la tarde–, pero estaba segura de que iba a llegar sana, salva y seca a la casa de mi Mamina, a una cuadra de la iglesia (había decidido estacionar ahí porque deduje, tontamente, que no iba a encontrar estacionamiento y que no habría baños en la iglesia).

ERROR. A dos cuadras de la casa de mi Mamina, sentía que estaba a punto de explotar. “Chavez, no la hago hasta la casa de mi abuela. Ya fue. ¡¡¡Se me sale la pichi!!!” Tratando de aguantar lo más que podía (porque me iba a dar cólera que no la haga faltando tan poco para llegar a la casa), le comenté a Ximena lo que se me acababa de ocurrir: “Si estuviera con pantalón negro me haría la pichi sin ningún problema y luego me bañaría en colonia, pero como estoy con jean, no me queda de otra de quitármelo y orinarme en mi calzón y encima del asiento”. Así que, haciendo caso omiso a las quejas de mi mejor amiga y recordando la primera vez en que me oriné encima, me bajé aparatosamente el jean y me percaté de que mis ganas de orinar habían disminuido considerablemente. “Era culpa del pantalón que me apretaba la vejiga. Ya no tengo tantas ganas de orinar”, le comento a Ximena. “Me alegro, Cavag. Por cierto, no sé si te diste cuenta, pero a tu lado, a pocos centímetros, hay una combi REPLETA de gente que no deja de mirarte”. Miré y, efectivamente, noté la mirada de un tío con cara de psicópata, una señora con cara de indignación y un flaco con cara de pocos amigos. “Qué chucha”, dije en voz alta.

El semáforo cambió a verde y aceleré como si fuera parte de una carrera a lo Fast and furious. En menos de cinco minutos había estacionado al frente de la casa de mi Mamina, pero ahora se me presentaba otro problema: no podía subirme el jean. “¡Puta madre! ¡Sube que ahora sí me orino encima! Chavez, ¡no me hagas reír y ayúdame!” Ximena, matándose de risa en mi cara, se acercó a mis yucas y comenzó a jalar el jean hacia mis caderas. “Cavag, es imposible. Tienes que bajarte del carro para que el jean pueda subir”. Miré hacia ambos lados y, como no vi a ninguna figura cercana, me bajé de Abelardo con medio poto al aire. A los cinco segundos, el jean volvía a apretarme la vejiga y a formarme un lindo potasio. Ximena, malogrando mi momento triunfante, me dice “Cavag, creo que debería decirte que hay tres señores detrás de ti y todos te están viendo raro”. “¿Ah, sí? Mira tú. Al parecer, hice dos shows en un día”.

Por cierto, les coloco esta imagen -como referencia- para que se hagan una idea de qué tan desesperada estaba por hacer pichi.

martes, 8 de marzo de 2011

Mujeres


Siempre me he considerado “término medio”; es decir, ni muy femenina ni muy machona.

Detesto el rosado, me depilo las piernas sólo en ocasiones especiales –a menos que comience a formarse una jungla de pelos–, me aburre ir de compras (si, casualmente, estoy en Ripley, Metro o Polvos y encuentro algo que me gusta, me lo compro; sino, vivo feliz con la misma ropa. En resumen: jamás me escucharás/leerás decir “¡vamos al Jockey Plaza de shopping, weona!”), no me maquillo jamás (salvo cuando me obligan en el trabajo o cuando tengo que asistir a un matrimonio o un evento “ficho”), no me llaman la atención las joyas y no puedo caminar con tacos (aun así sean de tamaño 2).

No me gusta mirarme mucho tiempo en el espejo (salvo para porquearme la cara y la espalda), detesto ir a la peluquería (por lo que voy cada cuatro meses), me incomoda que me miren directamente (a menos que sea mi flaco), me gusta insultar y putear de vez en cuando, como en menos de diez minutos y digo cosas fuera de lugar en cualquier momento –soy desubicada. ¿No te enteraste?

Maldigo los siete días en los que me visita Inés y me hincha como pelota, tener que ser yo (me refiero a “yo” como “mujer”; no se asusten) la que lleva la evidencia de haber tenido sexo sin protección en la panza (aunque lo agradezco, al mismo tiempo) y ser víctima de los “piropos” (que, en realidad, son vómitos orales) de cada macho con el que me cruzo en la calle.

Por todas estas cosas, a veces me pongo a comparar a los hombres con las mujeres y termino envidiando a los primeros. Me vacila su gran habilidad para aparentar las cosas o mostrarse indiferentes cuando, en realidad, están muriendo por dentro, la frescura de pasearse sólo con calzoncillo cuando se está a 30°, el hecho de no complicarse la vida en todo sentido y de dar respuestas exactas (para ellos, un “sí” es y será siempre “sí”), su sencillez, la simpleza y comodidad para hacer pichi (sólo se bajan el cierre y están listos para descargar; en cambio, es todo un trámite cuando yo tengo que hacer pichi).

Y, sin embargo, agradezco tener vagina en lugar de pene. Feliz día de la mujer, mujeres.

miércoles, 23 de febrero de 2011

Aquí y ahora

Me acuerdo que cuando era niña no tenía que preocuparme por nada. Por nada relativamente importante, mejor dicho.

Mis días infantiles comenzaban a las 9 de la mañana (sí, desde critter que soy marmota) y terminaban a las 8 de la noche, luego de cantar frente al televisor la canción del comercial de Karina y Timoteo yéndose a la cama luego de lavarse los dientes con Colgate.

Durante las mañanas veía Discovery Kids, de donde me acuerdo de un corto de origami que me hacía correr por un papel de la fascinación, pero que, al final, el papel terminaba intacto porque no entendía ni un carajo de los pasos para hacer un barquito o una paloma. En las tardes veía Nickelodeon (los que son de mi época sabrán lo genial que fue este canal en los 90) y me enamoraba cada vez más del petizo Arnold, buscaba ser tan inteligente como Clarissa, trataba de encontrarle una explicación al color azul del amigo de Doug, me asustaba con ¡Aaah, monstruos de verdad! y ¿Le temes a la oscuridad?, me carcajeaba con Kenan y Kel, me fascinaba con la pastruleada de La vida moderna de Rocko (y deseaba tener un perro y llamarlo Spoonky), seguía paso a paso los casos de El fantasma escritor y comparaba a mi hermana y a mí con Los castores cascarrabias (siendo ella Norbet y yo Dagget). Y en las noches veía las pocas novelas que lograba ver sin que mi madre me llamara la atención y me alucinaba que todas esas historias me pasaban a mí: que me enamoraba de mi mejor amigo (pero este estaba enamorado de mi mejor amiga o de mi hermana), que mi papá me abandonaba y yo recurría a todos los medios para encontrarlo, que me enteraba que mi mamá no era mi mamá, sino una tía a la que detestaba y miles de dramas más.

Así, mis únicas “preocupaciones” en mi corta existencia eran si la protagonista de la novela se quedaría con su príncipe azul (que, dicho sea de paso, de príncipe no tenía nada), si mañana podría comer otra vez helado, si al día siguiente podría ir al Parque de las Leyendas, si el hada de los dientes me dejaría plata o un juguete por mi incisivo perdido o si podría ir a la fiesta de Panchita el sábado en KFC.

No tenía que preocuparme sobre qué estudiar un par de años después, a qué dedicarme por el resto de mi vida (no seriamente, claro) o cómo decirle a mis papás que jalé un examen (o, peor, un curso). Tampoco pensaba en la posibilidad de que me peleara con alguna amiga cercana, de que me rompieran el corazón, de irme a vivir al extranjero y separarme de mis padres, de un posible embarazo o de que me asalten/roben en la esquina de mi casa.

Muchas veces pienso que me gustaría regresar al pasado y volver a esas épocas de pura felicidad, pero ¿saben qué? Esto –aquí, hoy, ahora– no lo cambiaría por nada.

lunes, 7 de febrero de 2011

Qué bonita es la vida


Según mi experiencia, existen básicamente dos acontecimientos en cada historia: que termine como un cuento de hadas o que termine bruscamente y tan mal que te deja deprimido(a) por los próximos días, semanas o quizás meses.

Por segunda vez en mis 20 años, mi historia no tuvo un final feliz y terminó antes de lo esperado, dejándome con un vacío que no pude llenar en todo el día ni con una pizza familiar.

Por largo rato me dediqué a retroceder mentalmente el tiempo, buscando explicaciones o cualquier hecho que pudiera hacerme entender por qué no pude obtener un final como el de las películas de Disney. Luego me detuve y me hice una pregunta, la misma que logré responder yo sola. ¿Qué fue lo que pasó? Simple: la vida.

Fue la vida que hizo de las suyas y que actuó por el bien de ambos. Fue la vida que me presentó a una de las mejores personas que he conocido en mi vida, que me hizo feliz a su lado y que nos separó porque ya no funcionábamos juntos. Y fue la vida (junto con otras cosas) que me hizo volver mi día de completa desgracia en un día de dar gracias y ver las cosas de una manera distinta.

Como mi relación terminó en la mañana, tenía todo el día para llorar, patalear, putear, gritar, redactar y demás verbos terminados en “ar”. No se lo comenté a nadie porque aún no había pisado tierra, aún quería pensar que todo era una pesadilla y aún tenía una pizca de ilusión. Me encerré en mi cuarto e inicié mi ritual de sanación: llorar hasta empaparme de moco y escribir hasta que me salieran callos -sobre todo lo primero-. Lo hice hasta las 6:30 de la tarde, porque a esa hora me tenía que bañar para ir a la chamba. Pero ¿cómo voy a ir con esta cara a trabajar? Pensé por microsegundos llamar e inventarme alguna excusa para no ir y deprimirme en mi casa, pero, como no se me ocurrió ninguna, me tragué las lágrimas y, tan puntual como siempre y tratando de maquillar mis hinchados ojos, fui al trabajo.

Y qué bueno que lo hice. Si bien durante la primera media hora lo único que quería hacer era mandar a la mierda a los clientes e irme adonde sea a seguir descargándome, me quedé en mi trabajo y dejé que Mariano me torturara con chistes malísimos y me hablara de tenis y de The big bang theory (entre otros) y que el gerente Rodolfo tomara el control, ordenándome que vaya a su oficina a hablar con él y a soltar lo que tenía adentro. A las 12:30 de la mañana, poco más de cuatro horas después, ya estaba camino a mi humilde hogar, agradeciéndole en voz baja a aquel ser superior por haberme permitido conocer a Rodolfo, a Mariano (¿ves que sí te nombro?) y a la gente de mi trabajo, personas que si antes las consideraba como conocidos, ahora también como amigos (gracias, muchachos).

Ahora me encuentro echada en la cama con mi Mamina a punto de hacer la siesta. Ella, débil, pero sonriente como siempre, y con un esposo en la clínica; yo, melancólica, dolida y vacía. Y antes de cerrar los ojos, pienso, irónica pero, a la vez, sinceramente, “qué bonita es la vida”.

Every story has an end; but in life, every ending is just a new beginning (Cada historia tiene un final; pero, en la vida, cada final es un nuevo comienzo)*

* Frase sacada de la película Uptown Girls

martes, 1 de febrero de 2011

Deseos de cosas (im)posibles


Hace poco pregunté en Twitter (sí, Koki, gracias a ti) cuáles serían tus tres deseos si te encontraras con la lámpara del genio de Aladino. Mientras que unos me respondieron que desearían millones de deseos más (y lo contrario: desear no desear), otros fueron por lo cliché, respondiendo “salud, dinero y amor”, y solo unos pocos pidieron cosas (im)posibles, como una billetera mágica a la que no se le acaben los billetes de 100 (@tikkikun) o que renazca Kurt, Hendrix y Morrison (@Sickboyrawrs).

Después de reír, rajar –perdón, opinar–, pensar y reflexionar sobre los deseos de los tuiteros, me puse a pensar en lo que yo, la desubicada @alecavag, le pediría al genio empijamado de la lámpara mágica, y me di cuenta de que, inconscientemente, muchos de mis deseos pueden ser vistos como imposibles; sin embargo, soy de las personas a las que les gusta pensar que (casi) todo es posible; solo tienes que buscar distintas y nuevas formas de lograr tu objetivo.

Por eso, hice una lista con aquellos deseos que habitan en mi desubicado ser y que parecen irrealizables a primera leída, pero alcanzables cuando vas más allá de lo habitual o cotidiano:

• Retroceder y avanzar en el tiempo: Sí, ya sé que esto es puramente imposible y que no existe (hasta el momento) ninguna máquina o dispositivo que nos permita regresar a la época de los dinosaurios o cuando nuestros abuelos eran unos pequeños critters (atención al contraste); sin embargo, tengo, aunque suene algo (bastante, en realidad) cursi, un plan alternativo que consiste de mucha imaginación (in)voluntaria y pastruleada: los sueños. Porque quizás no obtenga la versión 100% real, pero, al fin y al cabo, es la que más aprecio por ser mi versión y porque nadie tendrá una igual. Respecto al otro deseo, tampoco existe (aún) una máquina que nos haga volar en el tiempo y nos confirme si nos casaremos con nuestra actual pareja, si tendremos éxito en el trabajo, si viviremos en aquella casa soñada, etc., pero no olviden que, como dijo Hector Tassinari, “Dios no te hubiera dado la capacidad de soñar sin darte también la posibilidad de convertir tus sueños en realidad”.

• Ser feliz: No es difícil ni mucho menos imposible, señoras y señores. Quizás no estés pasando por el mejor momento de tu vida, pero recuerda que estás viv@ y que tienes una familia y amigos que siempre estarán cuando los necesites. ¿No debería ser eso suficiente? Y bueno, si no lo es y lo que les acabo de comentar les suena a pura mierda, enciérrense en su cuarto y prueben con algún alucinógeno a ver qué tan felices pueden ser con algo tan “tonto” como simplemente estar en tu cuarto ese día y en ese momento. Pero eso sí: esta “felicidad” solo durará por un par de horas, será artificial y hará, quizás, que luego te sientas más patético que al inicio. No digan que no les avisé.

• Volar: No conoceré nunca a Campanita para sacudirle el potasio y tener el polvo mágico para revolotear por mi habitación ni me convertiré jamás en ave, pero puedo recurrir a otros medios, como el paracaidismo o parapente (que, por cierto, ya lo realicé). Felicitaciones, desubicada.

sábado, 22 de enero de 2011

Perfecta


Sus cabellos negros y rizados, su piel blanca y suave, sus hermosos ojos verdes, sus uñas perfectamente cuidadas, sus manos tan delicadas, su melodiosa voz, su ternura, su amor, su alegría, su afecto, su cariño, su simpatía, su pasión, su inmensa habilidad para cocinar y para hacerse querer apenas uno la conoce, sus cambios de nombre, sus abrazos, sus besos, su paz, su tranquilidad, su confianza, su paciencia, su preocupación, su dedicación, su ardor.

Sus llamadas de felicitaciones, sus tarjetas de Navidad bajo el nombre de "el niño Dios", su uso de because? en lugar de why?, sus villancicos que duran hasta marzo, su vestido de novia, su bata de seda, sus faldas coloridas, sus canciones. Su ser.

Eres perfecta, Mamina. Realmente perfecta.

viernes, 21 de enero de 2011

Carlitos lo soluciona todo


¿Veían o vieron alguna vez ese programa llamado Clarissa lo explica todo en Nickelodeon de los 90 –cuando el canal era de puta madre; ahora…no lo es–? Si la respuesta es “sí”, déjenme decirles que en mi trabajo existe la versión masculina de Clarissa, cuyo nombre, extraordinariamente, también comienza con “c”: Carlos (mejor Carlitos, porque suena más bonito). Pero Carlitos, además de explicarlo todo, lo soluciona todo.

Hace poco tuve el peor día de chamba desde que empecé a trabajar: me demoré tres eternos minutos (sí: en este tipo de trabajo, 3 minutos es una eternidad) en llevar los cubiertos a las mesas, me equivoqué en ingresar los pedidos a la Micros, cobré de más, cobré de menos, perdí vouchers y casi me cachetean por tomarme unos minutos para respirar y reaccionar. ¿Y qué pasó? Carlitos lo solucionó todo –y a la velocidad de un rayo.

¿Estás atravesando por una situación difícil con tu pareja? No te preocupes, ¡Carlitos lo soluciona todo! ¿Tienes miedo a los clientes porque piensas que te dirán que nunca lo habían atendido tan mal? Descuida, ¡Carlitos lo soluciona todo! ¿Te da vergüenza admitir a los consumidores que acabas de inventarte un plato o trago nuevo, simplemente para no quedar como un(a) inculto(a)? Calma, ¡Carlitos lo soluciona todo!

Así que ya saben, chocheritas: no gasten una fortuna en el psicólogo o en alguna brujita ni jodan a su amig@ para que les arregle sus metidas de pata. ¡NO! Carlitos B. es la nueva solución para tus problemas.

Sin embargo, la emoción termina cuando Carlitos me pide algo imposible: “Ale, ahora que ya te enseñé a trabajar en el restaurante, ahora tengo que enseñarte a ubicarte”.

No, Carlitos. Eso nunca.

Por cierto, Carlitos, quise acompañar este post con una foto tuya, pero ya que carezco de una, tendrás que conformarte con esta:



Hasta la próxima.