Realmente no sé qué es lo que hago con mis pantalones (sobre todo jeans y leggins) que, a los pocos meses de comprados, comienzan a deteriorarse por la entrepierna. Sin embargo, me niego a tirarlos a la basura y a gastar más de 60 soles por un buen jean, así que los sigo usando hasta que comiencen a atentar contra mi imagen (o sea, cuando enseñen mis celulíticas piernas o cuando muestren mis bombachas).
Ayer fue la excepción. Tenía el velorio del abuelo de una muy buena amiga del colegio, así que metí la guata, amoldé mis rollos de la cadera y luché para que me entrara un jean que no me ponía desde hacía un par de años. Después de derramar algunas lágrimas de sudor, me paré frente al espejo y me di cuenta de que, a pesar de que el pantalón me apretaba la vejiga (lo cual me iba a traer problemas más adelante, estaba segura), mi poto se veía bonito (tenía que decirlo), así que respiré profundo, ignoré mis escasas ganas de ir al baño, encendí el carro y fui en dirección a la casa de mi mejor amiga Ximena.
Sabía que el trayecto desde la casa de Ximena (San Borja) hasta la Medalla Milagrosa (San Isidro) era relativamente largo –sobre todo porque eran aproximadamente las 6:30 de la tarde–, pero estaba segura de que iba a llegar sana, salva y seca a la casa de mi Mamina, a una cuadra de la iglesia (había decidido estacionar ahí porque deduje, tontamente, que no iba a encontrar estacionamiento y que no habría baños en la iglesia).
ERROR. A dos cuadras de la casa de mi Mamina, sentía que estaba a punto de explotar. “Chavez, no la hago hasta la casa de mi abuela. Ya fue. ¡¡¡Se me sale la pichi!!!” Tratando de aguantar lo más que podía (porque me iba a dar cólera que no la haga faltando tan poco para llegar a la casa), le comenté a Ximena lo que se me acababa de ocurrir: “Si estuviera con pantalón negro me haría la pichi sin ningún problema y luego me bañaría en colonia, pero como estoy con jean, no me queda de otra de quitármelo y orinarme en mi calzón y encima del asiento”. Así que, haciendo caso omiso a las quejas de mi mejor amiga y recordando la primera vez en que me oriné encima, me bajé aparatosamente el jean y me percaté de que mis ganas de orinar habían disminuido considerablemente. “Era culpa del pantalón que me apretaba la vejiga. Ya no tengo tantas ganas de orinar”, le comento a Ximena. “Me alegro, Cavag. Por cierto, no sé si te diste cuenta, pero a tu lado, a pocos centímetros, hay una combi REPLETA de gente que no deja de mirarte”. Miré y, efectivamente, noté la mirada de un tío con cara de psicópata, una señora con cara de indignación y un flaco con cara de pocos amigos. “Qué chucha”, dije en voz alta.
El semáforo cambió a verde y aceleré como si fuera parte de una carrera a lo Fast and furious. En menos de cinco minutos había estacionado al frente de la casa de mi Mamina, pero ahora se me presentaba otro problema: no podía subirme el jean. “¡Puta madre! ¡Sube que ahora sí me orino encima! Chavez, ¡no me hagas reír y ayúdame!” Ximena, matándose de risa en mi cara, se acercó a mis yucas y comenzó a jalar el jean hacia mis caderas. “Cavag, es imposible. Tienes que bajarte del carro para que el jean pueda subir”. Miré hacia ambos lados y, como no vi a ninguna figura cercana, me bajé de Abelardo con medio poto al aire. A los cinco segundos, el jean volvía a apretarme la vejiga y a formarme un lindo potasio. Ximena, malogrando mi momento triunfante, me dice “Cavag, creo que debería decirte que hay tres señores detrás de ti y todos te están viendo raro”. “¿Ah, sí? Mira tú. Al parecer, hice dos shows en un día”.
Por cierto, les coloco esta imagen -como referencia- para que se hagan una idea de qué tan desesperada estaba por hacer pichi.






