jueves, 22 de diciembre de 2011

Mentiras


Siempre me ha dado curiosidad saber cuál es el verdadero rollo con las mentiras. ¿Nos sale de manera natural decirlas o es que estamos condenados a emplearlas para no herir sentimientos, salir de aprietos, conseguir lo que queremos, entre otras cosas?

Hay una película que me hizo pensar en esta situación: Mentiroso, mentiroso de Jim Carrey (para los que no la hayan visto, básicamente trata sobre un abogado ambicioso y sin escrúpulos que utiliza la mentira como un medio habitual de trabajo, pero esta situación cambia cuando su critter de cinco años, harto de sus promesas incumplidas, pide que su padre no pueda mentir durante veinticuatro horas).

¿Qué pasaría si por un día entero nos proponemos no mentir (incluye “disfrazar/caletear la verdad”, no seas viv@), mandar a la mierda esas cosas que solemos decir/hacer por compromiso y vomitar absolutamente TODO lo que queremos decir, sin importarnos lo que podría venir después?

Ejemplos:

  1. - ¿Por qué no comes tu comida?
    - Porque está asquerosa (una verdad directa al corazón de tu madre).

  1. - ¿Estás ocupad@?
    - No, es que no quiero hablar contigo (pero nos aguantamos decir esto porque si no seríamos recontra mierdas).

  1. - ¿En cuánto rato llegas?
    - Entre media y una hora, porque ni siquiera me he bañado (sinceridad ante todo).

  1. - ¿Me veo gord@/me queda bien esto?
    - Sí, pareces un tamal envuelto/No, y ni pienses que saldré contigo a la calle así.

  1. - ¿Por qué te gusta hacer eso?
    - Porque me da la puta gana (porque tú sabes que has querido decir esto varias veces).
De hecho hay varias formas de decir la verdad, pero también hay que tener cuidado con cómo decir las cosas a ciertas personas –porque tampoco es bueno causar llantos, resentimientos, pataletas ni nada de esas huevadas, a menos que todo te llegue al poto.

Si es así, disfruta, que el día tiene 24 exquisitas horas.

jueves, 15 de diciembre de 2011

Querido blog


(Advertencia: Este post fue escrito en un estado de emotividad absoluta).

El viernes, no estoy segura de por qué, estuve toda la tarde pensando en las expectativas y lo que uno espera de las personas. Y dio la casualidad que leí una frase en Twitter que resumía mi vida y exactamente lo que sentía en ese momento:

“A veces esperamos demasiado de otras personas sólo porque nosotros estaríamos dispuestos a hacer mucho más por ellos”.

Y sí: ya sé que hay que dar sin esperar nada a cambio y que, cuando menos lo esperemos, nos van a sorprender, pero no me jodas. Yo doy porque me gusta y sin pensar en lo que podría recibir, pero, de todas formas, existe ese deseo e ilusión de recibir algo también, algo que compense tu esfuerzo y dedicación hacia la otra persona. ¿Está mal eso?

Lo jodido es que uno quiere que la otra persona haga algo por ti porque tú lo harías por ella (como dice la frase), a pesar de saber que quizás esa característica no es digna de la otra persona. No sé si me entiendes, pero si lo haces, sabrás que esto es jodidamente frustrante. ¿Cuál es la solución?

Si tienes alguna, por favor, dímelo en la sopa (que conste que estamos en verano).

jueves, 1 de diciembre de 2011

Soy yo

En una esquina tenemos a Alessandra, una chica de 21 años que tiene las metas trazadas y sabe exactamente lo que quiere, cuándo y cómo lo quiere. Le gusta el marketing, la publicidad, las relaciones públicas y escribir, y le gustaría, en su futuro trabajo, combinar todas estas cosas. Quiere independizarse lo antes posible y vivir en un departamento en Santiago de Surco, Miraflores o San Isidro, cerca de algún parque y de mucha comida chatarra. Desde pequeña, lo que más anhela ser de grande es ser mamá y tener una familia, y sabe que la tendrá algún día.




En el otro extremo tenemos a Desubicada, una chica (o eso piensa la gente) de desconocida edad (depende de la situación, puede adoptar la conducta de una niña de 9 años o de una señora de 40) que no está muy segura de lo que quiere, pues a veces quiere todo y, otra veces, quiere nada. No quiere estudiar ni ir a la universidad: lo único que quiere es escribir, estar con sus seres queridos todo el día y aprovechar las cosas simples de la vida. Al igual que Alessandra, Desubicada quiere ser mamá y tener una familia, pero la mayoría del tiempo se siente como una completa foreveralone y piensa que será como esas señoras que viven en un departamento mugroso, enano y con miles de gatos, sólo que ella vivirá con miles de erizos.

Si bien es cierto que Alessandra y Desubicada se compenetran diariamente, también existen características propias de cada una que hacen que pareciera que ambas muchachas son completamente extrañas para sí.

A continuación, pequeñas diferencias entre ambos entes:

1) Alessandra suele controlar lo que dice, cómo lo dice y a quién se lo dice, mientras que Desubicada dice lo primero que le sale de la boca, sin preocuparse de cómo sonará y/o cómo lo tomará(n) la(s) persona(s) que está(n) presente(s) en ese momento.

2) Alessandra suele pensar con el cerebro la mayoría de las veces; Desubicada, con el corazón. La primera piensa bien las cosas antes de hacerlas; la segunda, es muy impulsiva y prefiere hacer todas aquellas cosas que quiere hacer y luego atenerse a las consecuencias en lugar de luego atormentarse preguntándose “¿qué hubiera pasado si…?”

3) Mientras que Alessandra dice las palabras suficientes, Desubicada tiende a dar información de más. Por ejemplo, Alessandra sólo dice “tengo que ir al baño”, mientras que Desubicada se explaya y comenta “tengo que ir al baño para hacer pichi” –a nadie le interesa lo que hagas en el baño, Desubicada. Entiéndelo.

4) Ambas casi nunca saben en dónde están paradas, pero Alessandra se exige a sí misma y trata de ubicarse como sea cuando está sola (llama a sus conocidos, abre la guía de calles de Lima o pregunta a desconocidos en la calle) para llegar a su destino, mientras que Desubicada tiene la mala costumbre de depender de la persona que la acompaña para que esta le diga qué camino debe tomar.

5) Alessandra es una mezcla de buena gente y cojuda: tiene/siente esa necesidad de complacer a todas las personas (como Mónica de Friends), por lo que le es muy difícil decir "no". Desubicada, por otro lado, te manda al carajo en una.

6) Alessandra tiene un pequeño interés por el qué dirán sobre ella, mientras que a Desubicada, simplemente, le resbala.

A pesar de sus diferencias, Alessandra no puede vivir sin Desubicada y Desubicada no puede vivir sin Alessandra porque ¿adivinen qué? Yo soy Alessandra y la desubicada soy yo.

jueves, 24 de noviembre de 2011

Aventura desubicada


Me había dicho, en resumen, que no tenía quién lo recogiera del aeropuerto, así que yo, como siempre siendo una mezcla de buena gente y cojuda, me ofrecí a hacerlo.

Desperté el día de su llegada a las 10:30 am (él llegaba a las 12:15 pm), me conecté a Twitter y a Facebook y pedí a mis contactos que me ayudaran con la ruta más adecuada (me habían dicho una el día anterior, pero la había olvidado por completo) para ir desde mi casa hasta el aeropuerto.

Al final, la ruta para la segunda aventura desubicada de la semana fue la siguiente (gracias a los que me ayudaron, en especial a Andrés Viale, quien me explicó como si fuera una niña de 5 años):

“Vas a Javier Prado Oeste y sigues de frente. Pasas por el KFC de Las Flores y del semáforo volteas a la derecha. La calle se llama Pershing (y también Sánchez Carrión). Sigues de frente. En algún momento tendrás a tu derecha a la Residencial San Felipe. Seguirás de frente hasta pasar el Hospital Militar, a la derecha. Sigues de frente y cruzas por un puente por encima de la Avenida Brasil. Cuando bajes del puente, estarás en La Marina. Sigues de frente, cruzas la Avenida Sucre, sigues de frente, cruzas Universitaria (a la derecha tendrás el centro comercial de San Miguel), sigues de frente, cruzas la Avenida Escardó (a la derecha verás una enorme Hiraoka). A unas 10 cuadras más adelante (o menos), vas a ver un óvalo. Tienes que ir hacia la derecha. Esa avenida se llama Faucett y es la que te llevará hasta el aeropuerto”.

Terminé de apuntar la ruta en dos post-it y salí disparada porque ya estaba “un poco” tarde (eran las 11:50 am). Llegué a Javier Prado, pasé por el KFC, doblé a la derecha en el semáforo, seguí de frente (y sin percatarme en el nombre de las calles) hasta pasar por el mall de San Miguel y, sin darme cuenta, hice un movimiento brusco que hizo que ambos papeles “volaran” hasta el piso de los asientos de atrás. Obviamente, no recordaba qué chucha seguía luego.

Impidiendo que me invadiera el pánico, aproveché el semáforo en rojo, bajé la ventana y le pregunté al conductor de mi derecha cómo llegar al aeropuerto desde ahí. “Sigues de frente hasta llegar a Toyota y volteas a la derecha. Eso te llevará a Faucett”.

Después de avisarle a mi amigo que llegaría “algo” tarde, el primer aviso señalando la cercanía del aeropuerto comenzaba a asomarse, y luego el segundo y el tercero. “¡Bien, puta madre! ¡Llegué sana y salva y lo hice (relativamente) sola!”

Crucé la entrada del aeropuerto, le mostré los documentos al personal de seguridad y, acto seguido, me di con una gran sorpresa: el SOAT de mi carro había vencido a principios de mes.

Ya me parecía raro que nada había fallado ese día hasta ese momento.

La puntita


Tenía que ir a la casa de una amiga que vive en La Molina para hacer un trabajo.

Había ido la semana anterior en taxi porque Lucía me había dicho que tenía que subir un cerro y yo no me había animado a hacerlo con Morris. Pero como necesitaba plata para el fin de semana y no tenía ni un carajo, me alenté a mí misma para subir al cerro con mi carro, le pedí a mi madre plata para el supuesto taxi (perdón, mamá) y revisé una y otra vez el mapa que me había hecho mi amiga de cómo ir desde la UPC hasta su casa, en la Avenida El Cortijo.

Antes de salir, le pedí apoyo moral a los tuiteros y, después de varios minutos, ya estaba armada de valor para iniciar la aventura desubicada del día –la verdad es que me cagaba de miedo porque sentía que me perdería maleado, que Morris se pararía en plena subida de cerro o que, con la suerte que tengo, me pasarían ambas cosas.

Me dirigí al estacionamiento, busqué a Morris, lo encendí, salí del estacionamiento e inicié la ruta que me habían indicado: ir hasta la embajada de Gringolandia, seguir de frente hasta ver a la izquierda un Pardo’s Chicken y a la derecha el colegio Weberbauer, voltear a la derecha y subir el cerro asesino para primerizas como yo.

Y todo en orden hasta que llegué al inicio del cerro y vi su punta. Esa puta punta.

Bajé el volumen de la música para tener mayor concentración, cerré los ojos por un momento, respiré hondo y, obviando aquella imagen lejana de los carros subiendo hasta la punta (que me hizo recordar a una montaña rusa), avancé.

Seguí subiendo y rogando llegar de una maldita vez hasta la punta hasta que una parte de mi predicción amenazaba con cumplirse: por más que pisaba el acelerador, me di cuenta de que Morris se negaba a avanzar y que estaba a punto de quedarse quieto en plena subida de cerro. “¡No me hagas esto, puta madre!” Para evitar entrar en pánico, decidí apagarlo, esperar unos minisegundos, volver a encenderlo, pasar a primera y no moverme de segunda hasta haber llegado a la punta del cerro que ya comenzaba a odiar.

Menos de diez minutos después, cuando ya comenzaba a sentir que se me iba la vida subiendo el cerro y estaba a punto de ver a Judas calato, había llegado a mi destino.

Sin embargo, aproximadamente a las 7 de la noche se me había presentado otro reto: bajar del cerro asesino, evitar quedarme dormida (había dormido 3 horas ese día), ignorar mi estómago rugir del hambre (no había almorzado ni media galleta) y aguantarme las ganas de hacer pichi en el carro.

Y al final, no sé cómo, ya estaba de vuelta en mi casa a las 7:40 pm, sana y salva, y con una seria afirmación: “A ese cerro no voy más”.

sábado, 12 de noviembre de 2011

Situaciones vehiculares


Siempre he pensado que manejar supone estar en constante carrera y competencia con los demás carros, ya seas el piloto, el copiloto o el pasajero.

Cuando eres el pasajero, observas detenidamente (al menos, yo) el exterior e interior del carro en donde te moverás a continuación. Si es público (hablando por experiencias cercanas a mi persona), te puteas a ti mismo(a) porque trasladarte de esta forma es tu única opción; si es privado, “sacas cachita” con la mirada a los que se transportan en un medio público. Al fin y al cabo, tú estás más cómodo(a), escuchando mejor música y llegarás más rápido que ellos (en la mayoría de casos). Y lo común en ambas situación es que exijas al conductor más rapidez para llegar más rápido a tu destino y ganarle a los otros carros.

Cuando eres el copiloto, te sientes en la zona V.I.P. Puedes subir y bajar la luna a tu antojo, cambiar la estación de radio (si tienes suerte), adoptar una posición más cómoda, hacer tus cosas sin que nadie se cruce en tu camino. Y nunca falta la miradita que dice “mira en qué me transporto yo y mira en qué te transportas tú”.

Cuando eres el piloto, tú controlas la situación. Manejas como y a la velocidad que quieres, escuchas la música que quieres y tomas la ruta que quieres. Dos situaciones ocurren aquí: la primera, el gileo entre carros, que ocurre, normalmente, con los carros detenidos a tu costado en el semáforo rojo. Primero miras el vehículo completo (como si estuvieras viendo a una persona de pies a cabeza) y luego al piloto. Pueden ocurrir dos reacciones: que una sonrisa sensual se dibuje en tu rostro o que voltees la cabeza en el acto, sin intención de voltearla de nuevo. La segunda, la carrera. Ese momento en el que los pilotos de los carros de los tres carriles esperan atentamente el cambio de semáforo rojo a verde, deseando ser el primero en arrancar y ganar la carrera. Faltando segundos para el cambio, ya comienzan a sonar los motores preparándose para arrancar. Al final, el resultado es un chiste, porque el que menos se prepara suele ser el ganador.

Quién lo diría.

lunes, 7 de noviembre de 2011

"Qué rápido se pasa el tiempo"


El sábado pasado, acompañé a mi papá a una actuación de su colegio por la celebración de los 75 años de la comunidad italiana (o algo así).

Y mientras salían a “bailar” los critters del colegio disfrazados de abejas, yo me puse a jugar con el tiempo (tampoco es que la actuación haya estado entretenidísima).

Comencé divagando, pensando en lo rápido que se pasa el tiempo y en cómo, a veces, no nos damos cuenta o no lo sentimos.

Miré a mi derecha, a mi papá, y retrocedí, mentalmente, 46 años, época en la que mi padre contaba con 7 años. Me lo imaginé sin bigote (claro) y con muchos menos centímetros y kilos en su cuerpo, actuando en ese mismo escenario, con un disfraz adorable y música de la época de fondo, para mi Nono –vivo en ese momento– y para la Mamita Leti –con menos locura en su interior–. Sonreí y sentí una lágrima formándose en mi glándula lagrimar (o donde chucha se formen las lágrimas).

Luego me imaginé a mí misma con 7 años, actuando en el escenario del auditorio de mi colegio, con mis papás y demás familia viéndome hacer el ridículo. Miré de nuevo a mi papá y dije, en silencio, "seguro él está pensando lo mismo que yo". Volví a sonreír y sentí la lágrima amenazando con caer.

Finalmente, me centré en mí. En cómo, en ese momento (a mis 21 años y en el 2011), me encontraba viendo la actuación de hijos de desconocidos, y que quizás la próxima vez que pisara el auditorio de un colegio sería para ver la actuación de mis propios hijos. Sonreí y la lágrima cayó.

Y en el carro, camino de regreso a casa, le comenté a mi papá lo que había estado pensando toda la noche: “Qué rápido se pasa el tiempo, ¿no, pá?”

“Demasiado, hija –me respondió él, tomándome la mano–. Demasiado”.

Sabía que él también había estado pensando lo mismo.