martes, 13 de marzo de 2012

El colegio


2012 es el año en el que cumplo 5 años de haber salido del colegio. 5 años que, dicho sea de paso, se han pasado volando. 5 años que, a pesar de mi corta edad –21–, me hacen sentir desde ya como anciana.

Qué fácil era la vida en el colegio, ¿no?

No se nos hacía (tan) difícil despertarnos a las 6:30 de la madrugada, no teníamos que preocuparnos por cómo vestirnos al día siguiente para ir a clases gracias al dichoso uniforme (pero sí era una joda enorme estar uniformados y tener que estar parados en el patio por la formación en pleno verano), todos tus problemas los dejabas atrás al entrar al salón porque ahí estaban los amigos de toda la vida, el recreo era lo mejor del día –a pesar de su corta duración– para tragar cochinadas y ponernos al tanto (conforme iban pasando los años) sobre los juguetes y juegos de moda, qué hizo quién en el verano, a quién le gustaba quién, con cuántas se había acostado o a cuántas había besado tal compañero o qué alumna sería la próxima en perder su virginidad.

La mejor forma de matar el aburrimiento en una clase era poniéndonos a garabatear las carpetas o el cuaderno de la persona de al lado (y podíamos caletear esto porque metíamos el cuaderno en la carpeta. Sí: éramos vivazos), para las exposiciones usábamos cartulinas/colores/plastilinas/ témperas/láminas, no importa que nos hayamos olvidado nuestro refrigerio: siempre había alguien que nos invitaba su comida o la señora del kiosko nos fiaba (y nos volvía a fiar una y otra vez), las clases de Educación Física eran la oportunidad perfecta para sacar nuestro niño interior (o la morsa que llevamos dentro), si faltábamos al colegio, teníamos la seguridad de que al menos una persona nos podía prestar su cuaderno para copiar los apuntes, arreglábamos los problemas con un simple Yan-Kem-Po y tomábamos las decisiones con un De Tín, Marín.

Durante varios y largos años, no teníamos que preocuparnos a qué universidad queríamos ir o qué queríamos ser por el resto de nuestras vidas.

La verdad es que, durante varios, largos y preciados años, éramos felices.

Y qué bueno saber que ahora somos más felices aun.

viernes, 2 de marzo de 2012

Leyes de Murphy

Existen situaciones tan alucinantes que hacen que te preguntes –como dice la letra de la mejor canción de este planeta, Bohemian Rhapsody de Queen– si son parte de la vida real o son sólo fantasías.

Aquí algunos ejemplos:

- Típico que tienes varios días o semanas para entregar un trabajo, pero como tú eres vag@ como yo (mejor dicho, te gusta la adrenalina como a mí), el 99.99% de las veces empiezas a hacer dicho trabajo a las 10 de la noche del día anterior (y debes entregar el trabajo a primera hora de la mañana). Lees las indicaciones, entiendes exactamente lo que tienes que hacer, preguntas a tus conocidos, consultas hartas páginas, le metes el rico copy-paste y el floro que sólo tú sabes meter –qué fuerte– y listo. Terminado el trabajo, le das click a la equis que aparece en la esquina superior, lees la pequeña pestaña que aparece y en donde se te pregunta si deseas guardar los cambios en tu documento y tú, sin saber cómo ni por qué, le das click a “no”. Cuando te percatas de la situación, te quedas sin poder mover ni un músculo de tu cuerpo porque te preguntas cómo has podido ser tan cojud@ al no guardar tu trabajo y observas fijamente la pantalla como diciendo “¡regresa, por favor!”.

No, no regresará, flac@. Así que, caballero nomás, lo único que te queda es volver al inicio, hacer memoria de cada cosa que copiaste/floreaste y esperar, con todos los dedos cruzados, que el texto quede tan paja como el primero. Obviamente, no lo será.


- Todos saben que, para conquistar a un(a) chic@, llevas a cabo estrategias de conquista, como, por ejemplo, interesarte por las cosas que a él/ella le gustan, escuchar la música que él/ella escucha y hacerte amig@ de los individuos más cercanos a su círculo social. Todo funciona a la perfección hasta que, cuando por fin te has armado de valor para decirle a esa persona cómo te sientes, él/ella te confiesa que le gusta alguien más, quien, odiosamente, es la persona con la que mejor amistad has entablado.

Desde ya te lo digo: la has cagado. Pero lo bueno es que tienes dos opciones principalmente: 1) aceptar tu derrota y olvidarte de esta persona o 2) dejar tus sentimientos de lado y seguir siendo amig@ de él/ella y de su casi-casi. Ya todos sabemos la respuesta, ¿no? Claro que sí: como te gusta sufrir, eliges la segunda opción. Al/la otr@ le aconsejas cómo debe comportarse y a él/ella le recomiendas qué táctica debe seguir para declararse al fin. Y lo haces una y otra vez, cada vez que él o ella te pide consejos. En este caso, o puedes ser demasiado buena gente o demasiado cojud@. Lo cierto es que, al fin y al cabo, tú eres el/la chic@ triste que l@ hace sonreír. Nada más.


- Un atraso menstrual, ya sea causado por sexo o por otros factores, siempre tendrá la máxima potencia de alteración, nervios, estrés y pánico para las mujeres en especial. Si previamente tuviste sexo, sabes que, probablemente, la has cagado (te hayas protegido o no) y que en tan sólo un par de meses ya tendrás que ir pensando en el nombre del critter y en cómo carajo vas a cuidarlo. Si no has tenido sexo (no, no vas a ser la Virgen María contemporánea), puede deberse, entre otras cosas, al cambio de clima, estrés o mala alimentación. Y como no sabes cuántos días más demorará en venir la regla, te pones una toalla higiénica diaria por si acaso. A la segunda semana, cuando ya te has hartado de usar toalla por las huevas, te pones en modo ingenua y te dices a ti misma “si no ha venido en una semana, ¿por qué tendría que venir hoy?”

Y justo hoy, cuando decidiste ponerte esa falda semi-transparente o, peor aún, ese pantalón blanco que tanto te gusta, la maldita regla te coge de lo más desprevenida: en la calle, rodeada de tu amor platónico o de tus amigos y sin nada a la mano con lo que puedas cubrirte. No digas luego que no te avisé.

- Es verano, por lo que antes de su llegada desempolvaste tus viejos trapos y ahora tu clóset está lleno de sandalias, faldas, leggins, BVDs, polos cortos y bermudas. Como toda la semana ha hecho un calor de los demonios (ese mismo que te hace querer arrancarte la ropa para dejar de sudar como cerd@, donde sea que estés), esta mañana te despiertas decidid@ a ponerte esa falda o ese bermuda/BVD que te compraste el fin de semana y la/el cual adoras. Te bañas, te cambias, te arreglas, te miras al espejo satisfech@ con tu imagen, sales a la calle y lo primero en que te fijas es que no sólo no ha salido el sol, sino que hay tanta neblina que ya se te comienzan a erizar todos los pelos de tu cuerpo. Justo en el día en que no regresarás a tu casa hasta las diez de la noche y justo en el día en que te toca estar al aire libre. Y tú creías que el sol no es troll.

- Cuando haces cola, sea en una entidad financiera/caja del supermercado o algo por el estilo, (casi) siempre te parecerá que la otra cola va más rápido que la tuya, así que, bien inteligente tú, te pasas a la otra cola y observas que, curiosamente, la cola en donde estabas segundos antes comienza a avanzar. Pensando que eres la persona más viva y hábil del mundo, regresas a tu fila esperando a que el "beneficio del avance rápido" continúe para que puedas hacer lo que viniste a hacer y retirarte al fin a tu sacrosanto hogar.
Pero no podrías estar más equivocad@, ya que tu fila se detiene tal como al inicio y la otra fila vuelve a avanzar. Haces lo mismo de antes y te vuelves a pasar a la otra fila, sólo para que tengas una suerte de perros y que la persona que está atendiendo en ese momento tenga "una llamada en la línea 5" (anunciada por la tipa con voz arrecha en el altavoz), por lo cual DE NUEVO te pasas a la otra fila (junto a todo un grupo de personas) para que pases no sólo a una fila llena, sino que, en realidad, son dos filas en una. El otro cajero regresa, las filas avanzan y cuando ya es tu turno, ¡oh, sorpresa!, es la hora del lunch, por lo que los cajeros se largan poco más y riéndose en tu cara.

- Murphy nos advierte sobre nuestra relación con los transportes públicos y nosotros seguimos sin tomar las medidas respectivas. Digamos que tienes una importante reunión de trabajo y es crucial que llegues a tiempo (y mejor si llegas antes de la hora pactada). Te arreglas cuidadosamente y repasas mentalmente lo que tienes que decir y cómo lo vas a decir para convencer a tus posibles clientes. Cuando ya estás list@, sales de tu casa y te diriges al paradero más cercano. Levantas un brazo, la combi se detiene y tú, cuando estás a punto de subirte, te das cuenta de que te has olvidado tus archivos en casa. Te puteas a ti mism@, giras y regresas a tu casa corriendo como gacela (porque aquí comienza a darte pánico la posibilidad de llegar tarde a tu destino). Sacas tu llave y tratas de meterla en la cerradura, pero la perra no quiere entrar porque pareciera que, mágicamente, hubiera cambiado de forma. Cuando, por fin, abres la puerta, miras a tu alrededor y te das cuenta de que dejaste esos archivos en el primer objeto que ves al entrar a tu casa: tu sillón favorito. Corres, los coges y vuelves a correr con dirección al paradero y con la idea de que ahora sí podrás ir a tu destino. Pero lo peor está a punto de ocurrir.

A diferencia de la primera vez que estuviste ahí, la combi que te lleva ya no pasa cada cinco minutos: ahora pasa cada veinte y con tantos pasajeros que con uno más podrías ver cabezas saliendo de las ventanas. Descartadas las combis, alzas el brazo para parar un taxi. El primero no te hace caso, el segundo no va hasta allá y el tercero, porque ese día se levantó con el pie izquierdo, quiere cobrarte casi el doble de lo que normalmente te cobran hasta allá. Reniegas pero, como sabes que es tu única opción, entras al taxi y te quedas calladit@ hasta llegar a tu destino. Asco de vida.


Lamentablemente, la respuesta a la pregunta inicial suele ser la primera.

Así es, señores. Pasa en las películas, pasa en TNT, pero, sobre todo, pasa en la vida real. Aunque ustedes no lo crean (o sí, sólo que no lo hacen hasta que les ocurre).




* Gracias, Johan Urdiales (@frikisexual), por la contribución con el quinto ejemplo.

jueves, 23 de febrero de 2012

Crecer

Hace un par de días, leí en Tumblr un post que me dejó pensando en ello hasta que me fui a dormir porque me puso en modo nostálgico elevado a la máxima potencia.

Léanlo, a ver si a ustedes les pasa lo mismo.

Las paletas se convierten en cigarros; las inocentes, en putas. La tarea va a la basura. Los celulares se usan en clase. ''Suspensión'' se convierte en ''expulsión''. El refresco se convierte en vodka. Las bicicletas se vuelven carros. Los besos se convierten en sexo.


¿Recuerdas cuando viajar volando significaba columpiarte en el parque? ¿Cuando "protección" significaba ''usar casco''? ¿Cuando lo peor que podías obtener de un niño eran piojos?



Los hombros de tu papá eran el lugar más alto del mundo y tu mamá era tu héroe. Tu peores enemigos eran tus hermanos. Los problemas de velocidad eran causados por quien corría más rápido. "Guerra" era sólo un juego de cartas y la única droga que conocías era la medicina para la tos. El dolor más fuerte que sentías era tus rodillas raspadas y "adiós" era sólo hasta mañana.



Y no pudimos esperar a crecer.

viernes, 17 de febrero de 2012

¿Quién eres?


Recuerdo que mi profesora de religión en el colegio nos preguntaba de vez en cuando quiénes éramos. La mayoría decía su nombre y que era humana, pero ella nos respondía individualmente con un “no te pregunté cómo te llamas ni qué eres; te pregunté quién eres”.

Dos palabras y, aun así, es una de esas preguntas que parecen sencillas de contestar pero que, cuando las quieres responder, no sabes cómo ni por dónde empezar. Te quedas en silencio y tratas de encontrar una respuesta lo antes posible. Como eso no ocurre, te desesperas y comienzas exclamar una y otra vez “¡¿QUIÉN CARAJO SOY?!”

Yo no sé si tenga la respuesta adecuada para semejante pregunta (y dudo que exista una respuesta correcta), pero creo que la próxima vez que me pregunten eso responderé lo siguiente:

- Soy de las personas que pierden su madurez cuando ven un plástico con burbujas para reventar (ni puta idea de cómo se llama), sus juguetes favoritos de critter o los dibujos animados que veían siempre en su infancia (Nickelodeon de los 90 siempre me pondrá la piel de gallina por la emoción).

- Soy parte del grupo que camina con capucha, las manos en los bolsillos y la cabeza abajo y no es emo (o bueno, no siempre), se sumerge en su propio mundo cuando se pone los audífonos y le sube el volumen a la música, alucina que está en un videoclip o en pleno Unplugged para MTV y se emociona tanto con una canción que no se da cuenta de lo alto que está cantando hasta que alguien se le acerca y le pide, “amablemente”, que se calle la boca (me pasó la semana pasada en el gimnasio).

- Soy de las que hacen sonidos y movimientos raros cuando están aburridas, las que hacen comentarios de la nada y fuera de lugar en cualquier momento, las que rajan cuando no tienen nada más que hacer, las que creen que una acción vale más que mil palabras, las que sonríen a pesar de estar muriendo por dentro y las que se desmoronan en la puerta que cierra el baño (porque siempre es en esta puerta).

- Soy quien acosa (otra forma de decir “stalkea”) de pies a cabeza al chico que le gusta, quien se interesa por las cosas que a él le interesan, quien se hace amiga de sus amigos y quien, por hacerse la buena gente, termina haciéndose amiga, además, de la flaca que le gusta (enciérrenme por cojuda).

- Soy de aquellas que prefieren reuniones en casas que ir a discotecas y una chicha helada a un trago, que recuerdan lo bonito que es estar en casa cuando comen comida casera, que responden con oraciones sarcásticas a preguntas estúpidas, que no pueden decir “no” más de una vez y que quieren escribir hasta que sus dedos pierdan toda movilidad.

Creo que ya lo descubrí: soy el resultado de varias características y diferentes personas.

Y tú, ¿ya sabes quién eres?

domingo, 29 de enero de 2012

Si tan solo una cosa hubiera sido distinta


Fue en el quinceañero de Mary Gaby –compañera de la promoción–, un día de julio del 2005.

Había ido con Ximena, mi mejor amiga, y otras amigas más. Y en el cumpleaños, aparte de la gente de mi colegio, sólo conocía a Angelo, el primo de Mary Gaby, quien había llevado a un amigo suyo de la promoción, Daniel.

Esa noche, Daniel y Ximena intercambiaron números y correos. Y al día siguiente iniciaron la típica rutina que dos personas realizan apenas se conocen y tienen cierto interés entre sí: se llaman a cada rato, se mandan mensajes de texto y conversan vía chat por mínimo tres horas, hablando de todo y de nada a la vez.

Después de algunas semanas (o días, no sé) y por un motivo que hasta ahora desconozco, poco a poco Daniel dejó de hablar con Ximena y comenzó a hablar conmigo iniciando la misma rutina, la cual duró hasta el 14 de febrero del año siguiente, fecha en la que Daniel se me declaró y yo lo rechacé por Ximena (porque, aunque ella nunca lo aceptó, yo sabía que, en algún momento, Daniel le gustó, y ese era motivo suficiente de mi parte para no estar con él, a pesar de lo mucho que me gustaba).

Sin embargo, luego de hablar con Ximena seriamente y de recibir su “bendición”, Daniel volvió a intentarlo conmigo siete meses después (sí, el pobre muchacho me tuvo que esperar una eternidad). Esa vez, le dije que sí y empezamos una relación que terminó, irónicamente, siete meses después.

Sé que no se puede regresar al pasado, pero, en muchas ocasiones, mi imaginación comienza a volar y me imagino qué hubiera pasado si no hubiera ocurrido tal evento, si hubiera tomado otra decisión, dicho otra cosa o actuado de distinta manera.

En este caso, si Daniel y yo no hubiéramos terminado luego de los siete meses, si Ximena nunca me hubiera dado la “bendición” para poder estar con él, si Daniel no me hubiera esperado esos siete meses, si yo no le hubiera dicho que no ese 14 de febrero, si él y yo no hubiéramos iniciado esa rutina, si Daniel nunca hubiera dejado de hablar con Ximena, si Ximena y Daniel nunca hubieran intercambiado información, si Daniel no hubiera ido al cumpleaños, si yo hubiera conocido a algún amigo más o si no hubiera conocido a Angelo, si Mary Gaby nunca me hubiera invitado a su quinceañero, si yo no hubiera estado en mi colegio.

No me quejo de mi vida (no la mayoría del tiempo, al menos), pero me es inevitable pensar en cómo podría ser mi vida ahora si tan solo una cosa hubiera sido distinta.




Nota: este post estuvo inspirado en la película El efecto mariposa y en el siguiente video:

domingo, 22 de enero de 2012

Cómo sobrevivir a tu primera clase de surf


Por cosas de la vida, me ofrecieron chamba como redactora de crónicas en una revista cultural gracias a mi blog. Por supuesto, acepté en seguida (yo haría esta chamba gratis, pero que te paguen por hacer lo que te apasiona es uno de los mayores placeres de la vida).

El día en que me reuní por primera vez con la gente de la revista, ellos ya tenían la primera actividad para mí: tomar una clase de surf con un instructor de la academia Tablas para Cristo y luego redactar la crónica promocionando la academia de dicho deporte.

Cuando Jimena, la chica que me contactó, terminó de hablar, sólo atiné a sonreírle a todos los presentes y a contestar que estaba más que dispuesta a hacerlo. Pero había tres “pequeños” detalles de los que me percaté al regresar a mi casa: 1) no sé nadar, 2) no me gusta la playa y 3) sin lentes soy inservible. Sin embargo, mandé a la mierda todo eso y me dije a mí misma, mismo meme, “reto aceptado” (ya sé que en castellano suena horrible, pero no me gusta usar spanglish).

Una semana después, el gran día había llegado. Me desperté a las 9 am, desayuné, me cambié, preparé mis cosas y me despedí de mi madre con un beso en su mejilla izquierda. La reacción de ella fue “no te olvides, hijita, de decirle al instructor que no sabes nadar y que no te pueden alejar mucho de la orilla. ¡No te vayas a ahogar!” Gracias, madre, por ponerme más nerviosa de lo que ya estaba, por tener confianza en mí y por subirme la moral. Eres un primor.

Casi 20 minutos después, me encontraba en el taxi con Jimena y Beto camino a la playa para encontrarnos con Piero Chiappe, el instructor de surf. Luego de media hora –porque nos demoramos la vida en encontrar la playa Sombrillas, porque esperamos a que Piero terminara con su anterior clase y porque ayudé a Jime con la difícil tarea de ponerse un wetsuit por primera vez (del cual puso la parte del brazo en su pierna)– y terminado el calentamiento, ya estaba “lista” para entrar al agua después de meses.

Cogí la tabla y me acerqué a la orilla. Apenas lo hice, sentí un enredo de algas, piedras que me lastimaban los pies y desperdicios a mi alrededor, y recordé que precisamente por esos motivos (y porque no me gusta terminar con arena en todos los orificios de mi cuerpo) es que no voy a la playa.

Caballero nomás, seguí avanzando torpemente (y me di cuenta de que hasta un perro nada mejor que yo) hasta llegar a la altura de donde estaba Piero –demorándome el triple de lo que se había demorado él–, quien me dijo “ya, Ale, hoy te voy a enseñar a avanzar, retroceder y girar en la tabla estando echada y sentada y luego, con suerte, a pararte en la tabla. ¿Estás lista?” “No, coño, quiero irme a mi ca—Sí, empecemos”, respondí muerta de miedo, pero con ganas de dominar la tabla.

Después de media hora y de infinitos (pero silenciosos) “Piero, estoy cansada”, “Piero, no tengo aire”, “Piero, regresemos a la orilla”, decidí que esa pinche tabla no me iba a vencer, así que me aguanté el dolor en mis brazos y perseveré (imaginando que la tabla era el flaco al que le tengo ganas).

Luego de otra media hora, la clase había llegado a su fin con una Alessandra con músculos adoloridos, pantorrillas quemadas, litros de agua en los pulmones y los ojos rojos por la sal, pero satisfecha consigo misma por haber tenido una clase de surf sin saber nadar y no haberse ahogado en el intento.

¿Cómo? A continuación, cuatro tips esenciales para aquellas personas que cuenten con mi situación:

- Hacer calentamiento por 5 minutos antes de entrar al agua –sus músculos se lo agradecerán luego.
- Agarrarse de la tabla (o del instructor) apenas caigan de esta y esperar a recuperar el aire antes de volver a subir.
- Mover las piernas desenfrenadamente –eso hará que no desaparezcan bajo el agua.
- No desesperarse y disfrutar de la experiencia.


Así fui vestida a mi clase de surf: como DT de equipo de fútbol de menores de segunda división

martes, 10 de enero de 2012

Infaltables


Los infaltables son aquellas personas que siempre están presentes en un grupo determinado de amigos, incluso en la familia. Sin ellos, el grupo no marcha, pues ellos son, como dice Manny en La era de hielo 2, “la cosa pegajosa, chiclosa, que mantiene a todos unidos”.

Claros ejemplos de los infaltables:

• El/la papá/mamá del grupo: el/la que cuida a todos, el/la que se preocupa más de lo debido, el/la que vela por los intereses de los demás y no está tranquil@ si los demás no lo están.

• El/la Einstein: la persona más inteligente del grupo, la estudiosa, la chancona, la que sabe todo sobre todo, pero es una taba (entiéndase como “inútil”) en cuanto a temas personales.

• El/la consejer@ amoros@: la persona a la que los demás del grupo acuden cuando están pasando por una crisis con su pareja, la de los mejores consejos, la que está sola cuando todos los demás están en pareja y viceversa, la forever alone.

• El/la extrovertid@, sociable, carismátic@, juerguer@, giler@, buena onda. El/la que más sobresale del grupo, ya sea consciente o inconscientemente, el/la que saca pecho por el grupo.

• El/la distraíd@: anda siempre en la luna de Paita. Es esa persona que necesita que le repitan las cosas varias veces, la que se entera de todo siempre al último, la taba, la que no entiende los chistes.

• El/la payas@: cuenta chistes, tiene una forma peculiar de contar las cosas, hace reír a los demás y trata de levantarle el ánimo a todos los del grupo.

Pero, claro, ellos no son los únicos infaltables.

También están el/la creativ@, soñador(a), tímid@, pesimista, sensible, amargad@, aguafiestas, optimista y, por último, .



Nota: este post fue inspirado en la idea original de @humbeertoh.