lunes, 1 de julio de 2013

A casa

Siento que te he visto más veces en estos meses que las que lo he hecho en todo el año.

El tiempo es corto o largo, dependiendo de tu estado de ánimo. A veces estás dormido y a veces estás despierto. A veces estás tranquilo y otras veces estás molesto.

Lo “bueno” es que tu estilo de vida no ha cambiado mucho; sin embargo, es bastante diferente. Ahora duermes con tubos en la nariz y pijama más delgada, comes a la hora que te indican, haces los ejercicios que te exigen, compartes el cuarto con otro hombre, preguntas más por la Mamina, ves a más enfermeras que a tus hijos y estás constantemente acompañado.

Cuando te veo pienso (o recuerdo) en lo frágil que es la vida y en cómo esta puede cambiar cuando menos te lo esperas.

Recuerdo que te visité un viernes en casa y estabas, aunque enfermo, adorable como siempre. El lunes empeoraste y, por precaución, te llevaron al hospital. El jueves te visité y tu situación había empeorado. Dormías todo el día y ya no podía escuchar tu risa. Abrías los ojos de rato en rato, pero las enfermeras dijeron que solo eran reflejos, que, en realidad, no estabas despierto.

Nos turnamos para visitarte, nos llamamos más para saber cómo estás, llevamos a la Mamina a la clínica para que, como siempre, te salude con un “hola, mi amor” y un beso en la frente.

En la casa se siente tu ausencia. Falta quien reniegue por su comida, quien vea televisión con el volumen al máximo, quien me pregunte siempre qué es lo que estoy estudiando o si he traído a “mi animalito”, quien cante por el pasillo cuando se está yendo a comer o a dormir y quien te haga filosofar de la vida sin que cuenta te des.

Hoy te hemos visitado y todo ha cambiado. Estabas completamente despierto y animado, pidiéndonos abrazos a cada rato.


































No sé cuánto tiempo más tenga que pasar, pero, cada vez que te veo, no puedo evitar pensar: “Abuelo, regresa a casa”.


domingo, 16 de junio de 2013

Paciencia

Precisamente hoy, Día del Padre, tenía que leer este mensaje de la página Brevete regalado (nada que ver con el texto, pero la atinaron).

Al leerlo recordé en cómo se fue mi abuela paterna y en cómo se han ido y se seguirán yendo más abuelos sin que nosotros, a veces, nos demos cuenta. Por eso lo que en el texto mencionan es esencial: paciencia.
 
Querido hijo: 
 
El día que me veas mayor y ya no sea igual que antes, ten paciencia. Cuando comiendo me ensucie o cuando me cueste vestirme, ten paciencia. Recuerda las horas que pasé enseñándotelo.

Si repito las mismas cosas, mil y una veces, no me interrumpas y escúchame. Cuando eras pequeño, te expliqué mil y una veces el mismo cuento para dormirte.

No te molestes cuando me cueste bañarme. Recuerda las mil y una excusas que tenías cuando eras niño para no hacerlo.

Cuando en algún momento pierda el hilo de mi conversación, dame tiempo. Seguramente lo más importante no era lo que te decía, sino estar contigo y que me escucharas.

Si alguna vez no quiero comer, no me fuerces: conozco bien cuándo lo necesito y cuándo no.

Cuando mis piernas estén cansadas y no me dejen caminar, dame tu mano amiga. Como yo lo hice cuando tú dabas los primeros pasos.

Y cuando llegue a decirte que ya es hora de irme de esta vida, no te enfades. Algún día entenderás que esto no tiene nada que ver contigo, ni con tu amor ni con el mío. Simplemente que ya entregué todo lo que la vida esperaba de mí.

Algún día descubrirás que, pese a mis errores, siempre quise lo mejor para ti y que intenté preparar el camino que tú debías seguir.
 
No te sientas triste o enfadado o impotente por verme de esta manera. Simplemente acompáñame e intenta comprenderme, como yo lo hice cuando tú empezaste a vivir. Ahora te toca acompañarme en mi difícil caminar. 
 
Ayúdame a terminar este camino con amor y paciencia. Yo te pagaré con mi sonrisa y con el inmenso amor que siempre te he tenido.

Te amo, hijo
.

martes, 21 de mayo de 2013

La eterna dieta

No sé cuántas veces habré dicho en toda mi vida “el lunes empiezo dieta”, pero sí sé cuántas veces habré cumplido esto: no más de cinco.

¿Por qué a las mujeres se nos hará tan difícil seguir la dieta? ¿Por qué nos es tan complicado alejarnos de las cosas que nos encanta (pero que nos hacen daño) por aquellas cosas que sabemos son mejores para nosotras (mismo caso con algunos ex flacos)? Y, sobre todo (aunque esta es una pregunta aparte), ¡¿por qué coño para los hombres es tan fácil bajar de peso?!

Obviando el hecho de que somos masoquistas, que amamos caer en la tentación y que la comida es tan deliciosa que, como buenas humanas, nos encanta comer hasta sentirnos plenamente satisfechas, tenemos la motivación y las ganas de hacerlo (que queremos vernos mejor o bien en bikini, que por fin será nuestra primera vez con Panchito y no queremos vernos como Michelín, que queremos estar más ricas que nuestras amigas, que queremos ser activas cuando seamos abuelas, que somos muy jóvenes para cansarnos subiendo las escaleras o caminando tres cuadras, etc.), pero todo se desmorona por las cosas más pequeñas y adoptamos posturas como estas:
 
1)  “Este lunes empiezo dieta sí o sí”.
2) “Estoy a dieta, pero un chocolate no me hará daño”.
3) “A mí me encantan las repeticiones… Mejor 2 chocolates”.
4) “Mejor 6…” Y los escenarios terminan siendo algo como estos:
                                                                                                    


5) “Ya basta. Estoy a die---¡¡¡COMPRARON TORTA!!!”
6) “Ya fue. Mañana empiezo la dieta”.
7) Come(te)s el punto 2. Luego el 3. Luego todos los que siguen hasta llegar nuevamente al punto 1 porque, si el lunes empiezas dieta, ahora podrás tragar el resto de la semana sin que te remuerda la conciencia. Vivaza eres.

Entonces, viene la pregunta del millón: ¿por qué necesariamente tenemos que empezar la dieta un lunes? ¿Por qué no un martes, un jueves (porque en ambos días hay 2x1 en pizza) o un fin de semana? Quizás sea ese el motivo por el cual los lunes de dietas no funcionan. ¿Qué pasaría si nos llenáramos de valor (sí, porque eso es lo que se necesita: VALOR) y empezáramos la dieta un viernes o un sábado? Si lo decides y lo cumples, felicidades. Mis compatriotas y yo te regalaremos un chocolate. O dos.

Ahora, si me disculpan, iré a Bembos por un combo agrandado pero con gaseosa Zero, porque estoy a dieta.

jueves, 16 de mayo de 2013

Etapas de duelo


Según Elizabeth Kübler Ross (a quien conozco gracias a Grey’s Anatomy), existen 5 etapas de duelo:

1) Negación. La muerte ajena te toca, te choca, te mata (de alguna forma). Quizás lo esperabas o quizás no, pero mayormente caemos en el “¿por qué él/ella y no yo? No puede haberse ido. Ahora no…” Como si haciendo estas preguntas para encontrar las respuestas  fueras a superarlo más rápido. Y tienes la muerte frente a tus ojos, pero te rehúsas a verla. No, no y no.

2) Ira. Las preguntas o comentarios que vienen después van subiendo de tono y las lágrimas de dolor se convierten en lágrimas de cólera. “¡¿Por qué tuvo que pasarle esto?! ¡¿Por qué tuvo que irse así?! Aún nos falta pasar tantas cosas junt@s. Aún él/ella tiene tantos sueños que cumplir”. Acto seguido, piensas en por qué no pasaste más tiempo con esa persona, por qué la trataste de esa manera aquel día, etc.

3) Negociación. Si crees en un ser superior, hablas con él; si no, igual hablas y negocias con él, con ella, con alguien. “Por favor, no te l@ lleves aún. Me portaré bien, haré las cosas correctamente, arreglaré lo que necesito arreglar, dejaré de hacer lo que tanto le molesta a los demás. Tan solo déjame un tiempo más con él/ella”.

4) Depresión. Entiendes que esa persona se fue y no volverá. Comprendes que nunca más la podrás abrazar, besar, decir “te quiero”, contemplar, admirar. La extrañarás, pero de distinta manera y con más frecuencia. No quieres hacer nada ni ver a nadie; solo quieres llorar. Las grandes cosas te recuerdan a esa persona; las pequeñas, también. Pero después de unos días, semanas, meses, sientes que vas a mejorar. Tranquil@: pronto todo acabará.

5) Aceptación. Ha sido un largo proceso, pero ya ha llegado a su final. Poco a poco dejas de llorar y comienzas a reír de nuevo. Ves las fotos de aquella persona y una sonrisa se dibuja en tu rostro. Hablas de ella para extrañarla menos. La recuerdas con alegría.

Y cuando crees que lo has superado, todo vuelve a comenzar.

jueves, 2 de mayo de 2013

Enamorirse


Enamórate del flaco que quiera verte aun así estés en el segundo día de Andrés y que entienda cuándo debe dejarte sola por su propio bien.

Enamórate de la persona que te “deje” ver novelas/tus programas pinky o partidos de fútbol.

Enamórate de quien quiera verte incluso si eres un moco andante.

Enamórate de quien te impulse a hacer cosas nuevas, que te abrace sin que tengas que decirle que tienes frío, que te haga mear de risa y escribir seguido “jhaukghkqjgqeuj”.

Enamórate de quien te putea cuando necesitas que te puteen y de quien te apoya sin estar de acuerdo contigo.

Enamórate de quien te impulse a ser mejor persona contigo y con los demás.

Enamórate de la persona que te diga “te invito a comer” y de quien no te importe el olor a sobaco (pero el aliento no; tampoco seas asqueroso).

Enamórate de quien te haga llorar de la risa y felicidad y te dé los mejores orgasmos de tu vida.

Enamórate de quien tenga la piel como bebé y el poto durito como mejor no digo qué.

Enamórate de quien esté acostumbrado a bajar la tapa del wáter y no se tome fotos en el baño ni le tome fotos a su comida.

Enamórate de la persona que no use Crocs, odie las mismas cosas que tú y viceversa.


Manda todo al carajo y enamórate. Sólo enamórate.

martes, 23 de abril de 2013

Indirectas reloaded


Los tiempos cambian y, con ellos, las indirectas, sobre todo en la era de la tecnología.

Aquí algunos ejemplos:

  • Estar con el celular mientras hablas con alguien en persona = “Soy un(a) irrespetuos@ de porquería” y/o “no me importa un carajo lo que me estás hablando”
  • Check en chat de Facebook sin respuesta = “Te leí, pero más me interesa la mosca que pasa por mi cabeza”
  • “Leí tu post/tweet del 03/02/12 y me encantó” = “Te stalkeo porque te amo”
  • En Twitter = “Detesto a la chica de mi trabajo que se sienta a mi lado y se ríe como caballo”
  • “¡Hola! J” = “Te amo. Cásate conmigo. Tengamos miles de hijos y vivamos en una galaxia donde no llegue la música de los Wachiturros ni Justin Bieber”
  • “¡Hola, Pancracia! ¡A los años!” = “Te saludaré, te haré recordar que te conozco y luego te pediré un favor”
  • “Hola” = “No quisiera hablarte ni responderte, pero, como estoy aburrid@, lo haré”
  • “Hola…” = “¿Tú otra vez? ¿Ahora qué quieres?”
  • Jajajaja = “Me hiciste el día”
  • Jajaja = “Te ligó una. ¡Buena!”
  • Jaja = “Vamos; sigue. Sé que puedes hacerlo mejor”.
  • Ja = “Por favor, mátate”.
  • El nombre de tu wifi = “Deja de robarte mi red”, “¡paga tu internet”, “tu flaca está aquí mientras tú me robas el wifi”
  • Audífonos puestos = “Estoy en mi burbuja; no me jodas por nada del mundo. Si me los quito, más vale que lo que me vayas a decir sea bueno”.
Ciertamente, decir las cosas en la cara siempre será lo "más adecuado", pero hasta que no nos libremos del síndrome del Chico del Pórtico, no veo por qué estos medios no pueden ser usados. 

martes, 16 de abril de 2013

Verborrea*



Desde hace algunos años, no sé exactamente cuándo, sufro de algo que me gusta llamar “diarrea verbal”.

Este fenómeno hace que diga/haga cosas en los momentos más inesperados, en los lugares menos esperados o a las personas menos adecuadas y sin pensar en las posibles consecuencias, como decirle a un compañero de trabajo (que estaba a punto de usar mi computadora) “¡cuidado con el porno!” en horario laboral y en un volumen de voz para nada desapercibido. O también decirle a mi mamá “gracias por no abortarme” el día de mi cumpleaños o decirle al flaco de mi mejor amiga que parara el carro porque quería mear.

Así como los pedos salen porque ya no los puedes aguantar (o porque, simplemente, no quieres hacerlo), hay cosas que me son muy difíciles de callar, como ustedes comprenderán (y las rimas que me hacen sonar más cojudita de lo normal). No es que quiera malograr el momento con lo que quiero decir o hacer: simplemente es algo que me nace y que no me deja ser si no lo saco de mi ursulino ser (no puedo parar. Lo siento).

Con él no hubo excepción.

Llevábamos poco tiempo, pero lo suficiente para sentir el deseo de decirle lo que sentía. Sin embargo, ese momento no era el correcto. Habíamos pasado un día increíble, lleno de “jijijí-jajajá” y besos por aquí y por allá. Pero como dicen que la felicidad no es eterna, sin darnos cuenta todo se estaba yendo al tacho por una completa sonsera (ahorita recuerdo y me percato que fue sonsera. Obviamente, en ese momento, sentía que la discusión era justa y necesaria). Cansada de la discusión, quería decirle que no valía la pena hablar sobre eso, que era un histérico, que yo estaba cansada, que éramos unos inmaduros, que no estaba para cosas así, que lo mejor era dejarlo como estaba e irnos a dormir.

Lo que salió de mi boca, por el contrario, fue algo completamente diferente.

Así fue la primera vez que le dije “te amo”.




*Gracias, Alexander Altamirano (@sonidodoppler), por el aporte con el título del post