martes, 6 de agosto de 2013

Modas

El escenario era este: sábado en la noche, empijamada y metida en la cama. Acababa de terminar de ver American Psycho cuando entré a Youtube para buscar una canción del soundtrack. Y entre hueveada y hueveada, no sé cómo, pero terminé viendo videos de Axé Bahía y Exporto Brasil.

Me gustaría decir que solo vi un video de cada grupo y que luego me fui a dormir, pero mi mamá me enseñó que es malo mentir.

No solo terminé viendo los videos de todas las canciones que conocía de ellos, sino que terminé bailando sus más pegajosas y ridículas coreografías por casi tres horas. Terminado este trance, me tomé un momento para pensar en las modas que seguimos en algún momento y que ahora nos da vergüenza recordar (a menos que alguien lo haga primero).

Los integrantes de Axé Bahía cantaban hasta el perno y los de Exporto Brasil eran más descoordinados que abuela y nieta caminando, pero algo había en ellos que hacía que perdieras el roche de bailar como retrasado y mostraras tus habilidades en la pista de baile pero, ojo, siempre y cuando alguien más lo hiciera (porque tú no tenías ni tienes la iniciativa de comenzar a bailar sus canciones, pero si alguien más lo hace, ya qué chucha).

Nos amarrábamos la casaca a la cintura para evitar la molestia de llevarla en brazos, pero sin saber que se veía como si lleváramos un pañal manchado.

Las mujeres nos dejábamos mechones para que nos cubra la cara o nos poníamos ganchos de flores en el pelo porque creíamos que esto nos hacía ver más bonitas y lindas.

Hacíamos la señal de la paz en las fotos porque se veía chévere y porque queríamos que la gente pensara que deseábamos la paz mundial.

Veíamos las estupideces de reality shows de VH1 para rajar con los demás, pero veíamos estos programas en secreto porque de verdad nos gustaban (me pasó con Flavor Flave y I love New York, ídola).
Lo más valiente y peligroso que hacíamos era tocar los timbres de las casas de desconocidos e irnos corriendo. Y nos sentíamos todos unos delincuentes al hacerlo.

Usábamos overoles y nos convertíamos en la versión granjera de Chucky.

Con 5 soles nos sentíamos millonarios y dejábamos lo que estábamos haciendo para reventar las burbujas de plástico cuando llegaban a casa.

Esperábamos ansiosos la revista de Cable Mágico con su programación para ver qué día y a qué hora daban nuestro programa o película favoritos.


Y así seguirán pasando nuevas modas y nos seguiremos avergonzando de estas, de las personas que algún día nos gustaron o besamos, de la música que alguna vez escuchamos, de los programas que alguna vez vimos. Y de nuestra vida misma.

Con el tiempo

“Después de un tiempo, uno aprende la sutil diferencia entre sostener una mano y encadenar un alma. Y uno aprende que el amor no significa acostarse. Y que una compañía no significa seguridad. 
Y uno empieza a aprender que los besos no son contratos y los regalos no son promesas, y uno empieza a aceptar sus derrotas con la cabeza alta y los ojos abiertos, y uno aprende a construir todos sus caminos en el hoy, porque el terreno del mañana es demasiado inseguro para planes y los futuros tienen su forma de caerse por la mitad. 
Y, después de un tiempo, uno aprende que, si es demasiado, hasta el calor del sol puede quemar, así que uno planta su propio jardín y decora su propia alma, en lugar de esperar a que alguien le traiga flores. Y uno aprende que realmente puede aguantar, que uno es realmente fuerte, que uno realmente vale, y uno aprende y aprende. Y así cada día.
Con el tiempo aprendes que estar con alguien, porque te ofrece un buen futuro, significa que tarde o temprano querrás volver a tu pasado.
Con el tiempo comprendes que sólo quien es capaz de amarte con tus defectos sin pretender cambiarte puede brindarte toda la felicidad.
Con el tiempo te das cuenta de que, si estás con una persona sólo por acompañar tu soledad, irremediablemente acabarás no deseando volver a verla.
Con el tiempo aprendes que los verdaderos amigos son contados y que quien no lucha por ellos, tarde o temprano, se verá rodeado sólo de falsas amistades.
Con el tiempo aprendes que las palabras dichas en momentos de ira siguen hiriendo durante toda la vida.
Con el tiempo aprendes que disculpar cualquiera lo hace, pero perdonar es atributo sólo de almas grandes.
Con el tiempo comprendes que si has herido a un amigo duramente, es muy probable que la amistad jamás sea igual.
Con el tiempo te das cuenta de que aun siendo feliz con tus amigos, lloras por aquellos que dejaste ir.
Con el tiempo te das cuenta de que cada experiencia vivida con cada persona es irrepetible.
Con el tiempo te das cuenta de que el que humilla o desprecia a un ser humano, tarde o temprano, sufrirá multiplicadas las mismas humillaciones o desprecios.
Con el tiempo aprendes a construir todos tus caminos en el hoy, porque el sendero del mañana no existe.
Con el tiempo comprendes que apresurar las cosas y forzarlas a que pasen ocasiona que al final no sean como esperabas.
Con el tiempo te das cuenta de que en realidad lo mejor no era el futuro, sino el momento que estabas viviendo justo en ese instante.
Con el tiempo verás que, aunque seas feliz con los que están a tu lado, añorarás a los que se marcharon.
Con el tiempo aprenderás a perdonar o pedir perdón, decir que amas, decir que extrañas, decir que necesitas, decir que quieres ser amigo, pues ante una tumba ya no tiene sentido.

Pero, desafortunadamente, sólo con el tiempo”.

— 
Verónica Shoffstall

lunes, 1 de julio de 2013

A casa

Siento que te he visto más veces en estos meses que las que lo he hecho en todo el año.

El tiempo es corto o largo, dependiendo de tu estado de ánimo. A veces estás dormido y a veces estás despierto. A veces estás tranquilo y otras veces estás molesto.

Lo “bueno” es que tu estilo de vida no ha cambiado mucho; sin embargo, es bastante diferente. Ahora duermes con tubos en la nariz y pijama más delgada, comes a la hora que te indican, haces los ejercicios que te exigen, compartes el cuarto con otro hombre, preguntas más por la Mamina, ves a más enfermeras que a tus hijos y estás constantemente acompañado.

Cuando te veo pienso (o recuerdo) en lo frágil que es la vida y en cómo esta puede cambiar cuando menos te lo esperas.

Recuerdo que te visité un viernes en casa y estabas, aunque enfermo, adorable como siempre. El lunes empeoraste y, por precaución, te llevaron al hospital. El jueves te visité y tu situación había empeorado. Dormías todo el día y ya no podía escuchar tu risa. Abrías los ojos de rato en rato, pero las enfermeras dijeron que solo eran reflejos, que, en realidad, no estabas despierto.

Nos turnamos para visitarte, nos llamamos más para saber cómo estás, llevamos a la Mamina a la clínica para que, como siempre, te salude con un “hola, mi amor” y un beso en la frente.

En la casa se siente tu ausencia. Falta quien reniegue por su comida, quien vea televisión con el volumen al máximo, quien me pregunte siempre qué es lo que estoy estudiando o si he traído a “mi animalito”, quien cante por el pasillo cuando se está yendo a comer o a dormir y quien te haga filosofar de la vida sin que cuenta te des.

Hoy te hemos visitado y todo ha cambiado. Estabas completamente despierto y animado, pidiéndonos abrazos a cada rato.


































No sé cuánto tiempo más tenga que pasar, pero, cada vez que te veo, no puedo evitar pensar: “Abuelo, regresa a casa”.


domingo, 16 de junio de 2013

Paciencia

Precisamente hoy, Día del Padre, tenía que leer este mensaje de la página Brevete regalado (nada que ver con el texto, pero la atinaron).

Al leerlo recordé en cómo se fue mi abuela paterna y en cómo se han ido y se seguirán yendo más abuelos sin que nosotros, a veces, nos demos cuenta. Por eso lo que en el texto mencionan es esencial: paciencia.
 
Querido hijo: 
 
El día que me veas mayor y ya no sea igual que antes, ten paciencia. Cuando comiendo me ensucie o cuando me cueste vestirme, ten paciencia. Recuerda las horas que pasé enseñándotelo.

Si repito las mismas cosas, mil y una veces, no me interrumpas y escúchame. Cuando eras pequeño, te expliqué mil y una veces el mismo cuento para dormirte.

No te molestes cuando me cueste bañarme. Recuerda las mil y una excusas que tenías cuando eras niño para no hacerlo.

Cuando en algún momento pierda el hilo de mi conversación, dame tiempo. Seguramente lo más importante no era lo que te decía, sino estar contigo y que me escucharas.

Si alguna vez no quiero comer, no me fuerces: conozco bien cuándo lo necesito y cuándo no.

Cuando mis piernas estén cansadas y no me dejen caminar, dame tu mano amiga. Como yo lo hice cuando tú dabas los primeros pasos.

Y cuando llegue a decirte que ya es hora de irme de esta vida, no te enfades. Algún día entenderás que esto no tiene nada que ver contigo, ni con tu amor ni con el mío. Simplemente que ya entregué todo lo que la vida esperaba de mí.

Algún día descubrirás que, pese a mis errores, siempre quise lo mejor para ti y que intenté preparar el camino que tú debías seguir.
 
No te sientas triste o enfadado o impotente por verme de esta manera. Simplemente acompáñame e intenta comprenderme, como yo lo hice cuando tú empezaste a vivir. Ahora te toca acompañarme en mi difícil caminar. 
 
Ayúdame a terminar este camino con amor y paciencia. Yo te pagaré con mi sonrisa y con el inmenso amor que siempre te he tenido.

Te amo, hijo
.

martes, 21 de mayo de 2013

La eterna dieta

No sé cuántas veces habré dicho en toda mi vida “el lunes empiezo dieta”, pero sí sé cuántas veces habré cumplido esto: no más de cinco.

¿Por qué a las mujeres se nos hará tan difícil seguir la dieta? ¿Por qué nos es tan complicado alejarnos de las cosas que nos encanta (pero que nos hacen daño) por aquellas cosas que sabemos son mejores para nosotras (mismo caso con algunos ex flacos)? Y, sobre todo (aunque esta es una pregunta aparte), ¡¿por qué coño para los hombres es tan fácil bajar de peso?!

Obviando el hecho de que somos masoquistas, que amamos caer en la tentación y que la comida es tan deliciosa que, como buenas humanas, nos encanta comer hasta sentirnos plenamente satisfechas, tenemos la motivación y las ganas de hacerlo (que queremos vernos mejor o bien en bikini, que por fin será nuestra primera vez con Panchito y no queremos vernos como Michelín, que queremos estar más ricas que nuestras amigas, que queremos ser activas cuando seamos abuelas, que somos muy jóvenes para cansarnos subiendo las escaleras o caminando tres cuadras, etc.), pero todo se desmorona por las cosas más pequeñas y adoptamos posturas como estas:
 
1)  “Este lunes empiezo dieta sí o sí”.
2) “Estoy a dieta, pero un chocolate no me hará daño”.
3) “A mí me encantan las repeticiones… Mejor 2 chocolates”.
4) “Mejor 6…” Y los escenarios terminan siendo algo como estos:
                                                                                                    


5) “Ya basta. Estoy a die---¡¡¡COMPRARON TORTA!!!”
6) “Ya fue. Mañana empiezo la dieta”.
7) Come(te)s el punto 2. Luego el 3. Luego todos los que siguen hasta llegar nuevamente al punto 1 porque, si el lunes empiezas dieta, ahora podrás tragar el resto de la semana sin que te remuerda la conciencia. Vivaza eres.

Entonces, viene la pregunta del millón: ¿por qué necesariamente tenemos que empezar la dieta un lunes? ¿Por qué no un martes, un jueves (porque en ambos días hay 2x1 en pizza) o un fin de semana? Quizás sea ese el motivo por el cual los lunes de dietas no funcionan. ¿Qué pasaría si nos llenáramos de valor (sí, porque eso es lo que se necesita: VALOR) y empezáramos la dieta un viernes o un sábado? Si lo decides y lo cumples, felicidades. Mis compatriotas y yo te regalaremos un chocolate. O dos.

Ahora, si me disculpan, iré a Bembos por un combo agrandado pero con gaseosa Zero, porque estoy a dieta.

jueves, 16 de mayo de 2013

Etapas de duelo


Según Elizabeth Kübler Ross (a quien conozco gracias a Grey’s Anatomy), existen 5 etapas de duelo:

1) Negación. La muerte ajena te toca, te choca, te mata (de alguna forma). Quizás lo esperabas o quizás no, pero mayormente caemos en el “¿por qué él/ella y no yo? No puede haberse ido. Ahora no…” Como si haciendo estas preguntas para encontrar las respuestas  fueras a superarlo más rápido. Y tienes la muerte frente a tus ojos, pero te rehúsas a verla. No, no y no.

2) Ira. Las preguntas o comentarios que vienen después van subiendo de tono y las lágrimas de dolor se convierten en lágrimas de cólera. “¡¿Por qué tuvo que pasarle esto?! ¡¿Por qué tuvo que irse así?! Aún nos falta pasar tantas cosas junt@s. Aún él/ella tiene tantos sueños que cumplir”. Acto seguido, piensas en por qué no pasaste más tiempo con esa persona, por qué la trataste de esa manera aquel día, etc.

3) Negociación. Si crees en un ser superior, hablas con él; si no, igual hablas y negocias con él, con ella, con alguien. “Por favor, no te l@ lleves aún. Me portaré bien, haré las cosas correctamente, arreglaré lo que necesito arreglar, dejaré de hacer lo que tanto le molesta a los demás. Tan solo déjame un tiempo más con él/ella”.

4) Depresión. Entiendes que esa persona se fue y no volverá. Comprendes que nunca más la podrás abrazar, besar, decir “te quiero”, contemplar, admirar. La extrañarás, pero de distinta manera y con más frecuencia. No quieres hacer nada ni ver a nadie; solo quieres llorar. Las grandes cosas te recuerdan a esa persona; las pequeñas, también. Pero después de unos días, semanas, meses, sientes que vas a mejorar. Tranquil@: pronto todo acabará.

5) Aceptación. Ha sido un largo proceso, pero ya ha llegado a su final. Poco a poco dejas de llorar y comienzas a reír de nuevo. Ves las fotos de aquella persona y una sonrisa se dibuja en tu rostro. Hablas de ella para extrañarla menos. La recuerdas con alegría.

Y cuando crees que lo has superado, todo vuelve a comenzar.

jueves, 2 de mayo de 2013

Enamorirse


Enamórate del flaco que quiera verte aun así estés en el segundo día de Andrés y que entienda cuándo debe dejarte sola por su propio bien.

Enamórate de la persona que te “deje” ver novelas/tus programas pinky o partidos de fútbol.

Enamórate de quien quiera verte incluso si eres un moco andante.

Enamórate de quien te impulse a hacer cosas nuevas, que te abrace sin que tengas que decirle que tienes frío, que te haga mear de risa y escribir seguido “jhaukghkqjgqeuj”.

Enamórate de quien te putea cuando necesitas que te puteen y de quien te apoya sin estar de acuerdo contigo.

Enamórate de quien te impulse a ser mejor persona contigo y con los demás.

Enamórate de la persona que te diga “te invito a comer” y de quien no te importe el olor a sobaco (pero el aliento no; tampoco seas asqueroso).

Enamórate de quien te haga llorar de la risa y felicidad y te dé los mejores orgasmos de tu vida.

Enamórate de quien tenga la piel como bebé y el poto durito como mejor no digo qué.

Enamórate de quien esté acostumbrado a bajar la tapa del wáter y no se tome fotos en el baño ni le tome fotos a su comida.

Enamórate de la persona que no use Crocs, odie las mismas cosas que tú y viceversa.


Manda todo al carajo y enamórate. Sólo enamórate.