Gaby y Vicente se conocieron hace no sé cuántos años, estuvieron juntos por
tampoco-sé-cuántos años y fueron mis vecinos por no-sé-la-cantidad-de años.
Lo que sí sé es que estaban enamorados.
Y lo digo en pasado porque, lamentablemente, Gaby falleció hace tres años.
Aun cuando estaba viva no los veía mucho, pero los escuchaba seguido (al
fin y al cabo, los padres de Gaby le habían regalado un timbre de voz tan
desesperante que uno hasta podía escuchar cuando bostezaba o estornudaba).
Escuchaba que en las mañanas ambos gritaban “¡ya va a empezar la misa!”
Acto seguido, abandonaban la casa tomados de la mano. En las tardes, a la hora
del lonche, sacaban el juego de tazas para tomar el lonche en la terraza. Gaby
sentada y Vicente regaba las plantas mientras ambos charlaban de sus días y de
la vida. En las noches, nunca entenderé cómo, salían de su casa en San Borja y
se iban caminando hasta el parque El Olivar en San Isidro. Y, antes de dormir,
escuchaban Ritmo Romántica en la sala.
En el velorio, Vicente no se despegó nunca de Gaby. Al día siguiente, y los
días que siguieron, tampoco. Al contrario, siguió la rutina de siempre: en las
mañanas gritaba “¡ya va a empezar la misa!”, en las tardes regaba las plantas
hablando en voz alta sobre su día, en las noches se dirigía a pie hasta El
Olivar y, antes de dormir, escuchaba Ritmo Romántica.
Lo mismo hasta hoy.
Supongo que es cierto que el amor te vuelve literalmente loco.
