miércoles, 19 de marzo de 2014

Historias de combi

Antes de comenzar en el nuevo trabajo, tomé la decisión de ir en combi a la oficina, para así ahorrar plata y gasolina (siempre he sido bastante un poco roña; qué puedo decir).

No obstante, no puedo decir que me arrepienta de esta decisión, porque realmente es una aventura viajar en combi en Lima.

Todos los días pasa algo: el chibolo se sienta en el asiento reservado y no se levanta cuando sube un anciano o mujer embarazada, por lo que lo comienzan a fastidiar. La señorita con perfecta salud le exige al señor que le ceda el asiento solo porque es mujer; el señor, amablemente, se niega (pobre, está cansado) y la señora de al lado lo comienza a tildar de machista. La señora que está parada se queja con el conductor y cobrador por lo pésimo que el primero maneja y el bullying hacia ellos se extiende por todos los pasajeros.

Pero, aparte de estas y otras anécdotas, existen las que cada uno forma, como, por ejemplo, elegir quién será tu compañero de viaje.

El escenario es el siguiente: alzas el brazo para parar la combi, te fijas desde afuera si hay asientos libres (si puedes darte el lujo, porque sino subes sin importarte lo llena que esté), confirmas que sí, te subes y descubres que hay tres sitios libres en tres asientos de a dos. Sabes que solo cuentas con algunos preciosos segundos para tomar la decisión antes de que el carro se llene por completo, así que te dispones a escanear rápida y prejuiciosamente a tus tres posibles compañeros de viaje y descartas a los que, crees, no te dejarán sentarte cómodamente, te molestarán con ruidos fastidiosos o perturbarán tu paz con cualquier otra acción.

Una vez tomada la decisión, te acercas a tu próximo sitio, pides al otro viajero que te deje pasar (si fuera el caso) y acomodas tu cuerpo en el asiento, pensando que tomaste la decisión correcta y que por fin podrás descansar del largo día que has tenido, pues este viajero parece tranquilo, silencioso y llevable.


Pero te equivocaste: es pedorro.

martes, 25 de febrero de 2014

Mamina y Paparmando


La Mamina lo conoció y se enamoró de él a los 14 años, pero recién a los 16 estuvo con su amado.

Ella dice que fue amor a primera vista. Él dice que nunca había visto a una mujer más hermosa.

Se casaron en 1953 y tuvieron 6 hijos, de los que salieron 6 nietos hasta el momento.

Ahora ella duerme sola y lo extraña. Sus cuartos quedan a menos de 5 metros de distancia, pero lo extraña. Y él, cuando ella no está cerca por más de 5 minutos, comienza a extrañarla también y a llamarla.

Lo primero que hacen al despertar es pensar en el otro. Y lo último que hacen es darse un beso de buenas noches. 

Ella le dice "amor", pero él le dice "Chela". Creo que les gusta que nadie más llame al otro de esa manera, porque sonríen después de decir esas palabras de cariño.

Hace un par de meses fue el cumpleaños del Paparmando. Cuando le dijeron que le querían tomar una foto con su regalo, dijo "Chela, ven rápido". 

Hoy es el cumpleaños de la Mamina y, cuando le pregunté sobre sus regalos, dijo "yo tengo el mejor regalo desde hace años".

Definitivamente, esa es la historia de amor que quiero yo.




miércoles, 19 de febrero de 2014

Poema de miércoles

Conozco esa sensación de cuando te comienza a gustar una nueva persona: la cara se te pone idiota, el cuerpo se convierte en torpe y esa persona se vuelve hermosa (a tus ojos, porque para los demás es un bodrio).

Conoces lo que pasa cuando te ilusionas, te emocionas y te enamoras porque al fin estás con la persona que siempre quisiste: tu príncipe churro y bien dotado o tu princesa churra y, además, inteligente. Por fin piensas que tu vida no es una desgracia y que el mundo es de color rosa.

Conoce cómo se siente cuando la relación termina cuando menos te lo esperas y tú quedas hech@ mierda, pero con las ganas y la ilusión de que pronto solucionarán las cosas y de que todo volverá a ser como antes (ay, si serás ilus@) porque, a pesar de conocer el dicho “donde hubo fuego, cenizas quedan” y también el de “regresar con tu ex es como bañarte y ponerte la misma ropa”, eliges el primero porque eres así: te gusta sufrir y sentir que si una persona fue tuya en el pasado, seguirá siéndolo por largo rato.

Conocemos qué viene después de enterarte de que esa persona solo te estaba ilusionando y de que ahora está en algo con otra o con otro. Conocemos los insultos que soltamos a esos malnacidos ingratos, pero sabemos que eso no nos hará sentir ni una pizca mejor.

Conocen esa emoción de sentir que, después de estar varios meses mal (¿o fueron años?), por fin has vuelto a la normalidad con ganas de estar solter@ y de hacer lo que quieras, pero te recomiendo que de una vez vayas yendo a recoger una aguja para pincharte el globo, porque pronto empezará todo de nuevo.

Conozco, conoces, conocemos ese vacío que, por más que lo intentemos, no se llena con comida. O tal vez con dos pizzas.



* post inspirado en la historia de Gio

miércoles, 8 de enero de 2014

Para el/la niet@ que alguna vez tendré

Lo hice cuando tu madre estaba en mi panza y lo haré contigo también. Antes de que vengas al mundo, mi primer nieto, hay algunas cosas que deberías saber.

  • Serás mi nieto favorito al principio solo por ser el primero, ya que me recordarás mis años de madre primeriza. Luego mi favorito será tu segundo hermano y así sucesivamente. Si alguien te dice que los padres y abuelos no tienen un hijo/nieto favorito, ¡no les creas! Todos tenemos a un tío, primo, amigo, etc. favorito, pero todos, al mismo tiempo, deberíamos experimentar la sensación de ser la persona favorita de alguien.
  • A partir de tu cumpleaños número 13, te daré plata por tu día, así me evitaré gastar mi reducida plata en algo que usarás solo una vez o que iré directo a tu clóset (me las conozco todas, chibol@). Y, para hacerlo más entretenido, te daré la plata como si te estuviera dando droga polvo de la felicidad: en un pequeño sobre y susurrándote al oído (no queremos que los demás se pongan celosos).
  • Jugaré contigo al lonchecito, muñecas y lo que quieras, pero eso sí: si me despiertas de mi siesta, te cerraré las puertas hasta nuevo aviso. ¡Aprende a respetar, mierda!
  • Cada vez que vengas a visitarme, te daré chocolate caliente. Luego te daré sánguches mixtos. Después galletas de chocolate. Seguiré con gelatina y, finalmente, te invitaré Doña Pepa. Y más te vale no negarte a ninguna de mis ofrendas. Si estás llen@, te lo llevas en un taper. ¡Te lo llevas, dije!
  • Tendrás que tener paciencia conmigo pues, cuando llegue el momento, tendrás que repetirme las cosas tres veces en cinco minutos. Además, diré los nombres de todos los santos y siete enanos antes que decir el tuyo. Pero si me preguntas por algo que me pasó hace 50 años, te lo contaré con lujo de detalle. ¿Por qué? Bueno, lo entenderás algún día.
  • Por tu bien y por el mío (y mi sistema nervioso, porque me asustaré y sufriré, así te hayas roto la uña simplemente), espero que le hagas caso a las advertencias que te haré, como “cuidado que te vas a caer”, “abrígate que te vas a resfriar” o “no confíes en es@ amiguit@ tuyo”. Si decides ignorarme, bueno, es tu decisión, pero que conste que será muy divertido que una anciana como yo te saque cachita diciendo “¡te lo dije!”
  • No te pediré que me saques a pasear ni me regales cosas caras. Solo te pido que me vengas a visitar. Cuando alcances mi edad, te darás cuenta de lo mucho que valorarás la compañía de quienes más quieras, a menos que se pongan a hacer sonidos o comentarios estúpidos y sin sentido.

Sin más que decirte (mentira, sí hay más), me despido comentándote que en mí encontrarás una segunda mamá y podrás contar conmigo cuando quieras, pero me avisas con anticipación para que no se me cruce con el bingo, hijit@. ¡No te pases de conchud@!

miércoles, 18 de diciembre de 2013

Un año en el cielo

Hace casi un año que mi abuela paterna se fue al cielo.

Los primeros días posteriores a su partida me costaba imaginármela o, mejor dicho, recordarla sana. 

El Alzheimer, realmente, la había agotado tanto física como emocionalmente. Ya no se le veía con su pelo marrón (aunque pintado), ya no caminaba, ya casi no hablaba (solo balbuceaba), ya no silbaba, ya no subía a saludarnos diciéndonos "chiquitas preciosas", ya no miraba hacia adelante o hacia arriba, ya no sonreía, ya no cantaba. Luego, al avanzar la enfermedad, ya casi no nos reconocía ni se reconocía a ella misma.

Eso era lo que yo veía en mi mente cada vez que pensaba en mi Mamita Leti: una señora muy delgada, con dificultades para comunicarse, hablándole a su hijo como si fuera su padre, preguntando cuándo llegaba su otro hijo de Alemania y en dónde estaba su hija fallecida.

Los días pasaron y, con ellos, los recuerdos feos. Ahora, casi un año después, sigo llorando por su partida, pero al menos la recuerdo como la vi los primeros 23 años de mi vida: con el pelo negro y luego marrón, con sus uñas rojizas, con su olor de bebé recién nacido, con sus piernas delgaditas, con su rica comida y su pastel de brócoli (el mejor que he probado en mi vida), con su falda veraniega, con sus pupiletras, con sus recuerdos de su niñez y su adolescencia, con sus gritos de sorpresa, con su casaca de mil colores, con sus viajes por el mundo, con sus hijos, con su familia.

Te extraño más que nunca.



                                          




miércoles, 4 de diciembre de 2013

Loco amor

Gaby y Vicente se conocieron hace no sé cuántos años, estuvieron juntos por tampoco-sé-cuántos años y fueron mis vecinos por no-sé-la-cantidad-de años.

Lo que sí sé es que estaban enamorados.

Y lo digo en pasado porque, lamentablemente, Gaby falleció hace tres años.

Aun cuando estaba viva no los veía mucho, pero los escuchaba seguido (al fin y al cabo, los padres de Gaby le habían regalado un timbre de voz tan desesperante que uno hasta podía escuchar cuando bostezaba o estornudaba).

Escuchaba que en las mañanas ambos gritaban “¡ya va a empezar la misa!” Acto seguido, abandonaban la casa tomados de la mano. En las tardes, a la hora del lonche, sacaban el juego de tazas para tomar el lonche en la terraza. Gaby sentada y Vicente regaba las plantas mientras ambos charlaban de sus días y de la vida. En las noches, nunca entenderé cómo, salían de su casa en San Borja y se iban caminando hasta el parque El Olivar en San Isidro. Y, antes de dormir, escuchaban Ritmo Romántica en la sala.

En el velorio, Vicente no se despegó nunca de Gaby. Al día siguiente, y los días que siguieron, tampoco. Al contrario, siguió la rutina de siempre: en las mañanas gritaba “¡ya va a empezar la misa!”, en las tardes regaba las plantas hablando en voz alta sobre su día, en las noches se dirigía a pie hasta El Olivar y, antes de dormir, escuchaba Ritmo Romántica.

Lo mismo hasta hoy.


Supongo que es cierto que el amor te vuelve literalmente loco. 

miércoles, 13 de noviembre de 2013

Dos

Desubicada Producciones presenta dos historias de…

Las bellas también son bestias.

I.                     
Era viernes por la noche cuando papá se detuvo en Vivanda de Pezet para comprar pan antes de ir a la casa de la Mamina.

Yo me sentía cansada, por lo que me quedé en el carro mientras mis papás me dejaron sola en el estacionamiento. A los pocos minutos, llegó un ficho carro gris, del cual se bajó un ente más ficho aun. Lo miré, me volteé y cerré los ojos hasta que escuché que el conductor había apretado el botón para poner los seguros, pero que el carro seguía prendido (o, al menos, sonaba como si lo estuviera).

Preocupada, me disponía a avisarle al conductor que había dejado su carro prendido cuando me di cuenta de que lo que sonaba no era el motor; era el ventilador. Sin embargo, pensar esta burrada no fue lo peor.

Lo peor fue que esto no pasó cuando era chibola. Esto pasó ayer, con mi brevete en la cartera.


II.                   
Esto sí pasó cuando era chibola.

Tenía unos 12 años y estaba en la cocina de mi casa tratando de abrir un empaque de Nesquik sin ayuda de la tijera (estaba lejos y tenía flojera de caminar 10 pasos). Descartado también el cuchillo (tenía miedo de cortarme), decidí optar por lo más básico, divertido y sano: abrir la bolsa golpeando el centro con ambas manos (hazaña que aprendí de la Mamina cuando coge la bolsa del pan VACÍA y nos asusta a todos).

El –obvio– resultado fue mi cara embarrada con Nesquik y mi familia burlándose de mí.