Antes de comenzar en el nuevo
trabajo, tomé la decisión de ir en combi a la oficina, para así ahorrar plata y
gasolina (siempre he sido bastante un poco roña; qué puedo decir).
No obstante, no puedo decir que
me arrepienta de esta decisión, porque realmente es una aventura viajar en
combi en Lima.
Todos los días pasa algo: el
chibolo se sienta en el asiento reservado y no se levanta cuando sube un
anciano o mujer embarazada, por lo que lo comienzan a fastidiar. La señorita
con perfecta salud le exige al señor que le ceda el asiento solo porque es
mujer; el señor, amablemente, se niega (pobre, está cansado) y la señora de al
lado lo comienza a tildar de machista. La señora que está parada se queja con
el conductor y cobrador por lo pésimo que el primero maneja y el bullying hacia ellos se extiende por
todos los pasajeros.
Pero, aparte de estas y otras
anécdotas, existen las que cada uno forma, como, por ejemplo, elegir quién será
tu compañero de viaje.
El escenario es el siguiente:
alzas el brazo para parar la combi, te fijas desde afuera si hay asientos
libres (si puedes darte el lujo, porque sino subes sin importarte lo llena que
esté), confirmas que sí, te subes y descubres que hay tres sitios libres en
tres asientos de a dos. Sabes que solo cuentas con algunos preciosos segundos
para tomar la decisión antes de que el carro se llene por completo, así que te
dispones a escanear rápida y prejuiciosamente a tus tres posibles compañeros de
viaje y descartas a los que, crees, no te dejarán sentarte cómodamente, te molestarán
con ruidos fastidiosos o perturbarán tu paz con cualquier otra acción.
Una vez tomada la decisión, te
acercas a tu próximo sitio, pides al otro viajero que te deje pasar (si fuera
el caso) y acomodas tu cuerpo en el asiento, pensando que tomaste la decisión
correcta y que por fin podrás descansar del largo día que has tenido, pues este
viajero parece tranquilo, silencioso y llevable.
Pero te equivocaste: es pedorro.


