sábado, 21 de agosto de 2010

Sin título


Había tenido dolor de panza desde hacía varios días que no tardaron en convertirse en semanas. De hambre no era, de eso estaba segura. ¿De tensión? Quizás. ¿De estrés? Probablemente. ¿De alguna infección? No podía confirmarlo, pero podía ser. Después de descartar varios posibles factores, me iluminé. ¿Y si el dolor se debía a lo que más temía? ¿Y si alguien, a mis 20 años, desubicada y desempleada, estaba creciendo dentro de mí? “No –pensé–. Imposible. No siento fatiga, ni náuseas, ni vértigo ni otros síntomas típicos de la palabra que por este momento no me atrevo si quiera a escribir. Pero ¿y si soy la excepción? ¿Y si puedo estarlo aun sin presentar todos esos síntomas? ¿Y si el brother de arriba se quedó picón porque alguna que otra vez lo puteé y ahora quiere vengarse de mí?” Suplico y resuplico que este dolor de panza se vaya ya o que descifre de una buena vez a qué se debe antes de perder el control. Y siguiendo los típicos ejercicios para mantener la calma, inhalo y exhalo unas 20 veces hasta que me “tranquilizo” y me decido a comprar, por primera vez en mi vida, un test de (lo haré lento) em…ba…ra…zo.

Sin decirle ni una palabra a alguien, salgo veloz de mi casa rumbo a la farmacia, con el corazón latiendo a mil por hora y el cuerpo temblando como si tuviera principios de epilepsia. Llego en 5 minutos y regreso en 20, porque con los nervios con las justas he podido movilizarme. Me dirijo al baño, cierro la puerta bruscamente, me siento en el trono, expulso unas cuantas gotas, cierro los ojos suplicando por ver un signo negativo en lugar de uno positivo y espero durante los 5 minutos más largos de mi vida. Al abrir los ojos con la mayor dificultad posible, me doy con la peor sorpresa de toda mi vida: el maldito signo es positivo.

“Embarazada. Estoy embarazada. Embarazada estoy”. Repito esta frase varias veces y de distintas formas en mi mente, pero sé que el significado es el mismo. Entro en pánico. ¿Qué carajo voy a hacer con mi vida? ¿Cómo se lo digo a mis papás y al flaco? ¿Cómo voy a mantener al critter? Sin encontrar una respuesta a estas incógnitas, salvajemente abro la puerta del baño y corro a mi cuarto con el propósito de meter todas mis cosas en una maleta y desaparecer de esta vida y pasar a otra junto a mi critter, donde no tenga que darle ninguna explicación a nadie y nadie, a su vez, me moleste.

Y justo cuando logré cerrar la maleta, cuando planeé a dónde dirigirme, cuando estaba a punto de enfrentar a mi madre que violentamente golpeaba mi puerta preguntándome qué rayos pasaba, abrí los ojos y desperté.

miércoles, 11 de agosto de 2010

A sonreír se ha dicho


¿Cuántas veces hemos escuchado o leído las famosas frases cliché? “Las cosas pasan por algo”, “todo va a estar bien” o “el que no arriesga, no gana’’ son, en mi caso, las más sonadas. Y hasta hace no mucho, automáticamente las palabras métete tu cliché por el culo se unían en mi mente cada vez que escuchaba o leía alguna de estas frases. Pero a mi pesar, me di cuenta de que, por más que estas malditas frases sean de lo más cursis, son, a su vez, tan increíblemente ciertas que se vuelven parte del fenómeno «es tan malo que ya es bueno».

¿Y cómo funciona dicho fenómeno? Simple:

1) Repudias la frase cliché apenas la escuches o la leas
2) Te sucede algo que te hace relacionar el evento con la frase cliché, dándote cuenta de que es completamente cierta
3) La frase cliché se vuelve parte de tu vida, haciendo que la relaciones con diversos eventos de tu día a día.

Y es que, como dice otro conocidísimo cliché, muchas personas necesitamos «ver para creer». Sí, ya sé que no se pueden ver los clichés, pero se sienten, de alguna u otra manera. Es como cuando tu amigo te dice que puede doblar hacia atrás el pulgar hasta tocar su brazo, y tú, de lo más incrédulo, juras y rejuras que no es capaz de hacerlo, que te está metiendo el floro de su vida, sólo para que tu amigo haga la acción y te cague en una.

El otro día (o sea, hace semanas) tuve un problema personal que me dejó hasta las huevas, moqueando por todos los rincones de la casa y con tendencias suicidas (mentira, nunca tanto). Necesitaba inspiración, motivación, estimulación y demás sinónimos que terminan en ación. ¿Y saben qué fue lo que al final me hizo despertar de mi estado de coma? Sí: el maldito cliché. Aquel que dice que “todo va a estar bien” y que, si te lo dicen de la forma correcta, a pesar de que el mundo se esté cayendo en pedazos, funciona a la perfección porque te lo crees desde la T inicial hasta la N final. Pero ese día, además de percatarme de lo poderosas que pueden llegar a ser las frases cliché, reparé algo más poderoso aun: la sonrisa. Porque no sé ustedes, pero para mí la sonrisa lo puede (casi) todo, sobre todo transmitir emociones o lo que uno está pensando en el momento.

Dicho aquello, me tomé el tiempo de revisar cada una de las fotos que tengo guardadas en mi laptop, buscando algún mensaje que haya logrado transmitir con tan solo despegar mis labios y abrir mi boca. Y esto fue con lo que me topé:

- “Caballo, eres el amor de mi vida”


- “Mírame. Aprecia mis sombras…y de paso mi sonrisa”


- “Parezco feliz, pero por dentro estoy maldiciendo el maldito frío”


- “¡Qué emoción! ¡Estoy mojada!”


- “Vine aquí porque no tenía otra cosa más que hacer”


Díganle a su mejor amigo(a) que lo(a) quieren a horrores, díganle a papi que lo extrañan mientras está en el trabajo, díganle a mami que nadie cocina mejor que ella, díganle a la hermana lo mucho que la admiran, a la pareja lo mucho que les gusta, al perro un «gracias» por acompañarlos siempre. Cojudeces o coherencias, no dejen de decir las cosas con una sonrisa. Se sorprenderán el efecto que puede provocar en los demás.

Los dejo con unas frases que encontré web-eando sobre la sonrisa. Tomen nota, por favor.

- “La sonrisa cuesta menos que la electricidad y da más luz”.
- "Comienza tu día con una sonrisa y verás lo divertido que es ir por ahí desentonando con todo el mundo".
- “Una sonrisa no cuesta nada, pero vale mucho. Enriquece a quien la recibe, sin empobrecer a quien la da. Dura solo un instante, pero el recuerdo de esa sonrisa dura para siempre”.
- “Sonríe siempre, aunque sea una sonrisa triste, porque más triste que una sonrisa triste, es la tristeza de no saber sonreír”.

jueves, 5 de agosto de 2010

La pequeña desubicada


Post dedicado a mi infancia, a mi inocencia, a mi ingenuidad, a mi estupidez y a la niña que aún alberga en mí.

El martes pasado, conversando con Diego, confesamos anécdotas, experiencias, secretos, frases, palabras, y todo lo demás que nos haya marcado durante nuestra infancia. Empecé confesándole que de pequeña solía ver las típicas novelas mexicanas, que me alucinaba ser la protagonista de las mismas y que, obviamente, lloraba a mares cada vez que las veía. Me alucinaba también ser una actriz y cantante de pop tan famosa que me alucinaba ganar todos los premios de todas las premiaciones existentes y salir a la calle, que la gente me reconociera y me pidiera autógrafos. Le confesé también que me gustaba jugar con las barbies y crear mis propias historias: que Barbie se fue de compras, que Barbie conoció a su príncipe azul llamado Ken, que Barbie se casó con Ken y tuvieron a Barbicita y a Kensito, que Barbie lleva a los bebés al doctor, que Barbie y Ken viven felices para siempre y colorín colorado.

Como el tema me dejó intrigada y pensativa, ese mismo día, camino a mi dulce hogar, hice un buceo cerebral, buscando otros recuerdos que hayan marcado mi infancia. Después de varios minutos taladrando mi cerebro, pude recordar dos experiencias que marcaron mi niñez (y que alguna vez fueron motivo de burla durante los viernes de la Mamina, en donde tomaron lugar) y algunas frases y conductas célebres de mi infancia:

- A los 2 años, aproximadamente, me encontraba en el comedor buscando con qué entretenerme cuando me percaté del cadáver de una cucaracha en el piso. Después de hacerle saber a los demás mi gran descubrimiento, mi tío Armandi me dijo algo que me marcaría hasta el día de hoy: “¿Sabías que las cucarachas son riquísimas con chancaca?”. Yo, toda ingenua, recuerdo perfecto ir a la cocina, abrir la refrigeradora, sacar la chancaca, regresar a la sala, agacharme y estar a punto de echar la chancaca a la cucarachita. Obviamente, me detuvieron antes de hacerlo, pero hasta hoy me pregunto si de verdad las cucarachas son ricas con chancaca.
- A los 3 años, aproximadamente, me encontraba en la sala, con mamá y Mamina al lado. “Mami, ¿juegas conmigo?”, pregunté. “Ahorita no, hijita. Estoy hablando con la Mamina”, respondió mamá. “Pero no tengo nada que hacer, mami”. “Anda a comprar papas donde el chino”, respondió mi señora madre, sin percatarse de que su pequeña hija entendería sus palabras al pie de la letra: me levanté del piso, me acomodé mi vestidito con bobos y mis zapatitos de charol, bajé las escaleras, abrí la puerta y salí a la calle, determinada a cumplir con el encargo de mamá, con dirección a la bodega de la esquina del chino (¿se han dado cuenta de que {casi} SIEMPRE hay una bodega en la esquina de su casa y {casi} SIEMPRE el dueño es chino?). Después de pocos segundos de caminar y de que mamá en casa soltara un «¡¿dónde se ha metido esta niñita del demonio?!», me encontraron a pocos pasos de la casa, mamá preguntándome adónde me dirigía y yo respondiendo, simplemente, «a comprar papas donde el chino».
- Recuerdo ir todas las mañanas al cuarto de mis papás a ver Nubeluz con mamá, mientras papá se bañaba, y desear ir algún día a su programa.
- Recuerdo que no me gustaba Yola Polastri, pero que me gustaba verla porque anhelaba ser una de sus burbujitas.
- Recuerdo que me fascinaba El narrador de cuentos, a pesar de que algunos cuentos me daban pesadillas luego.
- Recuerdo tener una pelota morada del Coronel Sanders (el viejito de KFC, para los incultos) y creer firmemente que la pelota era mágica, puesto que cada día “alternaba caras” (si la pelota estaba derecha, veía al Coronel Sanders; si estaba al revés, veía una especie de monstruo).
- Recuerdo que cada vez que compraba helado, me lo untaba en los labios como si fuera lápiz labial, y le preguntaba a papá, toda coqueta, «papi, ¿te gustan mis labios?»
- Recuerdo que me encantaba tanto Cebollitas que no me lo perdía ni una sola vez, que me empecinaba en no salir o hacer otra cosa hasta que no acabara la serie y que me sabía todas las canciones al pie de la letra (Olé-ola (x3), ¡Cebollitas, sí!).
- Recuerdo hacer el primer papelón consciente de mi vida, a los 9 años, estando en D’nnos Pizza: preguntarle al mesero si tenían chicha morada y que, ante la cara de burla de este, mi papá me preguntara «¿no quieres wantán también?».

Taladrando un poco más mi cerebro, recordé los juguetes que tenía, que tanto me gustaban, y me preocupé al desconocer su paradero. Así que llegué a mi casa y comencé a interrogar a mamá:

- Má, ¿dónde está mi conejo que roncaba?
- Se regaló.
- ¿Y mi muñeca que daba volantines y que tenía…?
- Se regaló.
- ¿Y mi peluche de perro que…?
- Se regaló.
- ¡¿Quéee?! ¡¿Acaso ya no quedan más juguetes de mi infancia?!
- Ay, hijita, no sé. Fíjate en el cuarto de Arianna. Ahí debe haber algo.

Asustada y traumada, corro al cuarto de Arianna y me dispongo a revisar centímetro por centímetro su clóset, en busca de algún juguete o de algún recuerdo de mi niñez.

Y no se imaginan la decepción que sentí al encontrar no más de ocho recuerdos en aquel rincón de madera. Sentí vacío, sentí que me habían quitado una parte de mi vida y sentí tremendo egoísmo al desear, por un momento, que mis adorados juguetes regresaran a mí y que huyeran de las manos del niño o niña que ahora los tendría en su poder. Pero aterricé, y recordé que, en muchos casos, cuando uno da, siempre recibe algo a cambio tarde o temprano.

Si por casualidad se quedaron con las ganas de saber sobre los pocos recuerdos (materiales, vale decir) que pude encontrar, no se preocupen que aquí están las fotos con una pequeña descripción. Disfruten.

1) Así como papá tenía un cajón repleto de herramientas, yo tenía las mías de Plaza Sésamo, y juraba y rejuraba que con ellas podía construir un palacio para mis princesas.


2) Mi mini proyector de Plaza Sésamo y mi Gusano iluminado. El primero contiene una canción de cuna (que aún suena y que casi me produce lágrimas cuando lo escuché por primera vez después de más de 15 años) y una especie de película que se proyectaba a las paredes de mi cuarto y mostraba diferentes imágenes de los personajes de Plaza Sésamo; el segundo era mi muñeco para dormir, al que apretaba en la pancita y se iluminaba su carita.


3) Los componentes (o mobiliarios, como dijo mi madre) para la casa. Tenía el televisor, la sala de estar, la cómoda, el sofá, el radio. Todo lo que en ese entonces albergaba en mi casa lo tenía yo en tamaño miniatura y creaba, como mencioné antes, mis propias historias con Barbie y adorado su Ken. También tenía la cocinita, que compartía con mi hermana Andrea y todos los días soltaba la típica frase: “Mami, ¿qué quieres comer hoy?”


4) Mi lego. Carajo, ¡cómo me gustaba el lego! Miraba las imágenes y me proponía a hacer exactamente las mismas figuras. Y las volvía a armar una y otra vez por diversión (o aburrimiento, quizás). Creo que también deseé alguna vez ser la niña de la foto. Anhelé aparecer en una foto como aquella, junto con todas mis construcciones.


5) Mis cuentos de Disney y los rompecabezas. Siempre me gustó leer, desde chiquita, y todos los días leía (nunca nadie me leyó) uno nuevo, hasta acabar todos los de una colección, para luego volver a empezar. Pero los rompecabezas eran lo que más me gustaba. Hasta me atrevo a decir que eran mi actividad favorita. Podía pasarme todo el día uniendo las piezas y, al igual que con los legos, al terminar uno, lo desarmaba y volvía a empezar.


Como me quedé con ganas de compartir con ustedes algunas fotos, revisé detenidamente mis álbumes y escogí las relacionadas a lo comentado en este post. Vuelvan a disfrutar.

1) Amaba los regalos, por lo que mis cumpleaños y Navidad eran mis fechas favoritas de todo el año. Me despertaba ansiosa al amanecer, esperando que mis papás dejaran de roncar para poder destrozar el papel de regalo y descubrir lo que escondían. En esta foto cumplía 4 años y mi cara de emoción es innegable. ¿Materialista yo? Jamás.


2) Como me alucinaba cantante y, además, bailarina, me gustaba soltar gallos y mover el esqueleto frente a la familia. Mis ídolas fueron alguna vez las Dalinas, para luego pasar a ser Shakira y Britney Spears.


3) “Mami, ¿qué quieres comer? Tengo pizza, hamburguesas, lasagna, pollo, papas fritas, ¡uf! Y no te preocupes, ¡yo lavo los platos!”


4) ¿Se acuerdan que anhelaba tener una foto con mis legos? Pues, al parecer, mi sueño se hizo realidad.

Y colorín colorado, esta entrada se ha acabado. Lamento desde el fondo de mi ursulino ser si los aburrí en algún momento con la entrada más larga en la historia de este blog. Lo peor, queridos desubicados, no es que alguna vez haya hecho o dicho todo lo que han leído ni el hecho de que se los esté contando en este momento pensando que esto es de su interés, es el hecho de admitir que aún cometo varios de estos delitos. Espósenme, por favor.

miércoles, 30 de junio de 2010

La vida te da sorpresas... y mis dotes de baile también


No sé por qué, pero hoy quise hacer las cosas de manera distinta. Decidí no redactar ni pegar fotos. Esta vez, decidí colgar un video mostrando mis dotes de bailarina (porque dotes tienen todos, gente, solo que a su manera) y reírme un poco de mí misma, cosa que nunca cae mal.

Este es un video que se remonta al cumpleaños de mi adorado padrino (sí, el que me llevó a Europa y me hizo conocer el paraíso. ¡Danke, tío!) el 17 de febrero del 2010. En él, se aprecia que 1) mi familia es tan sana que solo toma agua e Inca Kola, 2) mi tío Paulo me lleva más de dos cabeza, razón por la cual es casi un esfuerzo sobrehumano el darle una vuelta (0.04), 3) soy tan descoordinada que no puedo seguir los ritmos de una simple salsa (0.28), 4) de acuerdo a la pregunta de Carlos Vives (¿me lleva él o me lo llevo yo?), en este caso, me lleva él, 5) al final, terminé aprendiendo la lección de baile con Paulo. Hurra para mí.



Otro video, otra lección de Paulo, otro aprendizaje de Alessandra. Aunque me he dado cuenta de que todavía tengo que aprender a 1) llevarlo yo de vez en cuando, 2) mirar a mi pareja de baile, aunque esta me lleve más de dos cabezas y luego me produzca tortícolis (0.01-1.27), 3) no ver los pies de mi pareja y simplemente dejarme llevar (0.24), 4) buscar la manera de darle la vuelta a mi pareja, sin importar cuántos centímetros (o metros) de más mida (0.36). Pero por encima de todo, y después de haber visto ambos videos, ¿QUIÉN ME DICE QUE NO PUEDO BAILAR? -sí, ya sé: sin comentarios.

martes, 15 de junio de 2010

¡Ubícate, desubicada!


“¿Por qué Habla, desubicada, ah? ¿Por qué no te ubicabas en Europa y ahora quieres hablar sobre eso?”, me pregunta Denise. “Sí, en parte”, le respondo. Pero me quedo pensando en cuál es la otra parte; por ello, recurro a la famosa RAE.


DESUBICADO, DA

1. Dicho de una persona: Que no se comporta de acuerdo con las circunstancias y hace o dice cosas inoportunas o inconvenientes.

DESUBICAR

1. Situar a alguien o algo fuera de lugar.

2. Dicho de una persona: Perder la orientación y no saber dónde se encuentra o qué dirección tomar.


En mi caso, hacer y decir cosas inoportunas o inconvenientes y perder la orientación y no saber dónde me encuentro o qué dirección tomar se han vuelto como mi trademark. Y para el deleite de todos, he aquí unos cuantos ejemplos* que lo comprueban.

- Soy tan desubicada que el 80% de las veces no sé dónde estoy; tengo que tomarme unos minutos para no entrar en pánico. Y no, ni siquiera me ubico si es que estoy relativamente cerca a mi casa, como en el Pentagonito, en donde una vez le pregunté a un extranjero (sin saber que era uno, claro) cómo llegar a Aviación. Y a Aviación llegaba solo caminando de frente.

- Soy tan desubicada que le pedí a 3Monos publicar mi blog en su perfil de Facebook, recibiendo como respuesta lo siguiente: “Desubicada, nosotros encantados de promocionar tu blog, pero, según vemos, no eres seguidora del programa”. ¿Eso era un requisito? ¡Ups!

- Soy tan desubicada que una vez le pregunté a mi profesora de Religión de colegio (católico, dicho sea de paso) por qué no hablábamos de temas más interesantes, como el diablo y el aborto. No me castigaron, pero la expresión de la profesora Tió quedará marcada por el resto de mi vida.

Y soy tan desubicada que mando a la mierda mi urgente lectura de Globalización para escribir esto, con la intención de que esta desubicada comience a ubicarse. O quizás no.


* En realidad, los ejemplos son infinitos, pero estos son, creo yo, los más destacados y los que resaltan mi divina cualidad.
** Aviso a la comunidad: Si algún día me comporto como una completa desubicada en tu presencia, házmelo saber, así lo agrego a mi memoria y a la lista y, quién sabe, quizás un día entro a la lista de los récord Guiness.
*** Pregunta para los lectores: ¿Llegaré a ser tan desubicada como esta señora algún día?

jueves, 20 de mayo de 2010

¿Quién la culpa?


A escasos días de entrar a la segunda década de mi vida, me puse a pensar en mi infancia, primero, y en mi adolescencia, después. Comparé los cambios por los que pasamos los jóvenes al salir del mundo colegial para ingresar al completamente distinto mundo universitario. Me cagué de risa, extrañé algunos aspectos y repudié algunas actitudes.

• El horario y desplazamiento de horas: de irse a dormir a las 10 p.m. a lechuzar hasta las 4 a.m.; de igual manera, de madrugar a las 6 a.m. a marmotear hasta las 11, 12 o 1, en casos extremos, como yo. De este modo, se rompe la rutina de las siete horas colegiales de 8 a.m. a 3 p.m. y se da la bienvenida a la libertad universitaria de horarios: el alumno elige en qué parte del día quiere tener clases y, lo mejor de todo, elige el profesor que se adecúe con su personalidad –si te toca el peor, fue tu culpa, ¡huevón!

• Movilidad: de ser llevada en el carro de papi a llevar el carro de papi, porque papi te regaló el suyo y se compró uno mil veces mejor que la carcocha que ahora es tuya. En el caso contrario de que hayas sacado el dichoso brevete, ingresas al mundo de las combis y de los taxis, si cuentas con más sencillo, y te conviertes en un ave de corral.

• Las fotocopias: mientras que en el colegio los tan lindos profesores nos obsequian, con mucho amor, las fotocopias, en la universidad estos seres humanos voltean el tablero, obligándonos a sacar copias no solo para los exámenes, sino también para prácticas, tareas y otros. Algunos son generosos y solo exigen un máximo de 20 páginas por evaluación; otros son desgraciados y exigen 300 páginas por evaluación, como mi profesor de Fundamentos de Publicidad.

• Frecuencia de salidas, permisos y hora de regreso: en el colegio, uno espera ansiosamente (y desde el lunes) el fin de semana para gritar «¡viva la libertad!», como la canción de Nubeluz. En la universidad, no esperas el fin de semana para salir y poder hacer lo que se te dé la reverenda gana: sales desde el mismo lunes y eso está “bien”. ¡Ah! Y si ves a alguien con apariencia de mapache u oso panda por las ojeras, no es que se haya madrugado estudiando o leyendo, no, no (no seas ingenuo tampoco), es por la rica juerga o la salida con la pareja o amigos que se pegó ayer. Asimismo, el “mamá, ¿PUEDO ir al cine?” se convierte en “mamá, VOY a ir al cine” y el “papá, ¿me recoges a las 9 p.m.?” se convierte en “papá, vengo a las 3 a.m.”.

• Soborno: arte que el alumno aprende (o perfecciona) en la universidad para conseguir de los profesores lo que quiere usando sus encantos y desencantos. Esto incluye la petición para recortar las lecturas, desplazar el examen, subir notas e infinitas cosas más.

• Vocabulario: en el colegio existe el roche para hablar sobre ciertos temas e incluso mencionar ciertas palabras. Y los principales ejemplos que se me vienen a la mente en este momento son ya sabes qué, pipilín y cuchi. Nada de eso, causita. En la universidad, “las cosas como son”, como el slogan de Sprite. Sexo, pene y vagina, ¿ok?

• Preparación a futuro: este es un cambio corto (en el sentido que no necesita mucha explicación), pero preciso. El colegio te prepara básicamente solo para los cinco años que te esperan en el mundo universitario; la universidad, para el resto de tu vida.


Nota: este texto se ha escrito basándose en la experiencia de la autora de este blog y de sus conocidos. Ambos dejaron la época colegial hace casi 3 años, por lo que el escrito puede a) identificarse con muchas o muy pocas personas, b) sonar a pura mierda, porque, definitivamente, la juventud de ahora no es la misma que la mía. Y quién la culpa.

miércoles, 19 de mayo de 2010

Bienvenido al resto de tu vida (Efectos secundarios)


Normalmente escribiría esto dentro de Un no sé qué, que qué sé yo, pero el texto es tan largo y tan jodidamente alucinante que decidí darle su propia entrada. Ahí les va.

"La verdad es que no importa si te has muerto una o dos veces o ninguna. Siempre estás empezando de nuevo. En el fondo, no hay nada que hacer: siempre tendrás 18, porque eres joven solo una vez, pero inmaduro para siempre. No hay instrucciones para cumplir 30, pero si las hubiera serían estas:

- Haz una lista de todo lo que no te gusta de ti y luego tírala. Eres el que eres y, después de todo, no es tan malo como lo imaginas un domingo de cruda.

- Tira el equipaje de sobra. El viaje es largo. Cargar no te deja mirar hacia adelante y, además, jode la espalda.

- No sigas modas. En 10 años, te vas a morir de vergüenza de haberte puesto eso, de todas maneras.

- Besa a tantos como puedas, deja que te rompan el corazón, enamórate, date en la madre y vuelve a levantarte. Quizás hay un amor verdadero; quizás no, pero mientras lo encuentras, ¿lo bailado quién te lo quita?

- Come frutas y verduras, neta. Vete acostumbrando a que no vas a poder tragar garnachas toda tu vida.

- Equivócate, cambia, intenta, falla, reinvéntate, manda todo al carajo y empieza de nuevo cada vez que sea necesario. De veras, no pasa nada; sobre todo si no haces nada.

- Prueba otros sabores de helado, otras cervezas, otras pastas de dientes. Arranca el coche un día y no pares hasta que se acabe la gasolina.

- Empieza un grupo de rock (¿por qué no?), toma clases de baile, aprende italiano, invéntate otro nombre, usa una bicicleta. Perdona, olvida, deja ir.

- Decide quién es imprescindible. Mientras más grande eres, más difícil es hacer amigos de verdad y más necesitas quien sepa quién eres sin que tengas que explicárselo. Esos son los amigos. Cuídalos y mantenlos cerca.

- Aprende que no vas a aprender nada. Pero no hay examen final en esta escuela, ni calificaciones, ni graduación ni reunión de exalumnos, gracias a Dios.

Felices 30, viejo. Bienvenido al resto de tu vida".