jueves, 23 de febrero de 2012

Crecer

Hace un par de días, leí en Tumblr un post que me dejó pensando en ello hasta que me fui a dormir porque me puso en modo nostálgico elevado a la máxima potencia.

Léanlo, a ver si a ustedes les pasa lo mismo.

Las paletas se convierten en cigarros; las inocentes, en putas. La tarea va a la basura. Los celulares se usan en clase. ''Suspensión'' se convierte en ''expulsión''. El refresco se convierte en vodka. Las bicicletas se vuelven carros. Los besos se convierten en sexo.


¿Recuerdas cuando viajar volando significaba columpiarte en el parque? ¿Cuando "protección" significaba ''usar casco''? ¿Cuando lo peor que podías obtener de un niño eran piojos?



Los hombros de tu papá eran el lugar más alto del mundo y tu mamá era tu héroe. Tu peores enemigos eran tus hermanos. Los problemas de velocidad eran causados por quien corría más rápido. "Guerra" era sólo un juego de cartas y la única droga que conocías era la medicina para la tos. El dolor más fuerte que sentías era tus rodillas raspadas y "adiós" era sólo hasta mañana.



Y no pudimos esperar a crecer.

viernes, 17 de febrero de 2012

¿Quién eres?


Recuerdo que mi profesora de religión en el colegio nos preguntaba de vez en cuando quiénes éramos. La mayoría decía su nombre y que era humana, pero ella nos respondía individualmente con un “no te pregunté cómo te llamas ni qué eres; te pregunté quién eres”.

Dos palabras y, aun así, es una de esas preguntas que parecen sencillas de contestar pero que, cuando las quieres responder, no sabes cómo ni por dónde empezar. Te quedas en silencio y tratas de encontrar una respuesta lo antes posible. Como eso no ocurre, te desesperas y comienzas exclamar una y otra vez “¡¿QUIÉN CARAJO SOY?!”

Yo no sé si tenga la respuesta adecuada para semejante pregunta (y dudo que exista una respuesta correcta), pero creo que la próxima vez que me pregunten eso responderé lo siguiente:

- Soy de las personas que pierden su madurez cuando ven un plástico con burbujas para reventar (ni puta idea de cómo se llama), sus juguetes favoritos de critter o los dibujos animados que veían siempre en su infancia (Nickelodeon de los 90 siempre me pondrá la piel de gallina por la emoción).

- Soy parte del grupo que camina con capucha, las manos en los bolsillos y la cabeza abajo y no es emo (o bueno, no siempre), se sumerge en su propio mundo cuando se pone los audífonos y le sube el volumen a la música, alucina que está en un videoclip o en pleno Unplugged para MTV y se emociona tanto con una canción que no se da cuenta de lo alto que está cantando hasta que alguien se le acerca y le pide, “amablemente”, que se calle la boca (me pasó la semana pasada en el gimnasio).

- Soy de las que hacen sonidos y movimientos raros cuando están aburridas, las que hacen comentarios de la nada y fuera de lugar en cualquier momento, las que rajan cuando no tienen nada más que hacer, las que creen que una acción vale más que mil palabras, las que sonríen a pesar de estar muriendo por dentro y las que se desmoronan en la puerta que cierra el baño (porque siempre es en esta puerta).

- Soy quien acosa (otra forma de decir “stalkea”) de pies a cabeza al chico que le gusta, quien se interesa por las cosas que a él le interesan, quien se hace amiga de sus amigos y quien, por hacerse la buena gente, termina haciéndose amiga, además, de la flaca que le gusta (enciérrenme por cojuda).

- Soy de aquellas que prefieren reuniones en casas que ir a discotecas y una chicha helada a un trago, que recuerdan lo bonito que es estar en casa cuando comen comida casera, que responden con oraciones sarcásticas a preguntas estúpidas, que no pueden decir “no” más de una vez y que quieren escribir hasta que sus dedos pierdan toda movilidad.

Creo que ya lo descubrí: soy el resultado de varias características y diferentes personas.

Y tú, ¿ya sabes quién eres?

domingo, 29 de enero de 2012

Si tan solo una cosa hubiera sido distinta


Fue en el quinceañero de Mary Gaby –compañera de la promoción–, un día de julio del 2005.

Había ido con Ximena, mi mejor amiga, y otras amigas más. Y en el cumpleaños, aparte de la gente de mi colegio, sólo conocía a Angelo, el primo de Mary Gaby, quien había llevado a un amigo suyo de la promoción, Daniel.

Esa noche, Daniel y Ximena intercambiaron números y correos. Y al día siguiente iniciaron la típica rutina que dos personas realizan apenas se conocen y tienen cierto interés entre sí: se llaman a cada rato, se mandan mensajes de texto y conversan vía chat por mínimo tres horas, hablando de todo y de nada a la vez.

Después de algunas semanas (o días, no sé) y por un motivo que hasta ahora desconozco, poco a poco Daniel dejó de hablar con Ximena y comenzó a hablar conmigo iniciando la misma rutina, la cual duró hasta el 14 de febrero del año siguiente, fecha en la que Daniel se me declaró y yo lo rechacé por Ximena (porque, aunque ella nunca lo aceptó, yo sabía que, en algún momento, Daniel le gustó, y ese era motivo suficiente de mi parte para no estar con él, a pesar de lo mucho que me gustaba).

Sin embargo, luego de hablar con Ximena seriamente y de recibir su “bendición”, Daniel volvió a intentarlo conmigo siete meses después (sí, el pobre muchacho me tuvo que esperar una eternidad). Esa vez, le dije que sí y empezamos una relación que terminó, irónicamente, siete meses después.

Sé que no se puede regresar al pasado, pero, en muchas ocasiones, mi imaginación comienza a volar y me imagino qué hubiera pasado si no hubiera ocurrido tal evento, si hubiera tomado otra decisión, dicho otra cosa o actuado de distinta manera.

En este caso, si Daniel y yo no hubiéramos terminado luego de los siete meses, si Ximena nunca me hubiera dado la “bendición” para poder estar con él, si Daniel no me hubiera esperado esos siete meses, si yo no le hubiera dicho que no ese 14 de febrero, si él y yo no hubiéramos iniciado esa rutina, si Daniel nunca hubiera dejado de hablar con Ximena, si Ximena y Daniel nunca hubieran intercambiado información, si Daniel no hubiera ido al cumpleaños, si yo hubiera conocido a algún amigo más o si no hubiera conocido a Angelo, si Mary Gaby nunca me hubiera invitado a su quinceañero, si yo no hubiera estado en mi colegio.

No me quejo de mi vida (no la mayoría del tiempo, al menos), pero me es inevitable pensar en cómo podría ser mi vida ahora si tan solo una cosa hubiera sido distinta.




Nota: este post estuvo inspirado en la película El efecto mariposa y en el siguiente video:

domingo, 22 de enero de 2012

Cómo sobrevivir a tu primera clase de surf


Por cosas de la vida, me ofrecieron chamba como redactora de crónicas en una revista cultural gracias a mi blog. Por supuesto, acepté en seguida (yo haría esta chamba gratis, pero que te paguen por hacer lo que te apasiona es uno de los mayores placeres de la vida).

El día en que me reuní por primera vez con la gente de la revista, ellos ya tenían la primera actividad para mí: tomar una clase de surf con un instructor de la academia Tablas para Cristo y luego redactar la crónica promocionando la academia de dicho deporte.

Cuando Jimena, la chica que me contactó, terminó de hablar, sólo atiné a sonreírle a todos los presentes y a contestar que estaba más que dispuesta a hacerlo. Pero había tres “pequeños” detalles de los que me percaté al regresar a mi casa: 1) no sé nadar, 2) no me gusta la playa y 3) sin lentes soy inservible. Sin embargo, mandé a la mierda todo eso y me dije a mí misma, mismo meme, “reto aceptado” (ya sé que en castellano suena horrible, pero no me gusta usar spanglish).

Una semana después, el gran día había llegado. Me desperté a las 9 am, desayuné, me cambié, preparé mis cosas y me despedí de mi madre con un beso en su mejilla izquierda. La reacción de ella fue “no te olvides, hijita, de decirle al instructor que no sabes nadar y que no te pueden alejar mucho de la orilla. ¡No te vayas a ahogar!” Gracias, madre, por ponerme más nerviosa de lo que ya estaba, por tener confianza en mí y por subirme la moral. Eres un primor.

Casi 20 minutos después, me encontraba en el taxi con Jimena y Beto camino a la playa para encontrarnos con Piero Chiappe, el instructor de surf. Luego de media hora –porque nos demoramos la vida en encontrar la playa Sombrillas, porque esperamos a que Piero terminara con su anterior clase y porque ayudé a Jime con la difícil tarea de ponerse un wetsuit por primera vez (del cual puso la parte del brazo en su pierna)– y terminado el calentamiento, ya estaba “lista” para entrar al agua después de meses.

Cogí la tabla y me acerqué a la orilla. Apenas lo hice, sentí un enredo de algas, piedras que me lastimaban los pies y desperdicios a mi alrededor, y recordé que precisamente por esos motivos (y porque no me gusta terminar con arena en todos los orificios de mi cuerpo) es que no voy a la playa.

Caballero nomás, seguí avanzando torpemente (y me di cuenta de que hasta un perro nada mejor que yo) hasta llegar a la altura de donde estaba Piero –demorándome el triple de lo que se había demorado él–, quien me dijo “ya, Ale, hoy te voy a enseñar a avanzar, retroceder y girar en la tabla estando echada y sentada y luego, con suerte, a pararte en la tabla. ¿Estás lista?” “No, coño, quiero irme a mi ca—Sí, empecemos”, respondí muerta de miedo, pero con ganas de dominar la tabla.

Después de media hora y de infinitos (pero silenciosos) “Piero, estoy cansada”, “Piero, no tengo aire”, “Piero, regresemos a la orilla”, decidí que esa pinche tabla no me iba a vencer, así que me aguanté el dolor en mis brazos y perseveré (imaginando que la tabla era el flaco al que le tengo ganas).

Luego de otra media hora, la clase había llegado a su fin con una Alessandra con músculos adoloridos, pantorrillas quemadas, litros de agua en los pulmones y los ojos rojos por la sal, pero satisfecha consigo misma por haber tenido una clase de surf sin saber nadar y no haberse ahogado en el intento.

¿Cómo? A continuación, cuatro tips esenciales para aquellas personas que cuenten con mi situación:

- Hacer calentamiento por 5 minutos antes de entrar al agua –sus músculos se lo agradecerán luego.
- Agarrarse de la tabla (o del instructor) apenas caigan de esta y esperar a recuperar el aire antes de volver a subir.
- Mover las piernas desenfrenadamente –eso hará que no desaparezcan bajo el agua.
- No desesperarse y disfrutar de la experiencia.


Así fui vestida a mi clase de surf: como DT de equipo de fútbol de menores de segunda división

martes, 10 de enero de 2012

Infaltables


Los infaltables son aquellas personas que siempre están presentes en un grupo determinado de amigos, incluso en la familia. Sin ellos, el grupo no marcha, pues ellos son, como dice Manny en La era de hielo 2, “la cosa pegajosa, chiclosa, que mantiene a todos unidos”.

Claros ejemplos de los infaltables:

• El/la papá/mamá del grupo: el/la que cuida a todos, el/la que se preocupa más de lo debido, el/la que vela por los intereses de los demás y no está tranquil@ si los demás no lo están.

• El/la Einstein: la persona más inteligente del grupo, la estudiosa, la chancona, la que sabe todo sobre todo, pero es una taba (entiéndase como “inútil”) en cuanto a temas personales.

• El/la consejer@ amoros@: la persona a la que los demás del grupo acuden cuando están pasando por una crisis con su pareja, la de los mejores consejos, la que está sola cuando todos los demás están en pareja y viceversa, la forever alone.

• El/la extrovertid@, sociable, carismátic@, juerguer@, giler@, buena onda. El/la que más sobresale del grupo, ya sea consciente o inconscientemente, el/la que saca pecho por el grupo.

• El/la distraíd@: anda siempre en la luna de Paita. Es esa persona que necesita que le repitan las cosas varias veces, la que se entera de todo siempre al último, la taba, la que no entiende los chistes.

• El/la payas@: cuenta chistes, tiene una forma peculiar de contar las cosas, hace reír a los demás y trata de levantarle el ánimo a todos los del grupo.

Pero, claro, ellos no son los únicos infaltables.

También están el/la creativ@, soñador(a), tímid@, pesimista, sensible, amargad@, aguafiestas, optimista y, por último, .



Nota: este post fue inspirado en la idea original de @humbeertoh.

sábado, 31 de diciembre de 2011

Año Nuevo


Diciembre es el mes que menos me agrada.

Me convierto en Grinch elevado a la máxima potencia. No sólo por Navidad, sino también por Año Nuevo. Porque debo confesarles algo (si es que no lo saben ya): soy una intolerante de mierda uno de mis mayores defectos.

Respeto las creencias de los demás, pero realmente no soporto la cursilería que invade a muchos en estas fechas ("que el Señor invada tu hogar en esta Navidad y te traiga muchas felicidades", "bendiciones y que todos tus sueños y metas se cumplan en este año que viene"). Sin embargo, como (creo que) soy considerada, me coso la boca y los dedos, sonrío y sólo atino a responder "gracias e igualmente" (aunque aún no entiendo por qué un simple, pero efectivo, "¡feliz
Navidad!" o "¡feliz Año Nuevo!" no es suficiente).

En fin. Hoy es 31 de diciembre del 2011 y, antes de que se acabe el año, quiero compartir con ustedes dos cosas:

1. Este genial post del genial cómic Cyanide and Happiness:


2. La letra (especialmente el coro) de la canción Cada vez que pienso en ti de Mike Laure:


Sin más que decirles...

¡SOBREVIVAN UN AÑO NUEVO!





Pd: Gracias por estar ahí.

jueves, 29 de diciembre de 2011

A la tercera no siempre va la vencida


Después de algunos meses de estar juntos, por fin teníamos el departamento sólo para nosotros.

Como éramos chibolos aún, la noche empezó de manera inocente, con comida y películas. Pero pronto nos dimos cuenta de que era una excelente oportunidad para saciar esa necesidad y que había que aprovechar aquella inusual soledad, así que decidimos hacerlo –o, mejor dicho, intentar hacerlo.

Primer intento: como estábamos echados a lo largo del sofá viendo la película, aprovechamos la posición cucharita para calentarnos. Y todo bien con las caricias y la excitación hasta que, cuando quise girar mi cabeza para darle un beso en la boca, me emocioné más de lo debido, no calculé bien y le di un cabezazo en la frente que lo hizo gemir (y no precisamente de placer) por varios segundos.

Segundo intento: cuando él ya se había recuperado y había aceptado, finalmente, mis disculpas, quisimos intentarlo en posición misionera. “¡Por fin lo vamos a hacer!”, pensé. Luego de varias caricias y tocaditas para hacer más rápido el proceso, sucedió lo peor de mi parte al hacerle el pare (justo cuando el amiguito estaba a punto de entrar) y decirle, con toda la vergüenza posible, “me vas a matar, pero tengo que hacer pichi”.

Tercer intento: luego de dejar pasar varios minutos, decidimos volverlo a intentar –total, como dicen, “a la tercera va la vencida”, ¿no?–. Y justo cuando nos habíamos trasladado a su cuarto, acomodado en su cama con la nueva posición y reavivado la pasión, la mamá, el padrastro, el hermano, la prima y toda su puta familia llegó.

Adiós a mi tan esperada y ansiada primera vez con él.