sábado, 6 de marzo de 2010

Frases célebres de chicas comunes y corrientes


(Conversaciones que incluyen a A, AL, MF, M, S, P y X. En algunas ocasiones, a Intrusas también)


I. "Pequeña" confusión

M: Johnny Depp es demasiado. ¡Lo amo!
S: ¡Yo también! Me encanta cuando sale en Piratas del Caribe.
AL: A mí me gustó en Charlie y la Fábrica de Chocolates.
A: A mí en Sweeney Todd.
X: ¡A mí me encantó en Troya!
TODAS: ¿¿¿TROYA???
X: ¡Sí! ¿Él no actúa como Paris?
TODAS: ¡¡ESE ES ORLANDO BLOOM!!


II. Mucho pucho

P: Porque tú eres lo que yo más quiero (8)
A: Tú eres mi luna, mi cenicero (8)
P: ¡"Mi sol, mi cielo", estúpida!
A: ¡Ay, chucha! Con razón me sonaba raro...


III. Películas de ¿terror?

I: La saga de Saw es buena.
A: No me llama mucho la atención. Tampoco me gustan las películas de Jason X o Freddy Krueger.
X: A mí no me gustan las películas de Rocky.
TODAS: ¿Rocky Balboa? ¡Eso no es terror!
X: Ay, es que a mí me dan miedo...


IV. Probando la inteligencia

1) A: Construcción debajo del agua.
X: ¡Puente!

2) A: Cerdo salvaje.
X: ¡Chancho!

3) A: Pájaro grande y negro.
X: ¡Colibrí!


V. Ignorancia temporal

A: ¿Vamos al Kilimanjaro?
S: ¡Sí, vamos de expedición!
A: ¿Expedición?
S: ¡Sí! Al Monte Kilimanjaro, pues...
A: ¡Yo me refería al restaurante Kilimanjaro!


VI. Sospechosos del DVD

P: ¡Acabo de ver a dos patas en la esquina de tu casa persiguiendo a una chica con una pistola!
A: ¿Estás segura?
P: ¡Sí! Estaban por aquí... ¡Esos son!
A: Pierina, la "pistola" es un DVD.


VI. Insensibilidad conejera

P: Jose Mario me regaló un conejito lindo por mi cumple, pero se murió al día siguiente. Lloré toda la noche de la pena.
MF: ¿De la pena? Yo también hubiera llorado...¡pero de la vergüenza!

lunes, 1 de marzo de 2010

Crónica de una desubicada en Europa - Alemania/Perú


Yo pensé que uno, cuando viaja a otro país, comienza a extrañar a su gente desde el momento en que pisa suelo desconocido, o bien, desde que se sube al avión. Pero ese no fue mi caso.

Llegué a Alemania y me adapté casi al instante, pero sin dejar de lado algo que todo peruano siente, en algún momento, cuando sale a la calle. Y ese algo se llama MIEDO. Así, pues, fueron pequeños los detalles que me hicieron dar cuenta de que Europa es un universo completamente distinto al Perú (no meto a otros países de Latinoamérica pues no he estado en ellos).

Ejemplo número 1: apenas entro al carro de mi padrino, me dedico a ponerle seguro a cada una de las puertas, por puro instinto. Al terminar, siento su mirada postrada en mí. "¿Por qué me miras?", le pregunto. "Espérate unos días y te darás cuenta de que lo que acabas de hacer te sirve en Perú, pero acá no", me responde. "Sí, cómo no..."

Ejemplo número 2: estoy a punto de irme a dar una vuelta con Petra, la esposa de mi padrino, y me percato de que ha dejado la puerta del garaje abierta. "¿No la cierras?" "No, no pasa nada", me dice. "¿Que no pasa nada? ¡Pero esta tía está loca! Vamos a regresar y el garaje estará vacío". Me equivoqué. Como la mayoría lo supuso, cuando regresamos, el garaje estaba intacto.

Han sido, principalmente, dos cosas las que me han llamado más la atención de los alemanes: 1) saber -y tener la seguridad- que uno puede dejar algo valioso afuera de su casa y encontrarlo en el mismo estado al día siguiente, 2) saludarte con extraños en la calle.

Caso contrario al Perú, si dejara los perfumes de Carolina Herrera que posee mi hermana mayor, Andrea, afuera de mi casa por un día, sé que a la mañana siguiente no encontraré siquiera una gota de dichosos líquidos. En el otro caso, y al menos en el mío, yo no me saludo con extraños cuando recorro las calles de Lima. Si alguien lo hiciera, mi primera reacción sería que me quieren robar o, en otro nivel, simplemente preguntar por alguna dirección (como si yo les fuera a ser de gran ayuda).

Pero algo que no deja de sorprenderme es que los alemansitos no son tan mansitos como pensaba. Prepárate para leer esto, Cheli, porque aquí las niñas dejan de serlo a partir de las 12 años. Y no, no me refiero a que a esa edad les viene el periodo. Me refiero a que, a esa edad, los no-mansitos les quitan su inocencia (se entiende, ¿no?). Claro, uno podría decir que se trata de un "simple" liberalismo. Pero, en cuanto a mí se refiere, AL CARAJO CON EL LIBERALISMO. ¿¿¿Cómo una madre -o padre, mejor dicho-, en su santo juicio (aunque, pensándolo bien, diría que ya lo perdieron hace tiempo), permite que su hija de 12 años, si es que no es antes, se quede o invite a su enamorado a dormir en la casa??? ¿¿¿Cómo están tranquilas preparando la cena, viendo su novela, lavando la ropa, mientras su hija está arriba jugando al doctor??? Ni al caso; cada uno con su locura.

Alemania, me encanta, es cierto. Me fascina la nieve y el viento helado, forrarme como tamal por tanta ropa y, aun así, cagarme de frío, los árboles verdes y blancos, la confianza y el respeto entre la gente... Pasé las tres primeras semanas de mi aventura viajera tan fascinada con Europa que por mi mente pasaban muy pocos episodios de mi vida en Perú. Comencé a preocuparme. "¿Qué me pasa? ¿Por qué no extraño a mi gente como debería? ¿Acaso soy una ingrata de mierda a quien no le importa nadie?" Felizmente, esta preocupación cesó el lunes 15 de febrero, 4 días antes de mi regreso a Lima, el cual me lo pasé extrañando a mi Inca Kola, mi Chocman, mi Bembos, mi chifita, las combis, los colores, la risa de papá, la inocencia de mamá, los gritos de Andrea, las estupideces de Arianna, las enfermedades inexistentes de la Mamita Leti, la ternura de la Mamina, las alertas del Nextel, los mails con mi grupo para coordinar las salidas del fin de semana, la música latina, las películas y series en su idioma original y subtituladas... En fin.

Hoy es miércoles 17 de febrero y sigo extrañando y añorando a todos y a todo. Pero, al mismo tiempo, me encuentro con todas las ganas posibles de aprovechar mis últimos días en este mundo desconocido y, como dijo mi tía Erika, renovada para mi "temporada 2010" y con una nueva visión de la vida frente a mí, que antes no veía o valoraba.

Agárrense que ya llego.

Crónica de una desubicada en Europa - Francia/Inglaterra


Hoy es martes 9 de febrero y me encuentro nuevamente en Schöneck, Alemania, recordando mis últimas vueltas por Europa.

Recuerdo París y se me vienen, instantáneamente, dos palabras a la mente: soledad y discriminación -no intento ser dramática ni buscar la compasión de nadie; sólo trato de explicar lo que sentí-. Llegué al aeropuerto de Charles de Gaulle sin prisa y sin nadie que me recibiera con una sonrisa. Lo que recibí, en cambio, como bienvenida a este mundo desconocido, fue la mirada de cientos de ojos parisinos que exigían una explicación por parte de esta nueva intrusa en su casa. Y, lamentablemente, esta mirada se quedó conmigo hasta el final de mis días franceses. Desperté a la mañana siguiente preocupada y con dolor de cabeza por culpa de las tantas incógnitas que me atormentaban: ¿Adónde voy? ¿Cómo me movilizo? Pero, sobre todo, ¿¿CÓMO ME COMUNICO?? Así, pues, un viejo celular, tres guías de la ciudad y la frase "bonjour, do you speak english?" se convirtieron en mis fieles compañeros. Si encontraba a alguien que hablaba inglés, estaba salvada; si no, cagada. Por otro lado, sentí miedo. Miedo por los miles de kilómetros que me separaban de mis peruanos y alemanes, miedo por lo desconocido, miedo de la gente. El cambio de Schöneck a París había sido tan rápido que recién me chocó un día en que no encontraba mi hotel a las 18:30 de la tarde, con un frío que me congelaba el culo y un depravado persiguiéndome hasta la entrada de mi hotel. Aparatosamente, conseguí sobrevivir los cuatro días que estuve en París, solo para regresar a Schöneck y volver a volar a otro mundo desconocido.

Paris, Francia. Febrero 2010.


Recuerdo Londres y una sonrisa se dibuja en mi rostro automáticamente. A la mierda con París, a la mierda con Génova y a la mierda con Schöneck (con el respeto a mis parientes). Me encontraba en Inglaterra, tierra de The Beatles, Coldplay, Queen, Oasis, Harry Potter, el british accent. Igual que en París, estaba en una tierra lejana y desconocida, sin papi ni mami, sin amiguitos ni amiguitas. Estaba completamente sola, pero me importaba un pepino. Me acomodé y adapté instantáneamente y me enamoré de la gente, de los parques, del clima, del underground, del fish and chips, de los buses, de la phone booth. Y me enamoré tanto que la inocente idea de mudarme allá golpea mi conciencia hasta el día de hoy.

¿Alguien me acompaña?

Londres, Inglaterra. Febrero 2010.

Crónica de una desubicada en Europa - Italia

(Les sugiero que se acomoden porque esta me salió larga)

Lunes 25 de enero del 2010.

Apenas tres días después de haber pisado suelo alemán, tengo que volver al aeropuerto y tomar ahora dos vuelos: uno de Frankfurt a Roma y otro de Roma a Génova. Ambos vuelos duran menos de dos horas cada uno, pero, aun así, la idea no me entusiasma ni me hace contar los días como debería.

10:30 am. Aunque mi vuelo sale a las 11:15 am, llego al aeropuerto más temprano para hacer el check in y otros. Observo a la gente. Hay de todo: chinos, musulmanes, norteamericanos, españoles, africanos. Van con su pareja, su compañero de trabajo, su familia, sus amigos... En fin. Cada uno camina con alguien diferente, pero es exactamente esto lo que los iguala: todos cuentan con otra compañía. Por lo tanto, e instantáneamente, me siento alejada de los demás. Y me enorgullezco por ello, aunque, por dentro, me cague de miedo y siga gritando "mamá".

10:45 am. Justo antes de que sea mi turno, la señorita nos informa que hay una posibilidad de que cancelen el vuelo y que no hará más check in hasta saber más. "¿Qué carajo has dicho?", pienso.

11:30 am. Con mi conocida cara de culo, observo a todos los demás pasajeros, con diferente destino, dirigirse a sus respectivas puertas para abordar su avión. Y justo antes de morderme el labio y hacerme la décima herida de cólera, la susodicha nos llama. Es mi turno. "Buon giorno", nos saludamos mutuamente. "Pasaporto, per favore", me dice. "Anmgsjaefga gsdgdg fdsd?" ¿Entendieron? Yo tampoco. Y la misma cara que pusieron al leer eso la puse cuando la susodicha volvió a dirigirse a mí. "Parla italiano?", pregunta. "No, I don't". Podría haber respondido en alemán, pero supuse que después usaría esas palabras complicadísimas que sólo los alemanes y un buen estudiante entienden. "You're italian but you don't speak italian?" "¡Sí, mierda! ¡Cállate y dame mi pasaporte!" Mi reacción externa es de cólera, impaciencia y disgusto; la interna, la más intensa, es de pura vergüenza. "The planes leaves at 14:00. Be at gate D23 sooner". "Ok", le digo sin agradecer. Subo al segundo piso, donde está el food court, y me percato de que la situación es la misma que la de abajo: un X acompañado de Y y de Z a veces.

13:00 pm. Camino hacia la puerta 23, pero antes me detengo en la pantalla que señala los vuelos y sus horas. "A ver... Vuelo AZ403, de Frankfurt a Roma, vía Alitalia, salida estimada a las 14:00, puerta 23... ¡Perfecto!" Llego a la puerta 23 y me siento a esperar la llamada del vuelo. Apenas unos minutos más tarde, llega una señora, también con destino a Roma, anunciando que se había demorado el vuelo y que ahora saldría a las 16:00. "¡Puta madre! Y a las 16:00 nos dirán que saldrá a las 18:00, y a las 18:00 nos dirán que el vuelo se ha cancelado hasta próximo aviso". Percibo una gota de lágrima, pero me contengo. Saco un libro (gracias, Dios mío, por concederme el gusto por la lectura) y me acomodo en el asiento que aplasta mis huesos. El tiempo vuela.

16:30 pm. Por fin, después de no sé cuántas horas, me encuentro sentada en el avión que me llevará a Roma. Me acomodo y saco mi libro. Nuevamente, el tiempo vuela.

19:00 pm. Estoy en Roma sin tiempo para nada. El vuelo sale a las 20:00, pero el boarding time es a las 19:35 pm. "Por favor, ¡que esta vez no se demoren!" No se demoran en "chequinarnos", pero vuelven a tardarse una eternidad en despegar.

Son las 21:20 de la noche y estoy, POR FIN, en el aeropuerto de Génova. Estoy tan cansada que apenas entiendo los mensajes en inglés. "Solo falta mi maleta y listo". Pero la maleta nunca llegó. Me dirijo a Lost and Found y de frente suelto palabras en inglés. "No, miss. We don't have any baggage coming from Frankfurt. It must be still in Rome". Me aguanto las lágrimas hasta después de firmar el papel para encontrar mi maleta. Me alejo de aquel italiano y me dirijo rápidamente al baño, en donde me desmorono. Una, dos, tres lágrimas. Pero no por la maleta, sino por el día de mierda.

Hoy es miércoles 27 de enero del 2010 y me encuentro en el balcón del departamento de los Cavagnaro en Via Malvaro, completamente sola, escribiendo esto y recordando la noche anterior, cuando Diana, Edo y yo nos despedimos de Carla para irnos a dormir. Luego, Diana y Edo se despiden de mí, dejándome sola en el pasillo. Al poco tiempo, alguien apaga las luces y me deja en una oscuridad total. Tanteando, busco el interruptor hasta encontrarlo. Me dirijo al número 14 y meto la llave. No entra. "Por favor, no..." Pero ni mil por favores harán que se abra la puerta. "¿Qué número es, entonces? ¿13? A ver... No. ¿Y 12? Tampoco. Es 14, estoy segura. Debo de haber puesto mal la llave. Mierda, ¡no entraaaa!" Antes de romper la llave, me establezco dos opciones: 1) probar la llave puerta por puerta (en total, 30 putas puertas) o 2) tocar el timbre de Diana y preguntar por el número. Elijo la segunda opción. Muerta de vergüenza, le comunico a Diana que estoy perdida. "Por tercera vez: Carla es el número 7, yo el 17 y tú el 11". Le agradezco y le doy la espalda. Antes de cerrar mi puerta, escucho lo último de la noche: "Y así piensa irse sola a París y Londres. No sé cómo va a hacer".

Yo tampoco, Dianita.

Recen desde ahora.

Porto Vecchio, Génova. Enero 2010.

Y el video correspondiente:

Crónica de una desubicada en Europa - Alemania


Hola, hola.

Se me ocurrió la idea de escribir este mail con varias continuaciones para contarles cómo me está yendo.

Empecemos con el día en que empezó todo: un 20 de enero del 2010. Para mí, era un día común y corriente. Me desperté como si nada interesante ni importante fuera a pasar durante todo el día. No entendía las llamadas de "que tengas un buen viaje" o "pórtate bien, carajo". Pensaba que el mundo se había vuelto loco y que yo era la única cuerda. A las 4:30 de la tarde llegó un taxi a mi casa. Yo seguía sin entender. "¿Para quién es el taxi? ¿Quién se va? ¿A dónde? ¿Por cuánto tiempo?". Todas estas incógnitas fueron respondidas en el momento en que una misia y delgada lágrima resbalaba por mi mejilla al momento de abrazar a mi madre y crecía en cantidad y grosor al pasar a mi Mamina, papá y hermanas. "El taxi era para mí. Yo me voy a Europa por un mes".

Me encontraba en la fila de inmigración, aún con los ojos llorosos. "Un mes sola. Soy el ave que voló de su nido" (sí, Andrea, Arianna y grupo: así de cursi y sensible estaba).

Sentada ya en el asiento del avión que me llevaría de Lima a Madrid, no podía dejar de mirar fijamente a la ventana y gritar internamente "mamá". Pero ni mamá ni ninguno de mis peruanos iría a mi rescate. Así que, por fin, la realidad me tocó: Chau, peruanos. Hola, europeos. Chau, calor. Hola, frío. Chau, dependencia. Hola, independencia.

Después de unas eternas 16 horas, me encontraba en la congelante Alemania. Una Alemania bañada en nieve que parece espuma, con pobladores vestidos como si estuvieran en el Polo Norte. La mayoría carga una seria mirada, pero cuando una palabra sale de tu boca, una sonrisa se dibuja en su rostro. Ayer, jueves en la noche, tuve mi segundo contacto con un alemán, cuando este tocó el timbre de la casa con la caja de pizza en las manos. "Hola", le digo sonriendo. "Hallo", me responde con la misma sonrisa.

No sé cómo ni por qué, pero ya me siento en casa. Miento. No exactamente en casa; creo que la palabra más adecuada sería "cómoda". Solo me invade el alienalismo al momento de entablar una conversación. Y mi alienalismo se llama "espinale", una mezcla de español con inglés y alemán.

En fin, esta aventura recién comienza. Así que, de seguro, estaré llenando sus bandejas de entrada por los siguientes 28 días (o espero).

Hasta la próxima, amiguitos y amiguitas.

Feldberg, Alemania. Enero 2010

NOTA: Hoy es domingo 24 de abril del 2011 y recién se me ocurrió acompañar este post con el video que grabé. Sí, ya sé que ha pasado más de un año, pero más vale tarde que nunca, ¿no?


Crónicas desubicadas


Gracias a mi padrino y a mis padres, tuve el privilegio de estar en Europa desde el 21 de enero hasta el 19 de febrero del 2010.

Amo escribir, como ya se habrán dado cuenta, pero escribir sobre lo mismo o tener que repetir los mismos acontecimientos una y otra vez me altera el sistema nervioso, por lo que decidí mandar semanalmente un mail estilo crónica a todos mis peruanos que dejé atrás durante este periodo.

Aquí les van.

Los Matadores


No soy fanática al 100% de The Killers, así que si esperas una crónica que hable exclusivamente sobre el concierto, te recomiendo que dejes de leer ahora mismo.

Después de la increíble presentación de Oasis en marzo de este año (2009), me quedé hambrienta por más: más conciertos, más noches locas, más desinhibición de los peruanos. Pero nadie interesante (para mí, al menos) venía, hasta que, un día de octubre, si no me equivoco, Conciertos Perú volvía a anunciar algo descomunal: The Killers en Lima. “Human, Spaceman, Read my mind¿Por qué no?”, pensé. Para mi buena suerte, y gracias a una amiga –he preferido no decir su nombre para evitar que alguien más la ataque, como yo lo hice–, se me presentó la oportunidad de ir al concierto de “Los Matadores” gratis. El plan era sencillo: esperar a que la jefa de mi amiga le mandara un mail diciendo que se necesitaban acomodadores para el evento y listo.

Este dichoso mail no llegó sino hasta el mediodía del miércoles (un día antes del concierto), cuando todas mis esperanzas de ir estaban más que aplastadas. Orinando de la emoción, marco el número de Bruno para darle la noticia y pedirle su DNI (requisito para entrar a la lista de acomodadores). Primera marcada: celular sin contestar. Segunda marcada: celular sin contestar. Tercera marcada: celular apagado. Carajo. Antes de entrar en pánico, trato de comunicarme con Manuel. “Estoy a punto de comprar mi entrada con Santiago, sorry”, me dice. Que se jodan los dos. Si tengo que ir sola al concierto, entonces iré sola. Decido volver a marcar el número de Bruno. Vuelve a no contestar, pero recibo un mensaje suyo en su lugar. Ya está todo: en 15 minutos nos encontraremos para ir al estadio lo más temprano posible (así nos ubican en las mejores zonas).

Llegamos al Monumental a la 1:40 de la tarde. Yo, con un humor de perros; él, resentido. Mientras esperamos a reunirnos con las organizadoras, me percato de la infinidad de fanaticada que hay haciendo cola, cuando todavía falta una eternidad para que comience el concierto, y me pregunto si, algún día, existirá un artista o alguna banda que me apasione de esa manera. Minutos después, llegan las organizadoras y se disponen a colocarnos nuestros brazaletes que dicen «Bebidas y alimentos – The Killers». Ya adentro del estadio, nos asignan las tareas que deben hacerse a cada uno. A Bruno y a mí nos toca lo más sencillo: vender el merchandising oficial de la banda (con “oficial” entiéndase a pósters manchados y polos de los que se pueden encontrar, sin ningún problema, en Gamarra). Después de varias horas de agonizante calor y caminatas de aquí para allá, a las 5 de la tarde aparecen los integrantes de The Killers para ensayar unas cuantas canciones. Dejo lo que estoy haciendo y los observo detenidamente por un momento: no soy su fan; sin embargo, me siento privilegiada por estar tan cerca a ellos. Una hora más tarde, las puertas del Estadio Monumental se abren, originando la escena más divertida del día: una decena de fanáticos corriendo a toda velocidad para ubicarse en la primera fila, y cada uno de ellos con un particular estilo de corrida. Uno corre como si tuviera hormigas metidas en el pantalón, otro corre como si el piso le achicharrara los pies y otro corre como si estuviera en la maratón de su vida. Me hacen acordar al guepardo cuando persigue a su presa, la gacela. Y lo entiendo: esa noche, los papeles se invierten: el público es el asesino y The Killers, la presa.

A las 6:30 p.m., la banda se esfuma del escenario, haciendo que regrese el jodido aburrimiento. El tiempo pasa tan lento que siento como si hubiera estado todo el día encerrada en el estadio. A las 8:20 p.m., el Monumental comienza a llenarse ligeramente y los primeros compradores comienzan a asomarse a nuestro stand. Poco después, me encuentro con el siempre carismático Manuel, personaje vaya a donde vaya. Le hago saber que estoy con cámara en mano y, como me lo esperaba, aparece su sonrisa de ángel (o, al menos, un intento de). “Mira, si te pones acá, hay mucha luz y se me ve bien. Hola”, me dice con voz “seductora”. Ay, amiguito, ¿cuándo cambiarás? (acabo de leer esa última oración y, pensándolo bien, no me hagas caso).

A las 9 de la noche, la banda nacional Autobús, de la cual nunca antes había escuchado hablar, se apodera del escenario por poco menos de una hora. Faltando pocos minutos para las diez, todos los componentes de la noche toman sus respectivos lugares: los bomberos y VIPs se colocan en las esquinas de cada zona, adoptando su conocida posición de guardaespaldas; el personal (vendedores, acomodadores, cuidadores) se queda en su sitio, asegurándose de no perderse ni un minuto de lo que vendrá a continuación; los fanáticos se juntan exageradamente unos a otros, formando una gran masa de grasa y de sudor. A las diez en punto, el último componente de la noche se adueña del escenario desde el momento en que las yemas de sus manos rozan sus respectivos instrumentos hasta el momento en que se despegan de estos.

Y así sucedió otra mágica noche en este país. The Killers ofreció lo mejor de su repertorio, empezando con Human, pasando por Mr. Brightside, All these thing’s that I’ve done, entre otras, y terminando con When you were Young, y con el vocalista, Brandon Flowers, soltando frases en castellano en alguna que otra ocasión, siendo la más importante «¿tu corazón sigue latiendo?». Sí, Brandon, esa noche, todos los corazones latían, pero por ti. Finalmente, después de estar doce horas en el estadio, caminar todo el día y vender productos a individuos con comportamiento animal, llego a mi casa tarareando la afirmación más famosa de la noche: “I got soul, but I’m not a soldier”.