viernes, 24 de septiembre de 2010

El espectáculo del día


Haciendo caso omiso a las recomendaciones de AR (sí, tú, Rodrigo) y a las de algunos tuiteros, mando un mail a Starbucks, Chili’s y Friday’s con la carta de posible salvación a mi vida (para los que se perdieron la carta, esta era, básicamente, una súplica a estas empresas para que me acojan en sus establecimientos). Y, milagrosamente, recibo la respuesta del tercero al día siguiente con este mensaje:

Hola, Alessandra. Recibimos tu correo y, pues, debo decir que nunca habíamos recibido uno así. Nosotros solemos descargar los CV desde la web para que sean evaluados y luego convocamos a los candidatos para una entrevista. Sin embargo, haremos una excepción contigo. Preséntate mañana a las 10 am en el Friday’s del Óvalo Gutiérrez con tu CV impreso. Si a esa hora te es imposible venir, puedes hacerlo a las 4 pm. Pregunta por Bárbara. Te esperamos.

Sin creerlo a primera vista, vuelvo a leer el mensaje una, dos, tres veces más hasta que las palabras cobran vida en mi mente. ¿De verdad tengo una entrevista de trabajo mañana? ¿Y en Friday’s, aquel sitio que siempre me ha llamado la atención? “Sí, Cavag, créetelo de una vez”, me responde Ximena.

23 de setiembre del 2010. Salgo de mi examen de Instrumentos para la Gestión –el cual hice pésimo por estar más preocupada por la entrevista que por aprobarlo–, converso un rato con Adrián (quien prácticamente me putea por querer ir con polo, leggins y botas negras, casaca de jean y chalina verde), regreso a mi casa, almuerzo, hago tiempo, imprimo mi triste CV, salgo de mi casa a las 14:30, siendo mi entrevista a las 4 (más vale prevenir que lamentar, ¿no?), y llego al Óvalo Gutiérrez a las 15:20. Falta todavía un buen rato, pero estoy tan nerviosa que termino yendo al baño de Wong no tres, no cuatro, sino cinco veces (sí, las conté). A las 15:50 entro al local de Friday’s. Lo contemplo, me persigno internamente, me acerco a los meseros reunidos cerca del bar y pregunto por (Doña) Bárbara.

- ¿Para qué la buscas? ¿Familiar? ¿Reservación? ¿Consulta? ¿Entrevista?
- Entrevista.
- Ah, ok. ¿Ya llenaste la hoja de solicitud?
- No, aún no.
- ¿Cómo es que estás acá, entonces?
- Le mandé un mail a Bárbara y me citó hoy a las 16:00.
- Manya. Todo lo que tuve que esperar yo para que me llamen y a ti te liga con un correo. En fin, iré a llamarla. Si gustas puedes tomar asiento. Ah, y llena esto, por favor.
- Ok, gracias.

Me dirijo a la mesa más cercana, acomodo bien mi potasio y me dispongo a llenar la hoja de solicitud que me acaban de entregar hasta que me topo con la peor sorpresa del mundo (para mí): la carencia de tildes en TODA la hoja de solicitud. ¿¿¿Acaso esta gente no sabe que existen las tildes??? ¡¡¡Me suicido!!! Como sea, trato de mantener la compostura hasta "olvidar" aquel inconveniente. Y todo bacán hasta que llego a dos incógnitas que me alteran el sistema nervioso: estatura y peso. “Chucha –pienso–, soy chata y con kilos de más. Si pongo mis medidas reales, ¿querrán todavía contratarme?” Como no quiero ahondar en esas interrogantes, desubicándome, y haciéndome la loca, dejo ambas preguntas en blanco, termino de llenar la solicitud y espero a que algún ente humano vuelva a acercarse a mí.

Y como nadie se digna a aparecerse durante los próximos 10 minutos, y porque no han prendido el televisor, no he traído mi MP3 (sí, sigo usando MP3) y he olvidado mi Nextel en casa, saco mi agenda y comienzo a escribir esto. Después de unos minutos, a eso de las 16:20, veo acercarse a mi mesa uno de los bartenders con hoja y lapicero en mano. Es joven, simpático y tienes el permiso de tu flaco para gileártelo. ¡Aplica, Alessandra! De manera que le sonrío de oreja a oreja, a pesar de que hable huevada y media y suelte lisuras cada dos palabras, busco identificarme con él y le hago saber que soy perfecta para el ambiente de Friday’s. Después de unos fugaces 15 minutos, Diego (casualmente, tocayo de mi flaco) da por concluida la “entrevista”.

- Bueno, Ale, eso es todo. Sería paja que trabajes aquí. Me parece que encajarías bastante bien. En fin, hoy mismo hablaré con Bárbara. Te llamaremos.
- Gracias. A mí también me gustaría, Diego. Hasta pronto.

Nos despedimos, hago una última recorrida visual al local, doy media vuelta, camino hacia la puerta, obvio el aviso que dice «caution, wet floor» más los pequeños escalones que se encuentran a un palmo de mis pies y la imagen (exagerada, vale decir) del espectáculo con la que se ganan los empleados de Friday’s del Óvalo Gutiérrez es la siguiente:


Seguro les habré alegrado el día con esto. Y espero que a ustedes también.

Hasta la próxima, desubicad@s.

martes, 7 de septiembre de 2010

Yo no necesito GPS; yo necesito GPD


- ¿Practicaste manejo hoy día?
- No, papá.
- ¿Por qué? ¿Qué esperas? Acuérdate que es tu última oportunidad. Si vuelves a jalar, tienes que esperar 3 meses más y volver a ser un ave de corral. ¿Es eso lo que quieres?
- No, papá.
- ¿"No, papá?" ¿No tienes algo más que decir que “no, papá”?
- No, papá.

Dije «no, papá» cuando, en realidad, era «sí, papá». Sí he practicado, papá; sí sé que es mi última oportunidad, papá; y sí quiero dejar de ser un ave de corral, papá. Así que después de cuatro largos meses y dos estúpidos intentos, me animé a dar el examen de manejo por última vez y zafarme, al mismo tiempo, de mi situación de trica.

04 de setiembre del 2010. Me despierto nerviosa, confundida, insegura y con la frase «no quiero dar hoy el examen de manejo» taladrándome el cerebro. Sin embargo, una especie de fuerza se apodera de mí, haciendo que salga de mi casa con papá rumbo al Touring 15 minutos después y calle una, dos, tres veces mi inseguridad.

A las 8 de la madrugada llegamos al circuito alterno (como no me quiero fiar, decido practicar primero en un circuito que se encuentra a unos cuantos metros del Touring). Pago 10 soles (manejo libre, sin instructor) y comienzo el circuito, pero estoy tan nerviosa que apenas recuerdo poner las luces direccionales, cuál es mi derecha e izquierda y cómo estacionar en paralelo y diagonal, por lo que, contra mi voluntad, pago 20 soles más y “contrato” un instructor, lo que significa someterme a su detestable machismo y su obvia impaciencia. No recuerdo el nombre del instructor, pero recuerdo perfectamente escucharle decir repetidamente «si haces eso, te van a jalar», y yo responderle silenciosamente «y yo te voy a jalar las pelotas si vuelves a decir eso, caray».

A las 9:20 de la madrugada, después de rodear unas 10 veces el circuito, evalúo la posibilidad de no dar el examen hoy. No me siento segura, se me cierran los ojos por haber dormido 5 horas, estoy a punto de orinarme encima y la posible cara de decepción de mi padre me atormenta, pero digo «a la mierda, Alessandra, no has dejado de dormir ni hecho que tu pobre padre madrugue un sábado por las huevas. Da el maldito examen de una vez y olvídate del asunto». Así que regreso las manos al volante, manejo hacia donde está mi querido padre y le digo, firme pero ridículamente, «estoy lista, papá».

30 minutos después, luego de que el policía de la entrada, la encargada de los registros y la guía del circuito me miraran con compasión y me desearan buena suerte, me encuentro en la caseta inicial del circuito, con las piernas tensas, las manos sudando, el corazón palpitando y rezando a la virgencita una, otra y otra vez.

Lenta pero segura, Alessandra. Avanza unos cuantos pasos y sube a segunda. Direccional para la curva de la izquierda; sigue de frente y sube a tercera. Fíjate bien en el semáforo. Puta madre. ¿En qué color está? ¡No veo! ¡¿Es verde o rojo?! De tín marín, de do pingüé. Verde. Avanza. Maneja lento mientras estás en el óvalo, sin olvidarte de poner direccional izquierda, frena si está en rojo. ¿Lo está? Sí. Direccional izquierda. Te toca estacionamiento diagonal. ¡Mierda! ¿No era primero el paralelo, según Inka Games? No, no no. Te estás hueveando. Al carajo con Inka Games. ¡Concéntrate! “Estaciónese en el casillero 3, Nissan”. ¿Nissan? ¿Esa soy yo? “Nissan guinda, estaciónese en el casillero 3”. Sí, soy yo. Concéntrate, Alessandra. Avanza lento y guíate de la piedrita de la derecha. ¡Puta madre! ¡Pisé la piedrita! ¡¡¡Ya jalé, ya jalé!!! No, imposible. La guía dijo que esa es una falta leve. ¡Sí se puede! “Nissan guinda, salga del estacionamiento”. Pon en retroceso, mira hacia atrás, sácate el mechón grasiento de la cara y retrocede con calma. ¿Ya salí? Sí, sí. Sigue de frente y voltea a la izquierda. Dale vuelta al óvalo, direccional a la derecha. ¡Estás yendo de frente; sube a tercera! ¿Y el estacionamiento paralelo? ¿Me lo pasé? ¡¡¡Ya jalé!!! Ah, no. Acá está. “Nissan guinda, estaciónese en el casillero 5”. ¡Acá la tienes que romper! Avanza de frente, lento, ubícate entre el 4 y 5, guíate de la flecha, para, voltea el timón, retrocede, para, voltea el timón hacia el otro lado, enderézate. ¡Listo! “Salga del estacionamiento, Nissan”. Mierda. ¿Cómo era que se salía? “Nissan, salga del estacionamiento”. ¿Volteo el timón o primero retrocedo? “¿Me escucha, señorita del Nissan? ¡Salga del estacionamiento!” “¡Ya, señor; no me grite!” Ya jalé. Le he dicho que no me grite. ¡Que me grite todo lo que quiera con tal de que me apruebe! Sal bonito, avanza, pasa a segunda, a tercera, frena en la rampa, espera 8 segundos, vuelve a avanzar, direccional a la derecha. ¡¡¡Terminó!!!

Chorreando de sudor, estaciono chuecamente el carro y me dirijo a la sala 2 a esperar mi veredicto: ser un peligro al volante o ser un ave de corral indefinidamente. Después de dos posibles infartos (Satanás llamó a Caballero y Cabanillas como jalados), Madre Teresa aparece como un ángel caído del cielo y pronuncia bellamente mi nombre completo como parte de la lista de aprobados. “¡Estoy aprobada! ¡Al fin tengo brevete!” Como no aguanto la emoción, en lugar de ir a recoger el papel donde dice que ya soy apta para manejar, corro hacia donde está mi querido padre y le doy un abrazo de oso, de esos que uno da cuando no ha visto a una persona después de largo tiempo, y tal es la emoción que estás al borde de las lágrimas y no quieres soltarte por un largo rato.

Al separarme, regreso rápidamente a la fila de los aprobados, recojo mi papel de aptitud (luego de escuchar a Madre Teresa decir que me guarde mis emociones para después) y recibo, después de 10 minutos, 4 meses y 2 intentos, mi tan esperada licencia de conducir.

07 de setiembre del 2010. Como no deseo regresarme sola a mi casa, le ofrezco a Motta jalarla hasta la proximidad de su casa (un poco de compañía cuando estás al volante nunca cae mal, sobre todo si eres una desubicada como yo), pero algo sale terriblemente mal al inicio: confiando en las palabras de mi querida amiga, doblo a la izquierda en lugar de seguir de frente en determinada calle para “acortar camino”, lo que termina haciendo que me desubique por completo sin saber qué dirección tomar. Entro en pánico, pero en pocos segundos encuentro la solución: regresar a la universidad para volver a comenzar la ruta, obviando la recomendación de Motta.

Y es que hoy me di cuenta de tres cosas:

1) Nunca debo escuchar las recomendaciones que me dan. Debo seguir la ruta que yo conozco, aun así me demore el triple de tiempo en llegar.
2) Al menos por ahora, debo evitar escuchar música a todo volumen para impedir algún choque o atropello hacia alguien más.
3) Debo seguir al pie de la letra lo que dice esta imagen:


4) Yo no necesito un GPS; yo necesito un GPD: Guía Para Desubicadas. ¿Alguien me colabora?

08 de setiembre del 2010. Hoy es el segundo día en que voy a la universidad manejando. Y estoy tan emocionada por tener, finalmente, brevete y tan excitada escuchando a todo volumen Meet me halfway de Black Eyed Peas que, sin darme cuenta, ya estoy dentro del estacionamiento de la UPC, a punto de subir al segundo nivel cuando sucede lo peor: sin querer queriendo, me he pegado más de lo debido a la curva, haciendo que mi carro roce “levemente” la pared de cemento y ocasione mi segundo choque desde que sé manejar y el primero desde que tengo brevete. Me traumo por algunos segundos, pero luego recuerdo la frase de mi padre, dicha algunos meses atrás: “¿Para qué voy a mandar a arreglar el carro si todavía le faltan varios choques más?” Sonrío, me tranquilizo, voy a mis clases de Introducción a los Medios Digitales con el gemelo de Edwin Sierra, salgo, regreso al estacionamiento con Cesarín y le ofrezco dejarlo en la puerta de la universidad, no sin antes contarle mi experiencia matutina (metida de pata).

- Cesarín, no pienso arrancar hasta que no te hayas colocado el cinturón de seguridad y puesto seguro a la puerta.
- Voy a morir, ¿no?
- No. Sólo pasearás por unos segundos conmigo y vivirás para contarlo. Tranquilo.

Lamentablemente, Abelardo no lo hizo -al menos por hoy.

sábado, 4 de septiembre de 2010

La importancia de los 10 minutos

Gracias al sueño que tuve hace poco, me apeteció indagar en mi memoria y desenterrar el momento de mi primera vez: las cosas que dije, que pensé, que hice y que sentí (o que nunca llegué a sentir, quizás), por lo que forcé, durante varios minutos, mi memoria para recordar, y el recuerdo no tardó en llegar.

Desperté ansiosa, nerviosa, emocionada. Sabía que hoy era el día. Hoy cambiaría mi vida para siempre.

Como ya le había comentado mi plan a mis queridos padres, ese día, durante el desayuno, papá me hablaba de las precauciones que debía tener y mamá me decía que tuviera cuidado y me deseaba suerte (“no se necesita suerte para eso”, pensé yo). De cualquier forma, las palabras que ambos soltaban de sus bocas me entraban por un oído y me salían por el otro: él estaba tatuado en mi mente.

Habíamos tenido problemas en el pasado (él me había cagado dos veces y se había ido con otra flaca), pero todo había quedado atrás. Esta vez, seríamos solo él y yo –aunque si alguien quisiera acompañarnos alguna vez, no me negaré. Y no creo que él tampoco lo haga.

Después de 30 minutos de viaje, había llegado, finalmente, a mi destino. Nerviosa hasta más no poder, tomé aliento y me arriesgué. Y aquella experiencia no duró más de 10 minutos –“¿tanta preparación por 10 putos minutos?”, reclamé–.

De regreso a casa seguía pensando en él y contando los minutos para volver a verlo. ¿Habrá llegado antes que yo? ¿Me estará esperando o se habrá ido con otra flaca? A medida que me iba acercando, mi corazón comenzaba a latir salvajemente; mi cuerpo, a temblar incontrolablemente. ¿Estará él tan excitado como yo por nuestro encuentro?

Ya estaba casi ahí, y en lo único que pensaba era en tocarlo, olerlo, besarlo, acariciarlo, montarlo y disfrutarlo por 10 minutos, 10 horas, 10 días, 10 meses y etcétera.

Cuando llegué finalmente a la casa, él ya estaba ahí, quietecito, esperándome. Lo miré y supe que él también había estado esperando con ansias ese día.

No era su primera vez; sin embargo, sería la primera vez de los dos. La primera vez en que ambos disfrutaríamos del mutuo placer sin preocuparnos de lo que pasaría después, porque él y yo sabemos que la protección (y quizás unos cuantos billetes) nos salvaría siempre.

Era la primera vez. Mi primera vez en que, por fin, manejaría el carro con brevete.

miércoles, 1 de septiembre de 2010

Amén


Cuando tenía 8 años, quería ser como Britney Spears, porque me enamoré perdidamente de ella con el video de Baby, one more time y luego de todos los que le siguieron. Quería cantar como ella (aunque estaba consciente de su mediocre voz), bailar como ella, tener tantos fans como ella y ser tan rica como ella (esto en todos los sentidos).

Cuando tenía entre 9 y 10 años, no pretendía ser nadie en la vida (en cuanto a carrera y profesión se refiere, vale decir). Mi sueño consistía en vivir en una casa con jardín y piscina, tener un esposo simpaticón y lleno de billetes y que, mientras el pobre se sacaba la mugre trabajando, yo cumplía el papel de la mujer mantenida más convenida: que la alfombrita de diez dígitos, que las sábanas de algodón egipcio, que joyitas por aquí y joyitas por allá y que el resto del día me la pasaba en mi casona cuidando a los critters.

A los 11 años evolucioné y, gracias a Dios, mis gustos musicales también, cambiando a mi blonda ídola por la melena oscura y “gallosa” voz de Alanis Morissette. En esta época, también anhelé ser alguna vez la líder y única mujer de un grupo de rock, tipo Dolores O'Riordan de The Cranberries, así era automáticamente deseada por la especie varonil.

A los 14 años cambié mi deseo de relacionarme con la música por la vida del espectáculo, y soñaba ser como Jessica Alba, quien, aunque hasta el día de hoy no se desprende de su imagen de sex symbol ni se destaca como buena actriz, es reconocida por su sencillo estilo de vestir y su apariencia de niña buena.

A los 15 años seguía apegada al mundo del espectáculo, específicamente a la actuación, gracias a Rachel McAdams y su papel en The Notebook. De ella lo quería todo: su físico, sus millones, su desempeño para actuar. Y hasta alguna vez pensé pasarme al otro bando para conseguirme alguien como ella (qué desubicada, lo sé).

Cuando tenía entre 16 y 17 años, gracias a una tarde de zapping en la que me topé con Girls of the Playboy Mansion en E! Entertainment Television, deseé ser una de las novias de Hugh Heffner (por el estilo de vida, ojo) y…de esto no diré más.

Desde los mismos 17 años hasta el día de hoy, dejé toda esa mierda atrás y ya sé lo que quiero hacer por el resto de mi vida: escribir. Ya sea en el papel higiénico, en los cuadernos de la universidad o en mi queridísimo blog, quiero escribir de nada y de todo hasta que termine mi juventud para relatar mis experiencias y que la gente se relacione con ellas, hasta que me case o conviva algún tiempo para rajar públicamente de mi consorte, hasta que tenga un par de critters para descargar en mi blog sobre sus malcriadeces, hasta que me convierta en una pasita y mis manos pierdan la agilidad hasta ser capaces de escribir un simple, pero siempre bien recibido, «hola».

En resumen, quiero escribir por siempre y para siempre y por los siglos de los siglos. Amén.

sábado, 21 de agosto de 2010

Sin título


Había tenido dolor de panza desde hacía varios días que no tardaron en convertirse en semanas. De hambre no era, de eso estaba segura. ¿De tensión? Quizás. ¿De estrés? Probablemente. ¿De alguna infección? No podía confirmarlo, pero podía ser. Después de descartar varios posibles factores, me iluminé. ¿Y si el dolor se debía a lo que más temía? ¿Y si alguien, a mis 20 años, desubicada y desempleada, estaba creciendo dentro de mí? “No –pensé–. Imposible. No siento fatiga, ni náuseas, ni vértigo ni otros síntomas típicos de la palabra que por este momento no me atrevo si quiera a escribir. Pero ¿y si soy la excepción? ¿Y si puedo estarlo aun sin presentar todos esos síntomas? ¿Y si el brother de arriba se quedó picón porque alguna que otra vez lo puteé y ahora quiere vengarse de mí?” Suplico y resuplico que este dolor de panza se vaya ya o que descifre de una buena vez a qué se debe antes de perder el control. Y siguiendo los típicos ejercicios para mantener la calma, inhalo y exhalo unas 20 veces hasta que me “tranquilizo” y me decido a comprar, por primera vez en mi vida, un test de (lo haré lento) em…ba…ra…zo.

Sin decirle ni una palabra a alguien, salgo veloz de mi casa rumbo a la farmacia, con el corazón latiendo a mil por hora y el cuerpo temblando como si tuviera principios de epilepsia. Llego en 5 minutos y regreso en 20, porque con los nervios con las justas he podido movilizarme. Me dirijo al baño, cierro la puerta bruscamente, me siento en el trono, expulso unas cuantas gotas, cierro los ojos suplicando por ver un signo negativo en lugar de uno positivo y espero durante los 5 minutos más largos de mi vida. Al abrir los ojos con la mayor dificultad posible, me doy con la peor sorpresa de toda mi vida: el maldito signo es positivo.

“Embarazada. Estoy embarazada. Embarazada estoy”. Repito esta frase varias veces y de distintas formas en mi mente, pero sé que el significado es el mismo. Entro en pánico. ¿Qué carajo voy a hacer con mi vida? ¿Cómo se lo digo a mis papás y al flaco? ¿Cómo voy a mantener al critter? Sin encontrar una respuesta a estas incógnitas, salvajemente abro la puerta del baño y corro a mi cuarto con el propósito de meter todas mis cosas en una maleta y desaparecer de esta vida y pasar a otra junto a mi critter, donde no tenga que darle ninguna explicación a nadie y nadie, a su vez, me moleste.

Y justo cuando logré cerrar la maleta, cuando planeé a dónde dirigirme, cuando estaba a punto de enfrentar a mi madre que violentamente golpeaba mi puerta preguntándome qué rayos pasaba, abrí los ojos y desperté.

miércoles, 11 de agosto de 2010

A sonreír se ha dicho


¿Cuántas veces hemos escuchado o leído las famosas frases cliché? “Las cosas pasan por algo”, “todo va a estar bien” o “el que no arriesga, no gana’’ son, en mi caso, las más sonadas. Y hasta hace no mucho, automáticamente las palabras métete tu cliché por el culo se unían en mi mente cada vez que escuchaba o leía alguna de estas frases. Pero a mi pesar, me di cuenta de que, por más que estas malditas frases sean de lo más cursis, son, a su vez, tan increíblemente ciertas que se vuelven parte del fenómeno «es tan malo que ya es bueno».

¿Y cómo funciona dicho fenómeno? Simple:

1) Repudias la frase cliché apenas la escuches o la leas
2) Te sucede algo que te hace relacionar el evento con la frase cliché, dándote cuenta de que es completamente cierta
3) La frase cliché se vuelve parte de tu vida, haciendo que la relaciones con diversos eventos de tu día a día.

Y es que, como dice otro conocidísimo cliché, muchas personas necesitamos «ver para creer». Sí, ya sé que no se pueden ver los clichés, pero se sienten, de alguna u otra manera. Es como cuando tu amigo te dice que puede doblar hacia atrás el pulgar hasta tocar su brazo, y tú, de lo más incrédulo, juras y rejuras que no es capaz de hacerlo, que te está metiendo el floro de su vida, sólo para que tu amigo haga la acción y te cague en una.

El otro día (o sea, hace semanas) tuve un problema personal que me dejó hasta las huevas, moqueando por todos los rincones de la casa y con tendencias suicidas (mentira, nunca tanto). Necesitaba inspiración, motivación, estimulación y demás sinónimos que terminan en ación. ¿Y saben qué fue lo que al final me hizo despertar de mi estado de coma? Sí: el maldito cliché. Aquel que dice que “todo va a estar bien” y que, si te lo dicen de la forma correcta, a pesar de que el mundo se esté cayendo en pedazos, funciona a la perfección porque te lo crees desde la T inicial hasta la N final. Pero ese día, además de percatarme de lo poderosas que pueden llegar a ser las frases cliché, reparé algo más poderoso aun: la sonrisa. Porque no sé ustedes, pero para mí la sonrisa lo puede (casi) todo, sobre todo transmitir emociones o lo que uno está pensando en el momento.

Dicho aquello, me tomé el tiempo de revisar cada una de las fotos que tengo guardadas en mi laptop, buscando algún mensaje que haya logrado transmitir con tan solo despegar mis labios y abrir mi boca. Y esto fue con lo que me topé:

- “Caballo, eres el amor de mi vida”


- “Mírame. Aprecia mis sombras…y de paso mi sonrisa”


- “Parezco feliz, pero por dentro estoy maldiciendo el maldito frío”


- “¡Qué emoción! ¡Estoy mojada!”


- “Vine aquí porque no tenía otra cosa más que hacer”


Díganle a su mejor amigo(a) que lo(a) quieren a horrores, díganle a papi que lo extrañan mientras está en el trabajo, díganle a mami que nadie cocina mejor que ella, díganle a la hermana lo mucho que la admiran, a la pareja lo mucho que les gusta, al perro un «gracias» por acompañarlos siempre. Cojudeces o coherencias, no dejen de decir las cosas con una sonrisa. Se sorprenderán el efecto que puede provocar en los demás.

Los dejo con unas frases que encontré web-eando sobre la sonrisa. Tomen nota, por favor.

- “La sonrisa cuesta menos que la electricidad y da más luz”.
- "Comienza tu día con una sonrisa y verás lo divertido que es ir por ahí desentonando con todo el mundo".
- “Una sonrisa no cuesta nada, pero vale mucho. Enriquece a quien la recibe, sin empobrecer a quien la da. Dura solo un instante, pero el recuerdo de esa sonrisa dura para siempre”.
- “Sonríe siempre, aunque sea una sonrisa triste, porque más triste que una sonrisa triste, es la tristeza de no saber sonreír”.

jueves, 5 de agosto de 2010

La pequeña desubicada


Post dedicado a mi infancia, a mi inocencia, a mi ingenuidad, a mi estupidez y a la niña que aún alberga en mí.

El martes pasado, conversando con Diego, confesamos anécdotas, experiencias, secretos, frases, palabras, y todo lo demás que nos haya marcado durante nuestra infancia. Empecé confesándole que de pequeña solía ver las típicas novelas mexicanas, que me alucinaba ser la protagonista de las mismas y que, obviamente, lloraba a mares cada vez que las veía. Me alucinaba también ser una actriz y cantante de pop tan famosa que me alucinaba ganar todos los premios de todas las premiaciones existentes y salir a la calle, que la gente me reconociera y me pidiera autógrafos. Le confesé también que me gustaba jugar con las barbies y crear mis propias historias: que Barbie se fue de compras, que Barbie conoció a su príncipe azul llamado Ken, que Barbie se casó con Ken y tuvieron a Barbicita y a Kensito, que Barbie lleva a los bebés al doctor, que Barbie y Ken viven felices para siempre y colorín colorado.

Como el tema me dejó intrigada y pensativa, ese mismo día, camino a mi dulce hogar, hice un buceo cerebral, buscando otros recuerdos que hayan marcado mi infancia. Después de varios minutos taladrando mi cerebro, pude recordar dos experiencias que marcaron mi niñez (y que alguna vez fueron motivo de burla durante los viernes de la Mamina, en donde tomaron lugar) y algunas frases y conductas célebres de mi infancia:

- A los 2 años, aproximadamente, me encontraba en el comedor buscando con qué entretenerme cuando me percaté del cadáver de una cucaracha en el piso. Después de hacerle saber a los demás mi gran descubrimiento, mi tío Armandi me dijo algo que me marcaría hasta el día de hoy: “¿Sabías que las cucarachas son riquísimas con chancaca?”. Yo, toda ingenua, recuerdo perfecto ir a la cocina, abrir la refrigeradora, sacar la chancaca, regresar a la sala, agacharme y estar a punto de echar la chancaca a la cucarachita. Obviamente, me detuvieron antes de hacerlo, pero hasta hoy me pregunto si de verdad las cucarachas son ricas con chancaca.
- A los 3 años, aproximadamente, me encontraba en la sala, con mamá y Mamina al lado. “Mami, ¿juegas conmigo?”, pregunté. “Ahorita no, hijita. Estoy hablando con la Mamina”, respondió mamá. “Pero no tengo nada que hacer, mami”. “Anda a comprar papas donde el chino”, respondió mi señora madre, sin percatarse de que su pequeña hija entendería sus palabras al pie de la letra: me levanté del piso, me acomodé mi vestidito con bobos y mis zapatitos de charol, bajé las escaleras, abrí la puerta y salí a la calle, determinada a cumplir con el encargo de mamá, con dirección a la bodega de la esquina del chino (¿se han dado cuenta de que {casi} SIEMPRE hay una bodega en la esquina de su casa y {casi} SIEMPRE el dueño es chino?). Después de pocos segundos de caminar y de que mamá en casa soltara un «¡¿dónde se ha metido esta niñita del demonio?!», me encontraron a pocos pasos de la casa, mamá preguntándome adónde me dirigía y yo respondiendo, simplemente, «a comprar papas donde el chino».
- Recuerdo ir todas las mañanas al cuarto de mis papás a ver Nubeluz con mamá, mientras papá se bañaba, y desear ir algún día a su programa.
- Recuerdo que no me gustaba Yola Polastri, pero que me gustaba verla porque anhelaba ser una de sus burbujitas.
- Recuerdo que me fascinaba El narrador de cuentos, a pesar de que algunos cuentos me daban pesadillas luego.
- Recuerdo tener una pelota morada del Coronel Sanders (el viejito de KFC, para los incultos) y creer firmemente que la pelota era mágica, puesto que cada día “alternaba caras” (si la pelota estaba derecha, veía al Coronel Sanders; si estaba al revés, veía una especie de monstruo).
- Recuerdo que cada vez que compraba helado, me lo untaba en los labios como si fuera lápiz labial, y le preguntaba a papá, toda coqueta, «papi, ¿te gustan mis labios?»
- Recuerdo que me encantaba tanto Cebollitas que no me lo perdía ni una sola vez, que me empecinaba en no salir o hacer otra cosa hasta que no acabara la serie y que me sabía todas las canciones al pie de la letra (Olé-ola (x3), ¡Cebollitas, sí!).
- Recuerdo hacer el primer papelón consciente de mi vida, a los 9 años, estando en D’nnos Pizza: preguntarle al mesero si tenían chicha morada y que, ante la cara de burla de este, mi papá me preguntara «¿no quieres wantán también?».

Taladrando un poco más mi cerebro, recordé los juguetes que tenía, que tanto me gustaban, y me preocupé al desconocer su paradero. Así que llegué a mi casa y comencé a interrogar a mamá:

- Má, ¿dónde está mi conejo que roncaba?
- Se regaló.
- ¿Y mi muñeca que daba volantines y que tenía…?
- Se regaló.
- ¿Y mi peluche de perro que…?
- Se regaló.
- ¡¿Quéee?! ¡¿Acaso ya no quedan más juguetes de mi infancia?!
- Ay, hijita, no sé. Fíjate en el cuarto de Arianna. Ahí debe haber algo.

Asustada y traumada, corro al cuarto de Arianna y me dispongo a revisar centímetro por centímetro su clóset, en busca de algún juguete o de algún recuerdo de mi niñez.

Y no se imaginan la decepción que sentí al encontrar no más de ocho recuerdos en aquel rincón de madera. Sentí vacío, sentí que me habían quitado una parte de mi vida y sentí tremendo egoísmo al desear, por un momento, que mis adorados juguetes regresaran a mí y que huyeran de las manos del niño o niña que ahora los tendría en su poder. Pero aterricé, y recordé que, en muchos casos, cuando uno da, siempre recibe algo a cambio tarde o temprano.

Si por casualidad se quedaron con las ganas de saber sobre los pocos recuerdos (materiales, vale decir) que pude encontrar, no se preocupen que aquí están las fotos con una pequeña descripción. Disfruten.

1) Así como papá tenía un cajón repleto de herramientas, yo tenía las mías de Plaza Sésamo, y juraba y rejuraba que con ellas podía construir un palacio para mis princesas.


2) Mi mini proyector de Plaza Sésamo y mi Gusano iluminado. El primero contiene una canción de cuna (que aún suena y que casi me produce lágrimas cuando lo escuché por primera vez después de más de 15 años) y una especie de película que se proyectaba a las paredes de mi cuarto y mostraba diferentes imágenes de los personajes de Plaza Sésamo; el segundo era mi muñeco para dormir, al que apretaba en la pancita y se iluminaba su carita.


3) Los componentes (o mobiliarios, como dijo mi madre) para la casa. Tenía el televisor, la sala de estar, la cómoda, el sofá, el radio. Todo lo que en ese entonces albergaba en mi casa lo tenía yo en tamaño miniatura y creaba, como mencioné antes, mis propias historias con Barbie y adorado su Ken. También tenía la cocinita, que compartía con mi hermana Andrea y todos los días soltaba la típica frase: “Mami, ¿qué quieres comer hoy?”


4) Mi lego. Carajo, ¡cómo me gustaba el lego! Miraba las imágenes y me proponía a hacer exactamente las mismas figuras. Y las volvía a armar una y otra vez por diversión (o aburrimiento, quizás). Creo que también deseé alguna vez ser la niña de la foto. Anhelé aparecer en una foto como aquella, junto con todas mis construcciones.


5) Mis cuentos de Disney y los rompecabezas. Siempre me gustó leer, desde chiquita, y todos los días leía (nunca nadie me leyó) uno nuevo, hasta acabar todos los de una colección, para luego volver a empezar. Pero los rompecabezas eran lo que más me gustaba. Hasta me atrevo a decir que eran mi actividad favorita. Podía pasarme todo el día uniendo las piezas y, al igual que con los legos, al terminar uno, lo desarmaba y volvía a empezar.


Como me quedé con ganas de compartir con ustedes algunas fotos, revisé detenidamente mis álbumes y escogí las relacionadas a lo comentado en este post. Vuelvan a disfrutar.

1) Amaba los regalos, por lo que mis cumpleaños y Navidad eran mis fechas favoritas de todo el año. Me despertaba ansiosa al amanecer, esperando que mis papás dejaran de roncar para poder destrozar el papel de regalo y descubrir lo que escondían. En esta foto cumplía 4 años y mi cara de emoción es innegable. ¿Materialista yo? Jamás.


2) Como me alucinaba cantante y, además, bailarina, me gustaba soltar gallos y mover el esqueleto frente a la familia. Mis ídolas fueron alguna vez las Dalinas, para luego pasar a ser Shakira y Britney Spears.


3) “Mami, ¿qué quieres comer? Tengo pizza, hamburguesas, lasagna, pollo, papas fritas, ¡uf! Y no te preocupes, ¡yo lavo los platos!”


4) ¿Se acuerdan que anhelaba tener una foto con mis legos? Pues, al parecer, mi sueño se hizo realidad.

Y colorín colorado, esta entrada se ha acabado. Lamento desde el fondo de mi ursulino ser si los aburrí en algún momento con la entrada más larga en la historia de este blog. Lo peor, queridos desubicados, no es que alguna vez haya hecho o dicho todo lo que han leído ni el hecho de que se los esté contando en este momento pensando que esto es de su interés, es el hecho de admitir que aún cometo varios de estos delitos. Espósenme, por favor.