miércoles, 13 de noviembre de 2013

Dos

Desubicada Producciones presenta dos historias de…

Las bellas también son bestias.

I.                     
Era viernes por la noche cuando papá se detuvo en Vivanda de Pezet para comprar pan antes de ir a la casa de la Mamina.

Yo me sentía cansada, por lo que me quedé en el carro mientras mis papás me dejaron sola en el estacionamiento. A los pocos minutos, llegó un ficho carro gris, del cual se bajó un ente más ficho aun. Lo miré, me volteé y cerré los ojos hasta que escuché que el conductor había apretado el botón para poner los seguros, pero que el carro seguía prendido (o, al menos, sonaba como si lo estuviera).

Preocupada, me disponía a avisarle al conductor que había dejado su carro prendido cuando me di cuenta de que lo que sonaba no era el motor; era el ventilador. Sin embargo, pensar esta burrada no fue lo peor.

Lo peor fue que esto no pasó cuando era chibola. Esto pasó ayer, con mi brevete en la cartera.


II.                   
Esto sí pasó cuando era chibola.

Tenía unos 12 años y estaba en la cocina de mi casa tratando de abrir un empaque de Nesquik sin ayuda de la tijera (estaba lejos y tenía flojera de caminar 10 pasos). Descartado también el cuchillo (tenía miedo de cortarme), decidí optar por lo más básico, divertido y sano: abrir la bolsa golpeando el centro con ambas manos (hazaña que aprendí de la Mamina cuando coge la bolsa del pan VACÍA y nos asusta a todos).

El –obvio– resultado fue mi cara embarrada con Nesquik y mi familia burlándose de mí.


miércoles, 23 de octubre de 2013

Me enamora

Mi chico de barba (que en la foto no tiene barba) tiene casi un año haciéndome más que feliz.

Su personalidad me atrae, pero hay ciertas cosas que hace que me enamoran día a día.

Me enamora que se emocione cuando va a jugar Alianza y que se pague los estudios.

Me enamora que estemos viendo una serie, voltee a mirarme y me diga “así vas a ser tú”. 

Me enamora que siempre sea puntual y que en las luces rojas del semáforo me tome la mano.

Me enamora que me bese y me toque aun cuando tengo mal aliento y apeste a sobaco de loca. Que se asegure que estoy estudiando o haciendo trabajos en lugar de estar hueveando. Que cada vez que lo veo huela como a latin lover. Que tenga la piel más suave y el poto más bonito. Que me pregunte qué quiero comer hoy o que me diga “te invito a comer hoy”.

Me enamora que diga “antigüísimo” y que no hable (tan) bien el inglés. Que se apoye en mi hombro cuando estamos viendo televisión y que no se haga el loco diciéndome que no me está viendo las tetas y sí los ojos.

Me enamora que me deje el último pedazo de pizza y que pida comida para 4 cuando solo somos 2 para luego decirme “amor, somos unos cerdos”. Que me muerda el labio inferior. Que me bese la frente. Que no le interese si me depilo o no. Que me mire a los ojos fijamente y me diga "te extrañé".

Me enamora que cada vez que nos veamos comamos Batti Mix.

Me enamora que me haga reír.

Me enamora que me siga enamorando como el primer día que lo conocí.


 

martes, 24 de septiembre de 2013

Dude, where's my car?

Me dirigía al estacionamiento de la ratonera con tres amigos terminada mi clase a las 10 pm.

Mientras subía las escaleras, ya podía imaginarme llegando a mi casa, saludando a Sonic, comiendo las sobras del almuerzo y marmoteando en la cama.

Alcanzado el último escalón, me disponía a caminar rápidamente hacia mi carro para iniciar el plan, pero Morris no estaba (al menos en el sitio donde, según yo, debía estar).

Aunque sabía que no era posible (o sí, pero sería difícil), velozmente entré en pánico. ¡¿Dónde estaba mi carro?! “¿Segura que lo dejaste aquí?”, me preguntaban mis amigos. “¡Sí! Estoy segura de que lo dejé en el cuarto piso, al lado de la escalera. ¡Y ahora no está!”

Al ver mi cara de desesperación, los cuatro amigos nos dividimos los cinco pisos para buscar a mi hijo, no sin antes avisarle al señorito ubicado que me habían robado. Y cuando ya estaba completamente segura de que alguien se había ido con mi carro, me acerqué a un personal de seguridad. “Señor, dejé mi carro en el cuarto nivel y ahora no está”. El señor, entre desconfiado y sorprendido, llamó a su compañero por radio, quien se acercó a nosotros a los dos minutos. “Señorita, su carro está en el cuarto piso. Suba y ahí le van a explicar”.

“¡¿Explicar qué?! ¡¿Movieron mi carro o qué carajo?!” Acompañada de mi amigo, subí al cuarto piso y ahí estaba mi Morris, detrás de las escaleras, donde a ninguno de nosotros se nos había ocurrido ver.

 - Amor, ya encontré a Morris.
- No jo… Acabo de llegar a la universidad. Vine saliendo de mi clase.
- Lo siento L
- Ya, no te preocupes. Lo bueno es que lo encontraste. Pero cómprate otros lentes, por favor. Tus amigos también.

Ellos necesitan lentes y yo –aparte de mejorar los míos–…yo necesito nacer de nuevo.

miércoles, 18 de septiembre de 2013

Las Chichis de Peralta

De pequeña me gustaba el entretenimiento y hacer algo para escuchar los futuros aplausos.

Me gustaba, por ejemplo, aprovechar los viernes de la Mamina para cantarle a la familia la última canción enseñada en el nido o en Kindergarten.

Pero también me gustaba bailar, aunque sé que no lo hacía bien (hasta ahora tampoco). Me fascinaba aprovechar un cumpleaños o almuerzo para bailar la canción del momento y personificar al artista.

Eso fue lo que hicimos (mi hermana, mi prima y yo) para el cumpleaños de mi padrino en el '99.

Elegimos una canción que nos encantaba en esa época: La Ciguapa de Chichi Peralta y mamá nos ayudó a armar pelucas parecidas a las de las bailarinas.

El día del cumpleaños, todo estaba listo para nuestra presentación (hasta un discurso, por insistencia de mamá), pero papá nos mencionó que no podíamos salir a bailar si un nombre artístico. Ante nuestra falta de creatividad, papá pensó –según él– en el nombre perfecto: Las Chichis de Peralta.

En ese momento me parecía chistoso el nombre, pero no lo entendía. Hoy lo entiendo perfectamente.


Gracias, papá.





miércoles, 4 de septiembre de 2013

Las bellas también son bestias

Hace dos sábados fui al teatro con el señorito ubicado. Milagrosamente, yo había llegado primero. Mientras lo esperaba en la cafetería excesivamente cara, me encontré con una amiga que conozco desde el colegio y su enamorado.

Ella había comprado un sánguche y lo había pedido para llevar, pero yo, porque no me había dado el cerebro, había pedido el mío para comer ahí, por lo que en ese momento me encontraba parada, conversando y con el plato en la mano.

Me acerqué para dejar el plato y un señor a mi izquierda, de unos casi 60 años, me miró fijamente y me dijo “Hola. Seguro no te acuerdas de mí”.

Cuando estoy nerviosa o traumada me imagino lo peor, debo decir. Por ejemplo, una vez subí al segundo piso de un edificio con el encargado de una empresa que ayudaba a bajar de peso. Como la marca no era conocida y no había gente alrededor,  sentí que al subir recibiría el mismo trato que una extranjera en la película Hostel. Esa vez, sentí que el señor era un pedófilo de Twitter con quien, en algún momento, había entablado una conversación y él lo había entendido como algo más. Sentí que estaba en peligro y que me iban a secuestrar.

Asustada, le regalé mi mejor cara de culo y me alejé de él.

Ya en compañía de mi amiga y de su flaco, les comenté sobre el señor pedófilo. Ella, sorprendida, me preguntó dónde estaba el señor. “Allá, al costado de la caja” le dije. “¿El señor de lentes y con boina?” “¡Sí, ese es el violador!” le contesté.

Marifé, muy seria, me dijo “Cavag, es mi papá”.


Y con esta anécdota doy la bienvenida a una nueva categoría en el blog: las bellas también son bestias. 

miércoles, 14 de agosto de 2013

Algunas cosas

Tengo una amiga que trabaja para una casa de ancianos.

La semana pasada, mientras conversaba de la vida con su anciana favorita, esta le contó la siguiente historia:

«Lo conocí en la universidad, a mitad de la carrera. Él venía de otra parte, por lo que aproveché su mirada perdida para acercarme. Cuando lo vi por primera vez, pero realmente lo vi, sentí un nudo en el estómago. Un nudo que me hacía sentir que nunca había sentido eso por alguien más. Un nudo que me decía “él es el hombre de tu vida”.

Sus rulos eran oscuros y perfectos y su piel era clara y suave. Como él no conocía a nadie, no tuvo problema en hablarme.

En las semanas siguientes, me dediqué a enseñarle los pabellones de la universidad, los tips para los profesores, los mejores rincones. Poco a poco nuestras conversaciones se fueron ampliando a la música preferida de cada uno, los grupos predilectos, los hobbies, las experiencias, los gustos, los planes, los sueños. Al terminar la universidad, éramos inseparables y yo no podía esperar para casarme con él.

Sin embargo, el tiempo hizo de las suyas y, por trabajo, nos separamos para luego encontrarnos 14 años después. Él estaba cambiado y casado, pero yo seguía soltera y perdidamente enamorada de él.

Lo volví a ver unos cuantos años después, cuando ya se había separado. “Esta es mi oportunidad”, pensé. Pero mi oportunidad no se dio nunca. Pasaron los años y la situación estuvo marcada por la distancia, como siempre, sin darme cuenta, lo había estado.

Ahora, 65 años después de haberlo conocido, sigo pensando que él es el amor de mi vida. Pero tú sabes, Ximenita: algunas cosas, simplemente, no están destinadas a estar juntas».

martes, 6 de agosto de 2013

Modas

El escenario era este: sábado en la noche, empijamada y metida en la cama. Acababa de terminar de ver American Psycho cuando entré a Youtube para buscar una canción del soundtrack. Y entre hueveada y hueveada, no sé cómo, pero terminé viendo videos de Axé Bahía y Exporto Brasil.

Me gustaría decir que solo vi un video de cada grupo y que luego me fui a dormir, pero mi mamá me enseñó que es malo mentir.

No solo terminé viendo los videos de todas las canciones que conocía de ellos, sino que terminé bailando sus más pegajosas y ridículas coreografías por casi tres horas. Terminado este trance, me tomé un momento para pensar en las modas que seguimos en algún momento y que ahora nos da vergüenza recordar (a menos que alguien lo haga primero).

Los integrantes de Axé Bahía cantaban hasta el perno y los de Exporto Brasil eran más descoordinados que abuela y nieta caminando, pero algo había en ellos que hacía que perdieras el roche de bailar como retrasado y mostraras tus habilidades en la pista de baile pero, ojo, siempre y cuando alguien más lo hiciera (porque tú no tenías ni tienes la iniciativa de comenzar a bailar sus canciones, pero si alguien más lo hace, ya qué chucha).

Nos amarrábamos la casaca a la cintura para evitar la molestia de llevarla en brazos, pero sin saber que se veía como si lleváramos un pañal manchado.

Las mujeres nos dejábamos mechones para que nos cubra la cara o nos poníamos ganchos de flores en el pelo porque creíamos que esto nos hacía ver más bonitas y lindas.

Hacíamos la señal de la paz en las fotos porque se veía chévere y porque queríamos que la gente pensara que deseábamos la paz mundial.

Veíamos las estupideces de reality shows de VH1 para rajar con los demás, pero veíamos estos programas en secreto porque de verdad nos gustaban (me pasó con Flavor Flave y I love New York, ídola).
Lo más valiente y peligroso que hacíamos era tocar los timbres de las casas de desconocidos e irnos corriendo. Y nos sentíamos todos unos delincuentes al hacerlo.

Usábamos overoles y nos convertíamos en la versión granjera de Chucky.

Con 5 soles nos sentíamos millonarios y dejábamos lo que estábamos haciendo para reventar las burbujas de plástico cuando llegaban a casa.

Esperábamos ansiosos la revista de Cable Mágico con su programación para ver qué día y a qué hora daban nuestro programa o película favoritos.


Y así seguirán pasando nuevas modas y nos seguiremos avergonzando de estas, de las personas que algún día nos gustaron o besamos, de la música que alguna vez escuchamos, de los programas que alguna vez vimos. Y de nuestra vida misma.